Huellas bajo el hielo 30 MADRID, MADRID, MADRID #3
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30 MADRID, MADRID, MADRID #3

El anciano librero negó con parsimonia, luciendo una lacónica sonrisa bajo un poblado y canoso mostacho, opinando que J.

D. Salinger era demasiado moderno para su oasis.

Desencantada, cogió la puerta. Al salir, se cruzó con un abrigo y unas gafas de sol extrañamente conocidas.

Fue algo efímero, como un fugaz destello; quizás había reparado en ello por la excentricidad que representaba llevar gafas oscuras al final de una triste tarde invernal.

Nada más pisar la acera lo apartó de su mente y pensó en la planta baja de unos cercanos grandes almacenes: su próximo destino.

Allí no olía a convento; todo lo contrario.

La contigua sección de perfumería se mezclaba con el olor a dinero de las últimas novedades editoriales, apiladas como cajas de cereales.

El tumulto de compradores compulsivos y niños corriendo en un eslalon hacia las escaleras mecánicas casi la hacen tropezar.

Las dependientas, excesivamente maquilladas, sonreían acartonadas al verse superadas por filas de clientes con dos artículos en una mano y la tarjeta de crédito a punto de explosionar en la otra: toda una típica estampa pre-navideña.

Alicia no veía posibilidades de pedir ayuda y, disgustada, se dispuso a zambullirse en los miles de títulos expuestos para encontrar el libro de Salinger, un volumen añadiendo que aún no era antiguo.

Comenzó por la sección de clásicos, siguió por la de cocina y viajes y la de superventas.

Al final apareció: al verlo sintió que había encontrado la aguja en el pajar, una edición de bolsillo mezclada en una cesta metálica como si fueran fardos de calcetines de saldo.

Más tranquila, se dirigía a la caja, admirándose de la alocada carrera por toda la ciudad para acabar con un tomo de ocho euros con cincuenta.

Relamiéndose en su buena fortuna, alzó la vista y los ojos casi se le salen de las órbitas: a pocos metros volvió a ver el abrigo y las gafas de sol, que la observaban fijamente.

Sin saber muy bien por qué, se frenó en seco.

De repente, aquellas páginas habían dejado de ser el desencriptador de un mensaje de amor.

Holden y su historia no tenían nada en común con Daniel; Alicia sintió un escalofrío.

Aquel hombre la intimidaba tras los cristales tintados y, sin saber muy bien la razón, se vio a sí misma como una fugitiva.

Para serenarse, continuó hojeando libros de forma disimulada mientras vigilaba los movimientos del desconocido.

Este parecía estar pasando el rato, pero ver dos veces a una misma persona en una gran ciudad era demasiada coincidencia: aquello era sospechoso.

Y no necesitó recurrir a las novelas de misterio que tenía delante para comprender que, si aquel hombre la estaba siguiendo, averiguar sus pasos le resultaría demasiado fácil.

Ya era tarde para remediarlo, pero intentó camuflarse. Escogió al azar algunos tomos para no levantar sospechas y, con una falsa dosis de confianza, se acercó dispuesta a pagar.

Las cinco personas que hacían cola convirtieron el mostrador en la entrada de un cine en día de estreno.

La dependienta de la caja registradora parecía haberse propuesto romper el récord de lentitud.

Un tanto desesperada, Alicia miraba de reojo buscando el rastro de las gafas de sol; a la segunda ojeada, el espectro había desaparecido.

Sin poder recuperar del todo la normalidad en la respiración, pagó con la Visa sin decir nada y se marchó.

Al salir a la calle, presa aún de esa persistente inseguridad, escudriñó los alrededores hasta meterse en la boca del metro. Al ascender de nuevo a la superficie —cegada por los coloridos adornos navideños que parpadeaban sin descanso—, el miedo se había difuminado como un mal sueño.

Dejó los libros en la mesa formando un montón y fue a ponerse algo cómodo. Al final se metió en el baño y, mientras se despojaba del taquicárdico calor que había sufrido todo el día, reparó en algo que hasta el momento no había calibrado: no tenía ni idea de cómo descifrar un código de ese tipo.

Aun así, no se desanimó. Poco rato después, embutida en un grueso albornoz, recuperó su sitio en el sofá y comenzó por la primera cifra: 53257-53259-11375-1468-1469.

A sus ojos seguían pareciendo la clave de un programa de ordenador.

Primero pensó que el primer número se refería al capítulo, el segundo a la página y el tercero a una palabra; tanto una cuenta como la otra resultaban tediosas.

¿Habría contabilizado Daniel los puntos y comas?

Tras una hora de aburridas cuentas con la punta de un bolígrafo garabateando sobre el texto, solo extrajo cinco letras sin sentido. Ya hacía rato que se decía que estaba perdiendo el tiempo, pero se negaba a rendirse.

Perdida entre dígitos, miró la carta y advirtió que las dos últimas secuencias estaban separadas por comas: 170,18,3-170,18,4 D.

Aquellas cifras penetraron en su cabeza con claridad. Empezaría por el final. Buscó la página ciento setenta, contó dieciocho líneas y, tras varias comprobaciones con la posición de las palabras, lo vio claro. La frase empezaba: «Yo también te quiero».

¿Qué mejor despedida que un "te quiero"?

El pesado sueño desapareció de manera momentánea, como si el mismo Daniel hubiera pronunciado esas palabras junto a sus oídos.

Ahora todo encajaba con una sencillez aplastante.

Con el dulce sabor de la victoria, se dejó caer sobre el sofá.

No podía encontrar mejor momento para dormirse.