Huellas bajo el hielo 30 MADRID, MADRID, MADRID #2
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30 MADRID, MADRID, MADRID #2

Las curvas del merengue sobre la tartaleta de papel evocaron como una miniatura las montañas de la Antártida.

Las puntas de sus guantes de lana se volvieron pegajosas, pero su mente continuaba viendo nieve, nítida en su recuerdo, con la lejana imagen de Daniel luchando contra la tormenta o con la moto negándose a funcionar.

El dulce, inundando de un engañoso placer el paladar, reconstruyó el luminoso amanecer que borró la tempestad; un trago empalagoso revivió el último beso de la despedida y, con cierto sabor a fracaso, trajo otros instantes en los que faltaron aquellos labios.

Era increíble cómo aquel inocente pastel, sin pretenderlo, la había transportado hasta un lugar más frío pero que, comparado con lo que la rodeaba, era a la vez más hospitalario que las calles madrileñas.

Cientos de rostros ajenos, sin alma; cientos de vidas posiblemente tan solitarias y perdidas como la suya.

Apostaría un millón a que entre todos aquellos seres que abarrotaban la acera comercial ni uno solo estaba pensando en la Antártida ni preocupado por secuencias de números.

La mayoría se movería filosofando con la cantidad que le gustaría gastar y la enorme distancia que había entre lo que podía permitirse, y que de todas maneras gastaría en regalos aun consciente de que no se lo agradecerían.

Otros simplemente pensarían en el calor del verano, quejándose todo el tiempo de los nueve o diez grados que tenían que soportar entre tienda y tienda para luego pasarse todo agosto maldiciendo las altas temperaturas.

Y entonces se hizo la luz.

Tras los espumillones y la nieve en espray que adornaban el cristal de una librería, una estantería exponía novedades editoriales engatusando con colores dorados a los posibles lectores.

Entró en el establecimiento rebuscando en los rincones de la mente la frase exacta de Daniel que hasta ese instante había permanecido aletargada como un inservible enigma; en cambio, la secuencia de números y comas danzaba ahora en su cabeza como un grupo de bailarinas asomándose con timidez tras una tapia.

Miró entre los estantes libres de cuerpos los lomos escritos en busca de aquel volumen.

Dio y recibió codazos y pisotones hasta empatar en perdones y disculpas.

No actuó como otras veces —cuando cogía un libro tras otro si el título le resultaba sugerente y leía la sinopsis después de mirar a los ojos de la fotografía del autor—; entre aquella aglomeración era imposible encontrar nada.

—El guardián entre el centeno no es un libro para superficiales, aunque su autor fuera encumbrado más por sus rarezas que por la —por otro lado— incuestionable calidad artística de sus textos —fue el comentario de un joven dependiente con aspecto de ratón de biblioteca mientras tecleaba en el ordenador—.

Lo siento, guapa, pero se ha agotado. Desde que murió su autor las ventas han subido como la espuma, como casi siempre...

¡Qué mundo tan patético! ¿Quiere otra obra del mismo autor?

Le aconsejo el libro de cuentos; la dejará pasmada.

—No, gracias. Solo... solo me interesa ese.

Alicia recuperó la acera dispuesta a recorrer todas las librerías de la ciudad, aunque con el inconveniente de que, en cualquier eje comercial, las tiendas de ropa ganaban por diez a uno.

Mientras caminaba, se sentía tonta: ¿cómo había podido olvidar el mensaje de Daniel lanzado bajo los chorros de aire del helicóptero?

Recordaba vagamente la historia: un joven adolescente que parecía vivir una vida de adulto, con comportamientos impensables para los jóvenes actuales.

De todas formas, ella solo esperaba poder descifrar la secuencia de números que destilaban romanticismo; y si no recordaba nada más del libro, sería porque a ella poco o nada le había marcado.

No era uno de esos libros que había devorado en la soledad de su adolescencia: esas historias que te transportan a mundos mejores, que consiguen evadirte de la realidad, que te ayudan a soñar.

Había leído la atormentada peripecia de Holden Caulfield, pero la había borrado de su mente, tal vez porque no le interesaba conocer ese lado de la vida, o quizás porque lo conocía muy bien.

Abriéndose paso entre las repletas aceras, fue leyendo luminosos de nombres disparatados, venciendo la tentación de detenerse en muchos de ellos.

Tuvo que caminar bastante hasta dar con otra tienda que vendiera algo más grueso que periódicos.

Un rato después atravesó una pequeña puerta que ocultaba un gran espacio interior, donde los libros parecían piezas de museo en concordancia con la edad y el atuendo del tendero, que lucía orgulloso su traje de otro siglo.

En aquel lugar resultaría un pecado dar o recibir codazos; los pocos clientes parecía que destilaban más que respiraban aquel místico aroma a cuero e incienso.

Era un remanso de paz de otro tiempo que sobrevivía ajeno al bullicio consumista del exterior.