Huellas bajo el hielo 30 MADRID, MADRID, MADRID
80%

30 MADRID, MADRID, MADRID

D iez días después del regreso, aún no había logrado recuperar su vida anterior.

La incertidumbre marcaba sus pasos como un metrónomo y, buscando una evasión del torturante presente, acudió durante unas horas a sus clases.

Tras casi dos meses de ausencia, se sintió como si nunca hubiera estado allí.

A media mañana, presa de un ataque de ansiedad, huyó literalmente dejándose engullir por la imparcialidad de la línea de metro.

En el piso —al que antes de su viaje le sobraban la mitad de los metros—, sus viejas paredes la asfixiaban ahora como si hubieran encogido aún más que la añorada tienda en medio de la tormenta.

En el salón se sentía vigilada por la foto de su padre que, inquisitiva, parecía recordarle que tenían una misión inconclusa.

Sin embargo, la falta de noticias de Daniel era el freno perfecto para avanzar por un camino que no intuía claro, de un final incierto y confuso que aparecía lleno de baches, sobre todo porque ahora no adivinaba desde dónde partía.

Perderse en él era destruir lo conseguido.

Atrapada en su soledad, ni siquiera se atrevía a valorar lo conquistado; estaba asustada, sin atreverse a preguntar la verdadera razón de su miedo.

Se conformaba pensando que, sumando los réditos que había traído en la maleta, no tenía ni para un anuncio por palabras en un periódico de provincias.

Sobre el recibidor de la entrada había ido dejando el correo con el que diariamente atestaban su buzón.

La publicidad ganaba por goleada: «¡Cuántos bosques desperdiciados inútilmente!

», se repetía, disimulando su fastidio con una excusa ecológica.

Esa tarde, al regresar de una inevitable y rápida visita al supermercado, entró en el portal y de manera mecánica abrió su casillero.

Casi perdidas las esperanzas —esas que el tiempo no es capaz de matar hasta que la mente lo tiñe de realidad—, ya no esperaba nada.

Se engañaba diciéndose que solo lo abría para limpiarlo de los molestos folletos.

Pero ese día, entre la habitual correspondencia con el membrete de su caja de ahorros (cuya única utilidad era demostrar con copias impresas de recibos pagados que el mundo aún sabía que existía), encontró un sobre con los ribetes coloreados del sistema internacional.

Su nombre y dirección estaban escritos con tinta de impresora, el remite en blanco y un sello con el rostro de Elvis Presley la llenó de un agradable y nervioso calor interior.

Como si se tratara de un secreto, apretó el sobre contra su pecho.

Su corazón golpeaba con furia hasta hacerse notar en las sienes y, con grandes zancadas, subió las escaleras tras pulsar varias veces el botón del ascensor, sin tener paciencia para esperarlo.

Ya en casa, intentó deshacerse de aquella agitada respiración nerviosa, pero no podía ni quería.

La felicidad brillaba en sus ojos como en los de una colegiala, y lo estaba disfrutando, sabiendo que por fin tenía noticias de su amado.

El mundo parecía nuevo; notaba por fin cómo la sangre volvía a correr por sus venas y sentía que hasta el aire estaba cargado de oxígeno.

Soltó las bolsas de la compra sobre la mesa y se dejó caer en el sofá, dispuesta por primera vez a no dejar rastro de tristeza en forma de lágrimas sobre el estampado azul.

Con dos temblorosos dedos, desgarró el sobre por un lateral.

Al encontrar un simple papel, durante un segundo sintió que todo se detenía a su alrededor.

Algo no iba bien. Y al abrir el medio folio doblado por la mitad, el mundo se le vino abajo; no podía creer lo que estaba viendo.

En medio del blanco virginal de la hoja, como una diminuta isla en un vasto océano, se topó con una larga sucesión de números separados por comas y guiones sin ningún significado aparente, coronada al final por una escuálida y mísera letra D a modo de firma:

53257-53259-11375-1468-1469,21233-97306-97309,601510-45276-7772,21137-3092-22742,178276-178277,2047-166207-213153,19025-19026-19019-19010-75229-127178,170,18,3-170,18,4

D

Encontrar una secuencia de números donde intuyes que se guarda un mensaje, pero al que no sabes cómo meterle mano, es como estar en la base de una gran cumbre y mirar hacia arriba.

Sientes una impotencia que te hace pensar que de un momento a otro la montaña se te desplomará encima, y aun así quieres subir, lo necesitas, porque hay una inicial que te llama desde la cima: una simple letra que más que asustar, enfada.

La desilusión —sobre todo por la espera que sabes que tendrás que seguir soportando y la impaciencia por no saber cómo te las vas a apañar— aparta de un plumazo la belleza romántica del juego.

Un rato después sí que asusta. Ahora estás enfadada contigo misma, no encuentras dónde poner la mano para emprender la marcha y comienzas a sentir todo el peso de las horas de matemáticas desperdiciadas.

Una simple secuencia cabalga delante de tus ojos aplastándote hasta dejarte sin oxígeno; la cabeza te da vueltas como si estuvieras cayendo en el vacío, y mezclas ingredientes inverosímiles para una mayonesa que se corta antes de rozar los bordes del vaso.

Alicia, ofuscada y agotada de buscar por senderos sin principio ni final, encendió el ordenador.

Google Chrome inundó la pantalla con unas artísticas letras de su logo simulando un fondo marino y, obviando la estética, escribió: «secuencia de números».

Los casi ochocientos mil resultados casi la aplastan como un saco de pereza.

«¡Maldito Daniel! ¿Tanto le costaba escribir una carta convencional?

Un momento, Alicia, piensa un poco: si ha hecho esto será por una buena razón, las cosas no se hacen sin ton ni son, y es muy gordo lo que tenemos entre manos...

Bueno, no tanto, tampoco hemos encontrado el tesoro de Tutankamón, pero el amor, ¡ah, el amor!

, vuelve adolescente a cualquiera. Desde luego, mira que soy tonta».

Miró la pantalla y vio el error tipográfico; quitó un simple espacio y los ochocientos mil se quedaron en cincuenta y cuatro mil. «Qué asco. Venga, nena, cambia de actitud, sé positiva, esto es divertido. Ah, el amor... ¡jo, ¡qué cursi estoy esta tarde!».

La primera pantalla solo hacía referencia a páginas con pasatiempos y problemas matemáticos, de esos tan aburridos como inútiles para la vida real —sobre todo si eres de los que solo aprecian la belleza de los números si van acompañados de varios ceros en una cuenta bancaria a tu nombre, y en especial si los has conseguido sin sudar—.

De entre toda la lista, entró en la de Fibonacci por simple curiosidad, espoleada por la película basada en la novela de Dan Brown, pero la idea de que aquello era una solemne tontería regresó amplificada: pensar que un granjero se ha de poner delante de semejante ecuación para saber cuántos conejos va a tener al final de año le parecía algo más lejano que el propio Daniel.

Sin mirar demasiado, entró en otra página; esta tenía imágenes, formas geométricas, caricaturas con cuerpo de número, dibujos, personajes de cine y gráficos: un montón de información inútil si no buscas un salvapantallas.

Ahora sentía que la meta se alejaba; se estaba poniendo tan furiosa que le entraron ganas de romper algo.

Era el momento de buscar inspiración en otro lugar, pero tampoco estaba en las fotos de la cámara digital; allí solo encontró una amarga compañera: las lágrimas.

Lo dejó todo y cruzó el salón. Tampoco la sucesión de coches y cuerpos que transitaban bajo su ventana la inspiraron; el piso la estaba oprimiendo más que nunca. Necesitaba aire fresco.

Las calles de Madrid se visten de alegría cuando se acerca la Navidad, pero al mismo tiempo parecen menguar y destilan prisas en todos los rincones.

El aire escasea, como si los abrigos y las bufandas disputaran una pelea a codazos por un trozo del reducido espacio vacío de las aceras.

Cientos de cuerpos cargados de bolsas pelean por un centímetro de visión acristalada; nadie mira a la cara de nadie, pero nadie se detiene.

Todo fluye con un automatismo embriagador, como un sincronizado río sanguíneo, con gargantas parlanchinas exhalando frío en forma de pequeñas nubes de vapor.

Los agujeros de los bolsillos vacíos —perennes el resto del año— parecía haberse taponado a golpe de tarjeta.

Los escaparates atestados de falso cuero, con bolsos, botas de altos tacones y precios prohibitivos, hipnotizaban a las mujeres; un coste desorbitado si se comparaba con el ínfimo jornal que había llevado a casa el artesano asiático amarrado a la cadena de montaje.

Aun así, ese tipo de tiendas las encandilaba.

Alicia no era inmune, aunque no sucumbió a la tentación; solo dejó una porción de su enfado entre suspiros de asombro frente al cristal.

Esa tarde tenía la cabeza en otro sitio, pero anotó un par de modelos en la memoria para mejor ocasión.

Sintió un vacío en el estómago y entró en una pastelería, dejándose abrazar por el apetitoso calor dulce que flotaba entre guirlandas y bastoncillos de caramelo.

Eligió una de tantas ambrosías que le servirían de medicina.

Con un suave aroma a canela y azúcar inundando hasta el último poro de su piel, y con una pícara mirada golosa, se dejó de nuevo engullir por el trajín de la calle.