Huellas bajo el hielo 29 UN NUEVO ÉXODO #6
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29 UN NUEVO ÉXODO #6

Seis porteadores les seguían cargando sobre sus hombros un trono con el rapado monarca, sentado con aire superior en un sillón de palos trenzados y protegido del sol bajo una sombrilla de cuero.

A sus espaldas, otro grupo de soldados precedía un segundo trono donde viajaba la reina con cara de fastidio, y un tercero con la joven princesa.

La hija de los monarcas desplegaba su altivez en una mueca de desprecio que de inmediato Sejus reconoció, ataviada de idéntica manera al día de su llegada.

A golpe de fusta, los esclavos fueron obligados a arrodillarse y esconder la mirada, al tiempo que los propios carceleros agachaban la cabeza en señal de sumisión.

El cortejo se detuvo frente a la construcción.

Los tres sitiales se posaron en el suelo con un silencio que estremecía; el rey paseó la mirada por el recinto y, tras unos instantes, trazó un par de cadenciosos asentimientos haciendo ondular la media luna de oro que ocultaba su boca.

Una vez erguido, contempló con mayor detenimiento la creciente pirámide; pareció agradarle los progresos, ya que movía rítmicamente la cabeza en señal afirmativa.

Sin abandonar su aire superior, se encaminó hacia la rampa que previamente había sido barrida con esmero.

Para ello cruzó una alfombra confeccionada con decenas de esclavos tendidos: el monarca, como descendiente de los dioses, no podía permitirse rebajarse y profanar su piel manchándose los pies con el mismo polvo que el resto de humanos.

Los notables lo siguieron con sus arrogantes miradas bajo las ostentosas pinturas.

Una vez en lo alto, el rey oteó el horizonte como tomando posesión de sus interminables dominios; en aquellos instantes, la posición más elevada era la piedra que Sejus y los suyos trataban de arrastrar.

La joven princesa dijo algo a su padre, quien acto seguido vociferó una orden en dirección al asustado jefe de la milicia, que ahora parecía despojado de su sanguinaria estampa felina; más bien se asemejaba a un simple gatito con solo verlo en movimiento.

Hasta cuatro soldados se pusieron en marcha como un resorte.

Sejus, arrodillado junto a la roca, observaba la escena por el rabillo del ojo.

Un par de soldados lo cogieron de los brazos y, sin mediar palabra, fue obligado a cambiar de postura hasta formar con su cuerpo un ángulo recto; aguantando la respiración, doblado por la cintura, dispuesto a defenderse, con el hombro izquierdo rozando el bloque a medio colocar.

Otros dos esclavos fueron igualmente arrastrados a su lado hasta formar una escalera humana de tres peldaños.

El jefe de los soldados trepó por ellos y aguardó en lo alto de la roca; el orondo rey y su caprichosa hija subieron igualmente, pisoteando sin miramientos los escalones que formaban las espaldas.

Ya arriba, fueron ayudados por el fuerte brazo del guerrero, que intentaba ocultar el pavor que aquella misión le producía.

Desde allí volvieron a contemplar el horizonte, visión que ciertamente no variaba mucho de la que ofrecía la plataforma.

Al bajar, la princesa se acercó a los esclavos que continuaban haciendo de escalera y, como extrañada, acarició los rubios cabellos de Sejus, que a punto estuvo de perder la paciencia.

El rey departía a pocos metros con sus consejeros cuando la princesa, interrumpiendo el protocolo y sin ninguna impudicia, volvió a dirigirse a su padre señalando la singularidad de Sejus.

El monarca pareció sonreír tras el bozal dorado antes de ladrar un par de instrucciones a los soldados cercanos; en aquella ocasión su voz sonó como la de un simple padre resignado.

Sejus no pudo ver nada más: el manso soldado que segundos antes estaba sobre la roca advirtió su insolencia y lo fustigó con dureza sobre la espalda para que agachara la cabeza.

No volvió a levantar la mirada hasta que el cortejo real desapareció tras una nueva nube de polvo engullida por el descendente camino.

Un rato después, inmersos ya en la rutina del trabajo, cuatro soldados armados lo rodearon obligándolo a seguirlos.

A empellones bajaron de la pirámide y, una vez alcanzado el suelo, uno de ellos lo maniató con una fuerte lazada a la altura de la cintura, de inmediato se pusieron al trote y enfilaron el camino.

Sejus presintió que su final estaba cerca; quizás pretendían hacerle pagar su atrevimiento delante del rey y su poderosa hija.

En medio del camino, rodeado por solo cuatro soldados —ninguno de los cuales le llegaba a los hombros—, soñó con aprovechar el momento e intentar la huida, pero no fue posible.

De esta guisa fue conducido hasta las entrañas del pueblo, exactamente al interior de una vivienda donde el agua entraba por un canal y llenaba una bañera excavada en el suelo pulido y limpio.

Allí fue lavado, peinado y perfumado por varias mujeres que parecían sentir náuseas por el solo hecho de rozar su piel.

De no haber sido por el desprecio que estaba recibiendo, hubiera vuelto a sentirse libre; en realidad aquello era agradable, estaba como más ligero, como si sentir la piel limpia le devolviera parte de su dignidad.

Entre comentarios obscenos y miradas vejatorias, le colocaron una larga túnica de un pálido color blanco.

La imagen de las vírgenes doncellas de la tribu de los acantilados regresó nítida como una sentencia.

Continuaba asustado, pero después de muchos días ya no deseaba la muerte; ahora confiaba en poder morir matando.