Huellas bajo el hielo 29 UN NUEVO ÉXODO #5
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29 UN NUEVO ÉXODO #5

Sejus recibió el golpe de una mano sobre el hombro; un fornido soldado le hizo señas para que lo acompañara.

Sorprendido, creyó que se libraba de aquel tormento; la idea del orgulloso pasado de su raza regresó como una ráfaga de viento fresco (los alenitas estaban destinados a tareas más complejos, no a sufrir como animales de carga).

El soldado ordenó algo al primer porteador de la fila, el resto de la columna retrasó un puesto y Sejus recibió indicaciones para que ocupara el primer lugar.

Su elevada estatura le había proporcionado el honor de encabezar la cordada; a juicio de sus captores ese era el verdadero privilegio destinado a los alenitas, pues con solo quince años era más alto que ningún otro.

De allí en adelante, esa sería su única distinción.

Durante horas, bajo un sol abrasador, con una nube de polvo pegajosa que resecaba la piel y dificultaba la respiración, y con la garganta ajada de tanto tragar aire viciado, cientos de cuerpos se esforzaban por vencer el peso de la enorme roca.

No sabía qué eran aquellas hojas, pero a lo largo del día constituyeron su único alimento.

Al principio se sintió mareado; más tarde, cuando logró reprimir un naciente vómito, notó cómo su mente se relajaba y el corazón bombeaba la sangre de manera atropellada.

Esta corría acelerada activando sus músculos y escondiendo el dolor, no así la amargura.

De tanto en tanto, los porteadores escupían la pasta verdosa en que se convertían los pecíolos para acto seguido levantar el brazo; los chiquillos de la cesta y el agua reaparecían y la rueda volvía a comenzar.

Si algún desafortunado osaba perder las fuerzas o simplemente tropezaba, lo más doloroso no era dar con sus huesos en tierra: inmediatamente era obligado a incorporarse y continuar el trabajo a golpe de látigo, sin reparar en miembros torcidos o trozos de piel desgarrada.

Con el transcurrir de los días, en no pocas ocasiones asistió a escenas dantescas de cómo cuerpos inertes eran recogidos de entre las filas y lanzados con desprecio fuera del camino, donde eran rematados a golpe de lanza, rostros que desaparecían con el mismo silencio que en vida les había acompañado.

Cuando por la noche rebuscaba en la memoria las singularidades del día como un ejercicio antilocura, inmerso en una rutina donde la esperanza no tiene permitida la entrada —una vida lúgubre que encaja un amanecer con otro sin visos de cambios—, la fortuna dibujaba un futuro idéntico al de aquellos cuerpos que desaparecían en la cuneta del camino.

Este llegaría de manera aleatoria, sin preaviso.

En la penumbra de la celda, aquel destino se reflejaba con crueldad con solo echar una mirada, cuando buscabas un rostro y no hallabas más que un minúsculo hueco en el suelo, hueco que a los pocos días era ocupado por un rostro distinto, pero igualmente asustado, y por él que no podías permitirte ni sentir compasión.

Aquellas piedras, remolcadas una a una desde la cantera siguiendo tortuosos caminos abiertos por esfuerzos precedentes y regados con sudor, sangre y despojos humanos, eran arrastradas hasta alcanzar lo alto de la explanada, donde sin solución de continuidad se procedía a ensamblarlas por medio de ingentes y meticulosos esfuerzos y de una gran cantidad de litros de vida derramada.

A ojos de los prisioneros, la creciente estructura piramidal pretendía llegar hasta el mismo cielo.

Sejus, en sus cavilaciones nocturnas, había calculado que uno solo de aquellos bloques costaba dos semanas de trabajo y varias vidas humanas, pero los constructores no parecían dar importancia ni al tiempo ni al coste; aparentemente no había plazo de entrega, solo mucho tiempo y una cantidad ilimitada de mano de obra gratis. ¿Para qué preocuparse?

Del otro lado, la percepción de la obra era bien distinta.

Si poder trabajar era continuar vivo —algo importante cuando no tienes otra posesión que tu propia vida—, disponer de una meta fomenta la necesidad de seguir sufriendo.

La mente se alimenta de recuerdos que irremediablemente desembocan en sentimientos de venganza: primero sueñas con la huida, pero cuando esta aparece inalcanzable, planeas la rebelión.

Miras a tu alrededor y, en la enlatada celda de cuerpos exhaustos, te recibe la más mísera soledad.

En los ojos de tus compañeros no ves más que miedo y resignación, como si aquellos cuerpos que apenas respiraban no aguardaran otra cosa que la muerte liberadora.

En el horizonte de tu destino no se dibuja otro camino; es un círculo cerrado sembrado de espinas: despertarse por medio de empujones, tirar durante todo el día de una cuerda como un animal, regresar a la celda atacado de dolores y heridas, engullir una pasta nauseabunda y tenderse en el suelo a la espera de que la rueda vuelva a comenzar.

Una existencia que no ofrece ni siquiera la posibilidad de soñar, donde la única novedad en tu vida es descubrir una nueva cicatriz, una herida que no recordabas tener, un dolor olvidado que se convierte en una nueva muesca en tu alma, donde una nueva piedra colocada en su destino no conlleva alegría ni el premio de sentirse un poco más vivo, sino que solo formaliza una macabra suma de vidas entregadas.

Y te preguntas si aquella será la última, si estarás vivo con la siguiente; y lo peor de todo, lo que realmente alimenta tu venganza, ya no es ansiar recuperar tu libertad, sino comprender que aquel elevadísimo coste humano resulta irrisorio para aquellas gentes.

Nada se valora cuando nada te cuesta, y las fotografías de tu pasado se diluyen proporcionalmente a la pérdida de tus esperanzas.

Hace días que has abandonado la posibilidad de ser rescatado, hace tiempo que hurgas en tu mente para recuperar un tesoro: el recuerdo de una cara amable, la última sonrisa que disfrutaste.

Nadie a tu alrededor tiene motivos para ello, cuando hasta de las alimañas del campo sientes envidia, cuando la muerte parece el camino más fácil, cuando comprendes que seguir vivo supone un calvario y cuando la esperanza desaparece.

Todo ha terminado; se puede vivir sin amor, casi sin comida, pero nunca sin esperanzas.

Sejus solo tenía una: poder vengar tanta maldad gratuita.

Cierta tarde, los carceleros parecían especialmente malhumorados. Se movían nerviosos, imprimiendo a sus órdenes una elevada e inusual carga de despotismo; tanto de sus palabras como de sus gestos se desprendía que algo fuera de lo común se avecinaba.

La colla de Sejus se esforzaba por afianzar una gigantesca roca, completamente rectangular.

Unos estaban empujándola con palancas hacia una esquina de la pirámide, otros estiraban en sentido contrario desde el suelo; aquella era la primera pieza de un nuevo piso que tardarían meses en completar (los que vivieran para verlo). El suelo se hallaba a diez metros.

De repente, el viento trajo el sonido de una caracola marina, artilugio que los soldados utilizaban para marcar las órdenes.

Faltaban aún varias horas para el ocaso; aquello no era habitual.

Como azuzados por una descarga eléctrica, los soldados intensificaron las órdenes y el tono de sus voces vertía aún más desconcierto entre los esclavos.

La atmósfera destilaba un singular miedo, latente a flor de piel durante toda la jornada, que en aquellos instantes se hizo patente como una avalancha.

Para los esclavos resultaba una pequeña victoria, un espejismo de igualdad.

Sejus levantó la vista en dirección al camino; una nube de polvo se acercaba indicando la llegada de alguien.

A los pocos minutos, el polvoriento rastro se transformó en una comitiva humana, encabezada por dos filas de pretenciosos dignatarios vistosamente engalanados.