Huellas bajo el hielo 29 UN NUEVO ÉXODO #4
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29 UN NUEVO ÉXODO #4

En poco más de media hora de constantes subidas y bajadas, alcanzaron una explanada atestada de polvo donde el sol de la tarde bañaba con su luz mortecina todos los rincones a la vista, creando sombras dantescas que nada bueno parecían presagiar.

Como si fuera un aliado más de sus captores, creaba un ambiente amedrentador que se desplomaba sobre la comitiva, consumiendo las pocas fuerzas de los prisioneros, a quienes les costaba un enorme esfuerzo respirar.

Era el miedo a la cercana confirmación de cuál era su destino.

Allí descubrieron una construcción de enormes bloques de piedra a medio hacer que parecía nacer de las mismas entrañas rocosas de la tierra.

Fueron conducidos hacia una esquina, donde se alzaba una hilera de cuatro cobertizos que no eran otra cosa que un techo alto de ramas rodeado de gruesos troncos a modo de barrotes, con una única puerta de aproximadamente un metro de ancho y no mucho más de alto.

No solo Sejus hubo de agacharse para acceder al interior.

El polvoriento suelo de tierra aparecía moteado de manchas de orín y excrementos humanos, y numerosas nubes de moscas revoloteaban zumbando y esparciendo un nauseabundo olor.

La puerta se cerró y ya nadie se ocupó de los prisioneros el resto de la tarde.

Con la llegada de la noche, la puerta se abrió con un sonido seco de madera vieja que restalló en la quietud de la celda, asustando la nerviosa duermevela con la que mataban el tiempo.

El hueco abierto dejó paso a una sucesión de rostros cansados sobre cuerpos magullados y sucios; no cesaron de aparecer personas hasta casi enlatarse. Sejus no cejó de maldecir su destino.

Solo uno de los recién llegados pareció reparar en su presencia, y fue bastante rato más tarde.

Con los ojos cansados y rebosando curiosidad, se acercó sorteando cuerpos tendidos en rincones que parecía no existir sobre el suelo, cuerpos agotados que disputaban su espacio con tímidos pataleos, como fieras vencidas.

El curioso, primero se sorprendió de la extraña fisonomía del alenita; parecía mirarlo con una mezcla de admiración y fastidio.

Luego se dirigió a Natzarin, que le contestó con gestos dando a entender que no comprendía nada de lo que había dicho.

El hombre sonrió con una mueca cargada de bondad y comenzó a desanudar las ligaduras de sus muñecas, haciendo luego otro tanto con Sejus, que observó cómo lo hacía con sumo cuidado, como si temiera rozar su piel.

La puerta se abrió y los chasquidos de un látigo se abrieron paso entre los cuerpos tendidos.

Sin fuerzas para protestar por el castigo indiscriminado del cuero, fueron apartándose hacia ambos lados.

Cuatro muchachas de corta edad entraron portando una fuente de barro; sobre la piel de sus cuerpos desnudos resultaban visibles numerosas señales de interminables maltratos.

Con sus miradas perdidas en el vacío, sin señales de vida y como autómatas, dejaron las fuentes en el centro y salieron corriendo con premura.

Dos chiquillos de cara asustada colocaron al lado un par de ánforas antes de imitar a las mujeres.

Sejus se percató con dolor de las numerosas cicatrices que cubrían las espaldas marcadas por los látigos.

Apenas la puerta se cerró, los cansados esclavos se abalanzaron hambrientos, la mayoría reptando como una jauría de zombis.

Introducían las manos en las ollas en busca de puñados de una pasta amarillenta.

Los recién llegados, igualmente famélicos, les imitaron, temiendo perder su ración de lo que imaginaban sería su única oportunidad de llevarse algo al estómago.

El hombre que los había desatado se acercó a Sejus, quien continuaba con la espalda apoyada sobre los barrotes, observando con los ojos enrojecidos la animalesca escena que lo llenaba de horror y rabia.

El bondadoso prisionero, con una sonrisa compasiva, le ofreció un generoso puñado de la pasta.

De repente, el joven alenita echó de menos los huesos mondados de los guerreros; aquella masa amarillenta y pegajosa resultaba insípida y difícil de engullir.

Aun así, se obligó a tragar entre lágrimas.

El ánfora se acercó en un recorrido solidario.

Cuando llegó a su lado, no sabían qué hacer con los restos de la pasta que, llegados a esa altura, no podían permitirse desperdiciar.

Natzarin lo dejó entre sus piernas dispuesto a beberse un río entero.

Sejus se enfureció con su mala estrella, pero necesitaba tragar; hubo de abandonar toda clase de prejuicios e imitar las costumbres insalubres que lo rodeaban, maravillado de cuán irracionales se vuelven los seres humanos en momentos de necesidad.

Sujetando la pasta entre los dedos, bebió con avidez, y después continuó lamiéndose las manos hasta engullir por completo aquel repugnante mejunje.

La primera noche de su nueva vida pasó rápida gracias al cansancio del camino.

La acumulación de emociones lo envolvió en un agitado sueño, cargado de imágenes horrendas en las que se mezclaban la cabeza rala del monarca, su atronadora y despótica voz, y la babeante sonrisa del jefe guerrero que, entre máscaras y sangre, lo acompañaron hasta el amanecer.

Antes incluso de que el alba despuntase del todo, la puerta se abrió con gritos y chasquidos de látigos.

Para Sejus, aquellos sonidos pretendían convertirse en la banda sonora de su nueva vida.

Media docena de soldados penetraron empuñando sus armas, otros a base de puntapiés que acompañaban de vocablos en un marcado tono de desprecio los hicieron levantarse.

En pocos minutos, los más de cincuenta prisioneros formaban tres filas en el exterior, rodeados por sus carceleros como si de ganado se tratara.

Las filas crecían sobre el polvoriento y yermo suelo con similares dibujos: hileras de cuerpos doloridos que, resignados, salían de las chozas.

El naciente sol pellizcaba sus mejillas brindando una engañosa caricia de libertad.

Tras hora y media de ligera y aborregada caminata, llegaron a una explanada cubierta de un polvo ocre que levantaba nubes y toses con el roce de cientos de pies arrastrándose al compás de los látigos.

Para entonces, Sejus había reparado en una media docena de etnias distintas, diferenciados solo por el corte de pelo y el modelo de sus taparrabos.

El bronceado tono de piel y la mediana estatura de unos cuerpos castigados, así como una derrotada expresión de mansedumbre, resultaban el lazo común de aquellos corazones, a excepción de Sejus, que parecía una vela encendida en medio de una oscura gruta, como una oveja blanca en medio de una manada de lobos pardos; distinción que aparentemente no pretendían apreciar sus carceleros.

Pocos esclavos llevaban el pecho cubierto; la tónica general era cubrir sus vergüenzas con un simple taparrabos que dejaba al descubierto fibrosos y escuálidos cuerpos de espaldas y piernas marcadas por el desenfreno de los carceleros o por huellas provocadas por las caídas del abrupto terreno.

El camino moría en una hondonada, abierta a golpe de martillo en los bajos de una montaña.

Los laterales escalonados amenazaban con desprenderse de un momento a otro y sepultar a sus atacantes.

Un grupo se desmigajó de la formación a base de empujones y fue conducido al fondo, donde les entregaron cuñas y mazas; con ellas treparon a los bloques dispuestos a continuar con el desmenuzamiento de la megalítica montaña.

El resto fue formando hileras junto a una serie de gruesas cuerdas desplegadas sobre el suelo que sujetaban una roca rectangular de varias toneladas, más alta que la mayoría de hombres.

Un par de niños se internaron entre las cordadas de hombres corriendo como pajarillos asustados y repartiendo agua; otros tres distribuían unas hojas verdes y puntiagudas que cogían de un cesto de mimbre.

Los prisioneros las enrollaban y doblaban antes de introducírselas en la boca, comenzando entonces a masticarlas como si fuera goma de mascar.

Sejus no entendía aquella forma de alimentarse, aun así optó por imitarlos temiendo que aquellas hierbas fueran su único desayuno.

Un compañero de fila, con la dentadura podrida y una mirada de tenaz superviviente, le indicó con gestos que no debía tragarlas —o eso creyó entender el alenita al verlo imitar onomatopeyas escatológicas—.

A los pocos minutos, los látigos restallaron en el aire acompañados de voces con tono imperativo.

Cientos de brazos se agacharon para coger las cuerdas e, imprimiendo una fuerza que no tenían, se pusieron en marcha tirando de las sogas por encima de sus hombros.

Por si aún no estaba claro, Sejus comprendió cuál era su cruel destino, muy alejado del paraíso prometido por las enseñanzas de Goser y Menrac desde la niñez.

Aquello era más que suficiente para perder cualquier tipo de fe; lejos quedaban los sueños de una raza superior e inteligente, la más civilizada del planeta según Tarvis.

La enorme roca avanzaba centímetro a centímetro, como haciéndose la remolona entre fuertes bufidos.

Un pequeño grupo de niños prisioneros vertían agua delante mismo de la roca; otros, aún más pequeños, jugándose el pellejo al igual que los aguadores, caminaban de espaldas al camino barriendo el suelo con una especie de escoba, un simple atado de ramas secas, aguantando la respiración entre la nube de polvo seco que ellos mismos levantaban.

Otros prisioneros empujaban la mole rocosa con palancas de madera en la parte posterior.