Huellas bajo el hielo 29 UN NUEVO ÉXODO #3
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29 UN NUEVO ÉXODO #3

Menchiate permanecía ese anochecer más callado de lo habitual.

Estaba ya bien entrada la noche cuando el centinela se acercó cargando la soga extra con la que les sujetaban los pies, con su inmutable cara de desprecio —acentuada por tener que separarse de la alegre reunión junto al fuego—.

Dispuesto a agrilletearlos con rapidez para recuperar los tragos de chicha perdidos en aquella ronda, el licor iluminaba sus oscuros ojos veteándolos del color del enfado.

En un segundo de despiste, Menchiate zancadilleó al guerrero.

Al tener las manos ocupadas con la fuerte soga, este no pudo evitar darse de bruces contra el suelo; un momento que el preso aprovechó para hacerse con la espada que colgaba de su cintura.

Con un hábil movimiento, descargó toda la rabia acumulada sobre el cuerpo del centinela, que lanzó un alarido de dolor que voló como una alarma hasta el festivo corro.

Con más suerte que habilidad, Menchiate lanzó otro tajo sobre la cuerda que lo mantenía unido a Sejus, quien lo miraba preso del pánico y de un vago sentimiento de admiración.

Cuando se supo libre, el chico pareció dudar sobre su siguiente paso: ¿ayudar a sus compañeros o huir de inmediato y perderse en las sombras de la noche?

Un simple segundo de duda fue suficiente para anular ambas posibilidades.

Sobre su espalda se proyectaban ya las sombras de varios guerreros que se acercaban con las armas en ristre, los dientes apretados y los ojos inyectados en sangre.

Sejus se alarmó al ver el miedo reflejado en la cara de Menchiate y el brillo del fuego destellando en la afilada espada temblorosa que sostenía.

—¡Corre, no mires atrás! —le gritó Sejus sin pensarlo dos veces.

Su compañero parecía pedir perdón con los ojos encendidos, como disculpándose por las posibles consecuencias.

El joven alenita repitió su grito, suplicándole que se marchara.

En ese instante, aferrando la espada con rabia —con las manos aún anudadas—, el chico echó a correr en busca de su oportunidad.

Sejus vio cómo un soldado apuntaba su arco en dirección al huido; escuchó el silbido de la flecha y sonrió al ver la cara de fastidio del arquero, quien, sin dejar de correr, se lanzó en su persecución cargando nuevamente el arma.

Sejus y el resto de los prisioneros jalearon al viento para que empujara la carrera de Menchiate, golpeando el suelo con los pies como único medio de enviarle apoyo, mientras un par de soldados se quedaban custodiándoles con evidente nerviosismo.

Poco más de media hora después, los soldados comenzaron a regresar de manera escalonada.

Ni sus caras ni sus voces transmitían señal alguna, llenando de una funesta pesadumbre el efímero ambiente de euforia que habían vivido los prisioneros.

Unos instantes más tarde, el jefe emplumado se detuvo frente a ellos con una maligna sonrisa: una mano sujetaba la espada; la otra permanecía oculta a la espalda.

Sejus no quería adivinar el significado de aquella fanfarrona postura. Aquel hombre no le gustaba; con solo verle los ojos temblaba de miedo, al igual que Natzarin, que se arrastraba hacia su lado buscando un mísero apoyo.

El rostro del jefe se iluminó satisfecho, como degustando el temor que su sola presencia infundía.

Agrandó el gesto de sus labios mostrando una ancha y babosa dentadura, dejando escapar un maligno placer.

Sejus empezó a temer que de un momento a otro descargaría su furia sobre alguno de ellos, lo cual —si le tocaba a él— significaría al menos que su tormento estaba a punto de terminar y que el fugitivo había logrado despistarlos.

Pero no fue así. Con una sonora y cínica carcajada, masculló una frase ebria mientras sacaba a la vista el brazo oculto: en su nudosa mano sujetaba por el cabello la ensangrentada cabeza de Menchiate, que arrojó a los pies de los prisioneros acompañada de una estentórea risotada.

La cabeza rodó como un despojo hasta llegar junto a ellos.

Sejus apartó los pies con un grito de horror al ver los ojos vidriosos del cadáver, donde aún se reflejaban todo el pánico y el dolor sufridos en el momento de su muerte.

Una imagen que no se borraría jamás de su memoria, del mismo modo que nunca lo abandonaría el deseo de venganza que nació en su pecho como una promesa inviolable.

Acto seguido, el jefe se aproximó al centinela herido, quien no había cesado de quejarse de dolor.

El jefe no dijo nada; apenas lo miró. Lo agarró del cabello y, de un fuerte tajo, lo decapitó ante la atemorizada mirada de los prisioneros.

El resto de la tropa escondía la mirada entre las llamas, como dando a entender que el centinela había recibido su justo castigo.

Al día siguiente, la expedición entró en un poblado.

Sejus no daba crédito a lo que veían sus ojos.

Si durante la larga vigilia no lograba entender qué llevaba a los seres humanos a comportamientos tan irracionales, ahora tampoco podía concebir cómo un pueblo tan despiadado y sanguinario era capaz de construir semejantes edificios: paredes engarzadas con esmero y adornadas con una sensibilidad digna de grandes artesanos, separadas por calles rectas y limpias, pavimentadas con pulidas piedras de bordes encajados a la perfección.

Tampoco hubiera imaginado jamás que tal cantidad de seres humanos vivieran organizados para defender unidos aquella gentil armonía y poderosa estabilidad que flotaba en el ambiente, haciendo gala de que esa simetría era su mayor fortaleza.

A empujones fueron conducidos hasta una explanada elevada, rodeada de edificios cuyas puertas visibles estaban orientadas hacia el norte.

Los pobladores apenas prestaban atención a la comitiva; solo los niños, ociosos y cargados de curiosidad, los seguían a pocos metros retándose entre ellos, lanzándoles escupitajos, piedras e insultos.

Especialmente se cebaban con Sejus, cuya piel blanca y el pelo pajizo, del color del oro, lo convertían en el blanco preferido, como si de una auténtica atracción de circo se tratara.

Los soldados se detuvieron en el centro de la plaza, frente a un imponente edificio al que se accedía por una zigzagueante rampa de tres niveles.

Los guerreros formaban serios y enhiestos, con la mirada clavada en la entrada porticada y rodeando siempre a los prisioneros.

Esta sensación de inminente muerte se acrecentó al ver cómo, bajo los soportales, surgía una comitiva de ancianos ataviados con una exageración de abalorios y el rostro pintado de chillones colores donde predominaban el rojo y el azul.

De entre todas aquellas figuras destacaba la central: un hombre de cabeza rapada, anchos hombros y estómago prominente.

Sobre los hombros sujetaba una especie de corona brillante que sobresalía por encima de su repintada calva más de treinta centímetros para acentuar su rango.

El pecho iba cubierto por una túnica dorada, confeccionada con cientos de cuadraditos metálicos y brillantes del mismo color que el pelo de Sejus, quien lo miraba atónito por la majestad que destilaba.

Su sola presencia bastó para que los cientos de personas que cruzaban la plaza en todas direcciones se detuvieran, bajando la cabeza de manera sumisa.

Los prisioneros, aún perplejos, recibieron un golpe para que imitasen aquella reverencial sumisión que incluso los arrogantes guerreros mostraban ante el importante personaje.

Desde su púlpito, el alto dignatario indicó algo con un leve movimiento de cabeza a uno de sus acólitos, quien inmediatamente señaló hacia los soldados.

El sanguinario jefe corrió por la rampa sin levantar la mirada del suelo hasta llegar junto a los próceres, donde se detuvo hincando una rodilla en tierra.

El adjunto formuló un par de preguntas, que aquel contestó sin dejar de mirarse los pies ni alzar la voz más de lo necesario.

Sejus, que observaba la escena por el rabillo del ojo, disfrutó al ver la sumisión de su mortal enemigo, soñando con que estaba a pronto de recibir un merecido castigo. ¡Cuan engañado estaba!

La voz del jefe supremo atronó en la plaza como si llegara del cielo, brotando gutural desde una boca oculta y parapetada en un semicírculo metálico que colgaba de sus orejas por una cadena —signo de su privilegiada condición de semidiós para evitar que los súbditos adivinaran sus reacciones—.

Acabado el conciso discurso, giró el cuerpo de manera desdeñosa y desapareció engullido por el imponente edificio, seguido por su cortejo.

Sejus advirtió que todos eran varones excepto dos: una joven esbelta de mirada sombría y aburrida, acompañada de otra mujer con el doble de edad que rivalizaba en adornos y arrogancia con el mismo rey.

Solo la joven pareció reparar en la singular fisonomía de Sejus, y vio cómo se detenía unos instantes y lo repasaba de arriba abajo.

La desaparición de los mandatarios devolvió la energía a la plaza, que de inmediato recuperó el bullicio, llenándose de voces y cuerpos en movimiento.

El sanguinario jefe bajó con pasos orgullosos, recuperando con cada zancada la sibilina mirada que lo caracterizaba.

Ya junto al resto de soldados, ladró un par de órdenes y se marchó en solitario.

El grueso de la milicia condujo a los prisioneros a empellones por la avenida principal hasta recuperar las afueras de la ciudad.

Salieron por el mismo camino por el que habían entrado, siempre en descenso, hasta llegar a una intersección donde la débil vegetación parecía espolvoreada de un color ocre y sucio.

Torcieron a la derecha y afrontaron el ascenso de una serpenteante vereda que poco a poco apagó la actividad frenética de la ciudad.