29 UN NUEVO ÉXODO #2
Cientos de pueblos distintos cruzarían aquel desierto con el paso del tiempo, la mayoría sin percatarse de su existencia, hasta que algún cazador descubrió desde las alturas los enigmáticos surcos.
Incapaces de descifrar su origen estelar, terminaron por imitarlos, sembrando el desierto con sus propias figuras y leyendas.
Con los años, los hombres olvidarían por completo a los alenitas, convirtiendo sus huellas en enigmas indescifrables para el futuro.
Contemplando su obra desde la loma, Goser sonrió con una mezcla de orgullo y melancolía, convencido de que el tiempo es un pincel caprichoso.
Lo que para ellos era un simple marcador de ruta para guiar a los suyos, el día de mañana se transformaría en leyenda, en misterios indescifrables para civilizaciones futuras que buscarían explicaciones imposibles en las estrellas, incapaces de aceptar que el pasado a veces solo nace de la simple y humana necesidad de trazar un camino de vuelta a casa.
Incapaces de aceptar que los mayores enigmas de la humanidad a veces solo nacen de la simple necesidad de decir: "estamos aquí".
Al llegar junto al río, el sol hacía rato que anunciaba su declive; llegaron envueltos entre las sombras que preceden a la noche.
Extrañamente, el campamento parecía casi desierto.
La sensación de una desgracia los recibió como una tormenta inesperada.
Un anciano les explicó dónde estaba la gente: Sejus y otros dos niños habían desaparecido esa misma mañana.
Al poco rato, Goser encontró a Menrac, quien relató a su esposo —con la comprensible mezcla de desesperación y culpabilidad de una madre herida— que, al despuntar el día, los niños habían pedido permiso para alejarse a pescar en un recodo propicio.
Tarvis no se lo pensó dos veces y se lanzó decidido hasta el lugar indicado, seguido por el resto.
El cielo enrojecido se anunciaba amenazador ante el inevitable apagón.
Sobre la orilla fangosa encontraron huellas bien definidas, destacando la enorme diferencia de tamaño de los pies de Sejus en relación con los otros dos niños.
El rastro los llevó entre la oscuridad hasta el tronco de un árbol a no menos de cien metros de distancia.
Los expertos ojos de los cazadores advirtieron que habían llegado corriendo hasta la misma base del tronco; la idea de que habían trepado en busca de refugio cobró fuerza al descubrir las marcas de unas garras grabadas en la madera.
Ni bajo el árbol ni alrededor encontraron sangre; al menos, allí no habían sido devorados.
Tarvis, más para tranquilizar a Goser que por estar realmente convencido, expuso en voz alta la idea de que los chicos habrían logrado espantar a la fiera y que posiblemente estarían despistados por el bosque o a salvo en un refugio improvisado.
La oscuridad detuvo el impulso irracional de unos padres que pretendían lanzarse en su búsqueda; Goser, convencido por las sombras de la noche, aceptó las conjeturas como buenas, aunque estas no mermaban ni un ápice su angustia ni el tormento que sabía le esperaba en la larga noche sin luna que comenzaba.
Y no se equivocó. Si larga fue para todos, para él y para Menrac se volvió eterna; ninguno podía imaginar un mundo sin su hijo.
Antes de salir el sol, Tarvis ya estaba junto al tronco acompañado por los otros tres padres impacientes.
El espeso rocío matutino ayudaba a los rastreadores como si de ciencia forense se tratase.
A unos diez metros hacia el norte recuperaron el rastro de los tres chicos; las huellas del gran felino se perdían tras unas rocas hacia el oeste.
Durante gran parte de la mañana siguieron un rastro que desaparecía y regresaba como dibujado a trazos, reflejando a ojos expertos la trayectoria zigzagueante y errática de quien se haya perdido y asustado (¡con lo fácil que hubiera sido recuperar la senda del río!).
Menchuate, el atormentado padre del más pequeño de los desaparecidos alertó al resto con grandes alaridos.
Cuando el grupo se reunió con él, lo encontraron con los ojos desorbitados y una expresión de pánico que amenazaba con hacerlo enmudecer; un llanto seco le brotaba de manera intermitente desde el mismo estómago, con el cuerpo tiritando de un sudor frío, a un paso de la locura.
Junto a las huellas de los tres desaparecidos hallaron decenas de pisadas de pies adultos.
Ya no había duda: habían sido capturados, posiblemente por alguna tribu llegada desde el norte, ya que hacia allí se dirigían sus pasos.
Goser no alcanzaba a comprender aquella cara de pánico; Tarvis, con pocas palabras, le abrió los ojos y le estrujó el corazón como si le clavara un puñal: si los rumores eran ciertos, se convertirían en esclavos.
—Ahora son prisioneros. Es un grupo poco numeroso, ojalá pudiéramos alcanzarlos antes de que lleguen a su poblado; de lo contrario, será imposible —dijo Tarvis.
—¿A qué te refieres? —preguntó Goser con el alma partida en dos.
—Ya sabes a qué me refiero. También tú conoces las historias que cuentan: les obligarán a trabajar si antes no ofrecen sus vidas como sacrificio. ¡Menudos dioses que aceptan la sangre de inocentes! —espetó, sin poder contener toda la rabia y frustración que su destrozado corazón sentía.
Goser lo sabía de sobra, pero en aquellos momentos no escuchaba. No podía pensar en otra cosa que en Menrac: ¿sobreviviría ante aquella noticia?
—Vayamos tras ellos, no perdamos tiempo.
—Tranquilízate. Somos muy pocos y estamos indefensos; además, nos llevan mucha ventaja y conocen el terreno. Hemos de pensar bien antes de actuar.
Con la moral por los suelos, regresaron rápidamente al campamento. Aquello presagiaba ser el principio del fin.
Sejus, Menchiate y Natzarin habían agotado las reservas de lágrimas al final del primer día de caminar fustigados bajo un sol de justicia.
Con los pies ensangrentados, el cuerpo dolorido y el alma rota por la mala suerte y la falsa culpabilidad que pretendían achacar a su inexperiencia, los dieciocho guerreros que los custodiaban no habían ofrecido ni una sola mirada de consuelo.
El más fuerte parecía ser el jefe: se pavoneaba semidesnudo con su musculoso cuerpo cubierto de pinturas de un blanco sucio y ajado por los rigores de la travesía.
Llevaba la cara perforada por astillas de madera bajo la nariz, y otras más pequeñas en orejas y mejillas como anuncio de un inmenso desprecio al dolor.
Con cada paso hacía bailar su adornada cabeza, cubierta por una corona de plumas anudada al cuello.
Su cabello, sucio y grasiento, iba cortado en forma de casco.
Una afilada espada metálica, ancha y opaca, rematada en una punta roma, colgaba de una tira de cuero sujeta a la cintura junto a otra cinta que, formando un triángulo, ocultaba sus genitales en una especie de embudo de grueso cuero.
Las pinturas le nacían en los tobillos y subían por unos poderosos muslos formando dos líneas que morían en un arabesco a la altura de los omóplatos, exactamente igual que en el resto de los soldados, con la salvedad de que el superior mostraba su rango mediante una serie de puntos sobre el torso y la espalda.
Todos provocaban un temor irracional en los prisioneros, pero el jefe destacaba especialmente en este aspecto intimidatorio, logrando que ninguno de los chicos se atreviera a sostenerle la mirada.
Bastante tenían con mantener el trote al que eran sometidos sin descanso.
Escoltados en todo momento por un círculo humano de guerreros armados, los prisioneros corrían unidos por una cuerda anudada sin contemplaciones a las muñecas, intentando no perder el ritmo.
Tropezar significaba recibir una lluvia de patadas y latigazos sobre sus cuerpos ya lacerados.
Cuando paraban a descansar —dos veces al día—, tiraban a sus pies los despojos de la comida, esperando divertirse si se la disputaban como perros hambrientos.
Sejus fácilmente hubiera podido vencer gracias a su enorme corpulencia, pero su bondadoso espíritu lo obligaba a silenciar los desesperados lamentos de su estómago y a compartir los huesos repelados.
Por la noche, un centinela los sujetaba de los pies con otra soga cuyo extremo se anudaba a su propia cintura durante toda la guardia.
Menchiate miraba a sus captores con furia, como si prefiriese la muerte antes que el futuro de esclavitud que se cernía sobre su pequeño cuerpo.
Sejus, temiendo lo peor, le suplicaba paciencia, convencido por la esperanza de una pronta liberación por parte de su padre y del grupo.
Por otro lado, no dejaba de admirarse de aquellos hombres, maravillado en exceso por sus temibles expresiones y, en especial, por un artilugio que portaban a la espalda algunos guerreros: una larga varilla de madera flexible, curvada por la presión de una tira de cuero, donde colocaban una minilanza de unos ochenta centímetros terminada en una afilada punta estrellada de metal apagado.
Con aquel invento lograban abatir animales a una distancia imposible para las lanzas convencionales, e incluso derribaban aves al vuelo con una precisión pasmosa.
Otros, en cambio, llevaban una caña hueca colgada al cuello, cuya utilidad inicial no alcanzaban a descubrir más allá de avivar el fuego, como tampoco comprendían para qué servía el arsenal de astillas que guardaban dentro de una bolsa de cuero.
Sejus no podía entenderlo, pero algo le intuía que aquellas cañas guardaban un peligro letal.
Con la llegada de la quinta noche, los tres prisioneros se habían convertido en diecisiete, y los guardianes en más de tres docenas.
Los chicos parecían resignados a su suerte, sintiéndose aún más indefensos al verse unidos a una cordada de adultos tan asustados como ellos.
Esa noche los captores se mostraban especialmente alegres; Sejus intuía que se hallaba cercano el final del viaje.