Huellas bajo el hielo 29 UN NUEVO ÉXODO
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29 UN NUEVO ÉXODO

C omo todas las despedidas, también aquella resultó triste.

Más aún cuando, como en esta ocasión, se producía un nuevo desmembramiento de la comunidad alenita.

Durante días, las conversaciones resultaron vanas.

Adaus, dominado por la nostalgia, estaba decidido a regresar; una decena había elegido acompañarlo.

Esta decisión acortaba la vida de Tarvis, incapaz de seguir a sus progenitores: era padre y no concebía enviar a sus hijos al suicidio.

Sin embargo, la determinación escrita en los ojos de su padre le indicaba que resultaba imposible convencerlo de lo contrario.

Goser, movido por la piedad, ofreció su ayuda para la construcción de dos robustas naves.

Fue entonces cuando descubrió que, meses antes, Adaus ya había comenzado la tarea en secreto.

Para ello había elegido dos grandes troncos que vaciaba con meticulosidad.

Las prisas por dejar de ver a su padre preparar lo que Tarvis consideraba su propio ataúd terminaron por acelerar la partida.

Solo un par de parejas decidieron proseguir con sus largas vidas en aquel rincón del mundo que tan bien los había acogido; sus cansados cuerpos ya no disponían ni de las energías ni del ímpetu necesario para recorrer valles y montes durante meses.

Y a buen seguro que acertaron. No solo los desniveles topográficos o los cambios climáticos resultaron peligrosos; durante ciclos enteros caminaron, cazando para poder vivir y acampando al ritmo que el sol les marcaba, como si este fuera un miembro más de la expedición.

En realidad, el terreno era el auténtico jefe del grupo; en otras ocasiones lo sustituía la lluvia o la nieve, que los tenía anclados durante semanas o los obligaba a cambiar de rumbo.

Tras años de convivir con las comodidades que otorga la bonanza del tiempo, huían del frío como de las manadas de depredadores, que a menudo encontraban como rivales entre bosques y ríos.

A lo largo del camino hallaron no pocas tribus; ninguna idéntica, pero todas parecidas.

La lengua variaba, al igual que las costumbres.

Si al principio parecían similares —en sintonía con la vegetación—, con el paso de los meses los vocablos comunes desaparecieron.

Otras tierras, otras gentes, desconocidas plantas y bellos animales de mortífera carne.

No todos los recibimientos fueron amistosos: algunos poblados los encontraron en medio del camino; otros, tras varias jornadas de sentirse perseguidos por sombras acechantes.

Unas veces eran tratados como dioses y otras como intrusos que acaparaban los escasos recursos, o bien temiendo ser enviados —con la orden de conquistarlos— por una raza superior y déspota como la cada vez más mencionada y poderosa tribu del norte.

Aquellos asentamientos humanos dedicaban sus vidas únicamente a sobrevivir.

La religión marcaba sus quehaceres diarios de manera soslayada, y todas sus creencias partían de la base del Dios Sol.

Cerca de la costa, sin embargo, se toparon con un pueblo diferente: no solo el pescado era la base de su alimentación, sino que la alfarería había dejado de ser una simple tarea doméstica para convertirse en arte.

Las representaciones impresas se utilizaban como medio para legar su historia y volverla imperecedera para sus descendientes.

Consideraban a la luna la madre de la creación, más poderosa que el sol por su capacidad de alumbrar la noche y por su influencia sobre el crecimiento de las plantas, llegando —al igual que los alenitas— a utilizarla como marcador del tiempo.

Se le atribuía tanto el alboroto del mar como las tempestades en tierra.

Era la visitante del otro mundo, castigadora de faltas y solicitante de sacrificios.

Su principal templo, Si-An (Casa de la Luna), fue una construcción que maravilló a Goser más que ninguna otra cosa; allí observó cómo los constructores rivalizaban con los dioses en perfección.

Ofrecían sus habilidades formando paredes cargadas de paciencia y amor, unidas con tal exactitud que entre ellas no podía colarse ni el más leve suspiro.

Era allí donde se realizaban los ritos la primera noche de luna nueva.

Cercano al templo principal existían otras construcciones menores dedicadas al resto de divinidades: el mar (Ni), el sol (Jiang), el fuego (kütral) o la tierra (Ghis). Estaba claro que para aquel pueblo el ser humano era algo secundario.

Goser contemplaba con amargura aquellas costumbres salvajes.

La tribu al completo desfilaba en procesión hasta lo alto de un risco cercano al poblado.

Al frente, los sacerdotes eran seguidos por dos vírgenes doncellas de aproximadamente trece o catorce años.

Menrac no entendía la alegría y pasividad de aquellos padres orgullosos, que acompañaban a sus hijas vistiendo sus mejores galas y con las caras pintadas de polvos blancos, idénticos a las finas túnicas de las jóvenes.

¡Tenían la misma edad que sus propios hijos, y los llevaban voluntariamente al sacrificio!

Cercana estaba la llegada de la estación otoñal.

Como cada año, tras los rigores del verano, la comunidad se preparaba para el frío y la escasez de alimentos; esa añada, los graneros llenos auguraban un buen invierno.

A pesar de lo cual, el sacrificio se ofrecía por dos razones: agradecer la buena cosecha y solicitar el destierro de un fenómeno meteorológico devastador que anegaba los graneros y despojaba de alimento a la fértil tierra de cultivo.

Para la comunidad, dos jóvenes vidas resultaban un módico precio.

Las dos jóvenes caminaban con la mente perdida, sin detenerse ni titubear en su avance.

En el fondo se creían voluntarias, capaces de entregar su recién comenzada vida para salvar al resto de una posible muerte.

Si el temido fenómeno no aparecía, sus familias serían consideradas en una especie de alineación con los dioses, y la fortuna les sonreiría en forma de un ascenso en la jerarquía.

Por el contrario, si los dioses no aceptaban la ofrenda y la región sufría el revés meteorológico, los padres serían desterrados, y sus hijos menores pasarían a formar parte de los descastados para el resto de sus días.

Ser elegidos era jugárselo todo a una carta.

Desde lo alto del acantilado, el sacerdote pronunciaba las palabras rituales:

«Dioses sagrados, espíritus de nuestros ancestros, hacedores del equilibrio de la tierra y el mar, de la luna y el sol, de la vida y la muerte, aceptad este sacrificio».

Las vírgenes se aproximaban al borde del abismo con la mirada perdida; detrás, sus padres aparentaban una imperturbabilidad pasmosa.

Goser y Menrac hubieran deseado correr en su auxilio; no entendían cómo aquellas niñas no desertaban.

En realidad, no podían. Los alenitas ignoraban que, horas antes de la ceremonia pública, eran conducidas ante los sacerdotes para una supuesta ceremonia de purgación de pecados, durante la cual las obligaban a tomar una infusión preparada con cactus de San Pedro.

Como resultado, las "voluntarias" llegaban a lo alto del acantilado narcotizadas con mescalina, sin ser dueñas ni de sus cuerpos ni de sus mentes.

Dominadas por el místico poder de sugestión del canto que entonaba la comunidad congregada en forma de plegaria, las dos niñas se lanzaron al vacío hacia una grieta donde penetraba el mar.

Allí sus huesos se unirían para la eternidad a decenas de vírgenes que habían entregado sus vidas gracias a las drogas y a la sinrazón de sus gobernantes.

Tras el sacrificio, la procesión regresaba al poblado entre festejos y excesos propiciados por la misma sustancia.

Aquello fue más que suficiente para Goser y los demás alenitas, quienes decidieron abandonar la tribu de los acantilados en busca de parajes más seguros.

Tras una larga y agotadora marcha hacia el norte, atravesando meses de transición climática, llegaron a una árida meseta completamente desprovista de vegetación; el calor sofocante agotaba sus fuerzas y caminaban como en medio de un horno.

La escasez de agua comenzaba a ser preocupante, aunque el estrellado firmamento se abría ante sus ojos con una cercanía que inundaba sus corazones como una puerta a la esperanza, recordándoles los cielos de su origen.

Para Goser, arraigado en la fe de sus mayores, era imperativo dejar constancia de su paso.

Aferrado a la esperanza de que aquellos cielos estrellados les devolvieran algún día a sus rescatadores, convenció al grupo de regresar puntualmente a los bordes de aquel desierto para replicar las señales gigantescas que sus antepasados trazaban antaño sobre la nieve de la Antártida.

El grupo, aunque exhausto, acogió la idea como un sagrado deber de supervivencia.

A los pocos días de marcha paralela, tras reponer agua en los cauces fluviales protegidos por la densa vegetación tropical —donde las fieras acechaban en la espesura recordándoles la constante amenaza del entorno—, Goser desplegó una especie de rústico papiro confeccionado con la corteza de un árbol.

Con la ayuda de Menrac, había reproducido los símbolos geométricos que guardaba en la memoria, los mismos que recordaba pintados en los laterales de la desaparecida nave de los primeros alenitas.

Durante semanas excavaron en aquella superficie arenosa líneas de centenares de metros que, a ras de suelo, carecían de sentido, pero que vistas desde la altura de las lomas componían un diseño colosal.

Cada pocos días, un grupo regresaba a los oasis fluviales para reponer provisiones.

La tarea, aunque dura, se vio favorecida por las condiciones del terreno: la concentración de yeso, la base caliza y la ausencia casi total de lluvias permitieron que, sin pretenderlo, la obra de los alenitas perdurase a través de los siglos.