28 UN AVIÓN MÁS GRANDE #3
Más adelante, las porciones de mar crecen; los cascotes de hielo flotando se esparcen formando piezas de un puzle irregular, trozos de un rompecabezas que los científicos tratan de descifrar antes de que las consecuencias amenacen al resto del planeta.
Al poco rato dejas de mirar; la vista se cubre de un intenso y oscuro azul: las frías aguas del océano Pacífico.
De repente sientes que el mar se ha tragado todo el hielo y, con él, una parte de ti mismo.
Si no fuera por el frío, que se intensifica por la altitud y la inmovilidad, pensarías que regresas del Caribe.
Alicia sintió que dejaba una parte de su alma enterrada para siempre entre la nieve, pero en el fondo estaba alegre: sentía que ese pedacito propio estaría unido para la eternidad con su padre, convencida de que, ocurriese lo que ocurriese, había encontrado la prueba de que él no era un embaucador.
Durante las cinco horas del vuelo no pensó en otra cosa.
El compacto y funcional aeropuerto neozelandés los recibió bañado en la luz de un anochecer olvidado.
Nada más bajar del avión reencuentras la humedad del aire; el viento tibio del verano austral acaricia la cara, el cuello se perla de sudor, y es el momento idóneo para decir adiós al equipo de frío extremo.
Ver de nuevo a hombres vistiendo pantalones de tela, a faldas contoneándose sobre zapatos de fino tacón, o vehículos moviéndose sobre el negro asfalto, te hace poner los pies en el suelo; en cierto modo, es como si regresaras de un viaje más allá de las estrellas.
Terminados los primeros trámites, buscaron acomodo en un hotel cercano; al día siguiente viajarían de nuevo: noventa minutos hasta Auckland, desde donde partirían rumbo a Estados Unidos.
Esa noche, no supo bien por qué razón —si por la felicidad de volver a sentirse parte del planeta o por una simple necesidad humana—, compartió cama y caricias con Daniel.
El aeropuerto internacional de Auckland era la puerta hacia el resto del mundo, también para ellos, aunque no del modo planeado: dos horas después de su llegada partía un vuelo de catorce horas hasta Los Ángeles.
Alicia ya soñaba con las fanfarrias de Hollywood, no pudiendo imaginar mejor broche para despedir aquella aventura, aunque Daniel ya la había advertido que no se entusiasmara en exceso, ya que desde allí volarían sin demora hasta Nueva York, donde ella podría descansar mientras él resolvía unos asuntos antes de regresar ambos a Madrid.
Pero el 11S se cruzó en su camino como un invitado engorroso, y en cuestión de minutos todos los planes se vinieron abajo. El pasaporte de Alicia no estaba actualizado para los nuevos y estrictos controles de la nación estadounidense en aquel clima de paranoia global.
Por un lado, Daniel no quería separarse, pero tenía asuntos ineludibles en la Gran Manzana.
Para Alicia, desde Auckland se antojaba tedioso acometer los trámites burocráticos con la embajada española; sin demasiados miramientos, sopesaron los rumbos posibles y eligieron una apetitosa escala de relajación en Santiago de Chile antes de tomar el enlace definitivo a Madrid.
Daniel la besó en la puerta de embarque con la firme promesa de reunirse en pocos días para hartarse de comer churros y jamón, deslizando de manera velada que los Estados Unidos les esperaban más adelante para una luna de miel.
Con aquellas palabras revoloteando de manera confusa en su interior, despegó en el Boeing de LAN Airlines. Faltaban unos minutos para las cinco de la tarde; trece horas más tarde llegó al aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez, cuando los relojes marcaban las once.
Al despegar estaba dispuesta a perderse en un mar de aburrimiento que aconsejaba no mirar esferas si no quería volverse loca, sensación que no la abandonó hasta que recuperó el tedioso y asfixiante recibimiento de su piso madrileño.
Atrás quedaban millones de toneladas de hielo, miles de kilómetros de vuelo, cientos de caras extrañas y un par de promesas que palpitaban en su interior como si fueran parte de un contrato suscrito con el destino.
Pero, como en todos los compromisos rubricados en su vida, no advirtió la presencia de la letra pequeña, y las fechas del acuerdo no se cumplieron.
La falta de noticias se fue convirtiendo en una pesada carga, las dudas en suposiciones y las esperanzas de felicidad en miedos, en mentiras que recuperaba de una vida anterior.
Bienvenida al amor. A diario marcaba sin resultados positivos los teléfonos de Daniel, vigilaba de manera compulsiva su cuenta de correo y buceaba en la red buscando a la desesperada reseñas científicas y noticias relacionadas con la Antártida.
Parecía como si el mundo se hubiera tragado una parte de su vida, como si el último mes no hubiera existido fuera de su mente.
Repasaba las pocas fotos de su cámara digital para cerciorarse de que realmente no había sido un sueño.
Nunca se había sentido tan sola, nunca se había dado cuenta de lo grande que es el mundo cuando buscas algo que se niega a aparecer.