28 UN AVIÓN MÁS GRANDE #2
—Pues a ti. Anoche decías que ya nunca podrías confiar en Daniel y ahora haces la maleta y te dispones a dar la vuelta al mundo a su lado —dijo Rachel, dando un paso al frente con genuina incredulidad grabada en el ceño.
—¿En serio dije eso?
—Y no una vez, varias. ¿De veras no recuerdas nada de lo que me contaste?
—Cuéntamelo ahora que estoy sobria.
Rachel se levantó de golpe, miró de reojo hacia el pasillo y cerró la puerta con un empujón seco. De nuevo a su lado, inclinó el cuerpo y bajó la voz hasta convertirla en un hilo tenso:
—Te advertí muy seriamente sobre Daniel: no es quien aparenta, llegó hace pocas semanas y no paró de hacer preguntas, no hacía otra cosa; después llegaste y no se separó de ti ni un segundo, ¿no te resulta extraño?
Y ahora me dices que te vas con él. Ten mucho cuidado, querida, estoy convencida de que oculta algo.
—Me ha dicho que trabaja con unos biólogos, que busca experiencias para escribir unas magníficas memorias cuando sea mayor —replicó Alicia, cruzando los brazos sobre el pecho a la defensiva.
—Sí, me lo dijiste anoche, y yo te respondí que era mentira, no hay tales científicos, no con él —sentenció Rachel con una frialdad que helaba el ambiente de la pequeña estancia.
—¿Sabes si hay algún equipo de televisión, rodando un documental o algo parecido?
—Puede, no lo sé, en estos momentos son más de mil personas las que viven aquí, no puedo conocerlos a todos. ¿Por qué lo dices? ¿No te habrá contado el cuento del productor que te quiere convertir en una estrella?
Alicia hizo un mohín de incredulidad, sintiendo una punzada de fastidio; decidió no entrar por ese sendero.
—Tengo otra pregunta, ¿por qué haces esto? Quiero decir, ¿por qué tanto empeño en ayudarme? A ver si al final Daniel va a tener razón y solo te mueve la venganza, por celos.
—Ya vuelves con eso, es increíble —exclamó Rachel, abriendo los brazos en un gesto de frustración contenida, con los ojos brillando con una intensidad que traicionaba su supuesta neutralidad—.
Te aseguro que no siento ni he sentido nada por Daniel, solo intento que no cometas un error, créeme, solo me preocupo por ti.
Aunque las últimas palabras sonaron con un poso de sinceridad, Alicia notaba que la chica arrastraba una frustración opaca, un doble fondo que no acertaba a descifrar, como si al igual que Daniel ocultara un oscuro secreto bajo la superficie.
Interiormente la disculpó —no era ella la más indicada para juzgar a los demás—, y por esa razón prefirió dejarla con la palabra en la boca y dar por terminada la conversación.
Aquella advertencia flotó en el aire reducido de la habitación mucho después de que la puerta se cerrara.
Alicia se quedó un largo rato inmóvil junto al borde de la litera, rumiando el sabor amargo de la incertidumbre, intentando separar el veneno de la verdad en un lugar donde nadie parecía jugar con las cartas descubiertas.
La noche se le escurrió entre cavilaciones y silencios tensos, con la certeza de que el suelo bajo sus pies se había vuelto quebradizo.
Hicieron las maletas a primera hora de la mañana, como si no quisieran despedirse de más personas de las necesarias.
Salieron del edificio; solo Alicia intentaba guardar en la retina detalles que pretendía convertir en recuerdos, aunque entre los bloques solo encontró nieve sucia y rodadas que, como una tela de araña, se mezclaban en su subconsciente avivando intensidades de las semanas pasadas en aquel remoto lugar.
Daniel y Alicia aguardaban la orden para subir al gigantesco C-17, un aparato con el intimidante aspecto de una descomunal ballena metálica.
Los militares —agregados del ejército que apoyaban las misiones de las diferentes expediciones tuteladas por la agencia estatal de investigación— cargaban el aparato con cierta celeridad, incrementando con sus pragmáticos movimientos la sensación de huida que los acompañaba; en realidad, las prisas estaban provocadas por la costumbre del impredecible clima, donde las cancelaciones y los retrasos de días son el pan de cada día en aquella línea aérea.
Mientras observaba los movimientos de los toros mecánicos, Alicia trataba de expulsar de sus pensamientos las nuevas dudas vertidas por Rachel y sobre las que nada había comentado con Daniel, quizás por temor a toparse de lleno con una verdad indeseada.
Ahora, al igual que él, lo único que ansiaba era marcharse.
Si pretendes viajar en primera clase hasta el Polo Sur, olvídate: el Hércules C-17 engulle a sus pasajeros como si de ganado se tratara.
Cuando logras un pasaje de última hora, accedes por la rampa posterior; en el centro, la tripulación repasaba los anclajes de la carga, sujeta por cintas de loneta al suelo, mientras sobre los costados dos filas de seres humanos buscaban acomodo sobre un banco de madera sujeto a los laterales del fuselaje a modo de vestuario deportivo.
En el interior no aprecias el presumible y acogedor cambio de temperatura; la pista por la que aquel mastodonte ha de acelerar no es otra cosa que una porción de océano congelado.
Pensarlo amplifica la sensación de fragilidad, no en vano estás pisando sobre una capa de hielo de color aguamarina despejada de nieve para facilitar las maniobras; llegar al interior había sido como caminar por una resbaladiza pista de patinaje, y romperte una pierna como despedida no conllevaba demasiada dificultad.
Cuando la rampa trasera comenzó a convertirse en puerta, una militar de aspecto hispano-afroamericano recuperó su estatus de azafata, explicando a viva voz las normas de seguridad entre el rugido ensordecedor de las hélices de los cuatro motores.
En resumen: prohibido saltarse una sola de las reglas, que en aquella garganta sonaban a orden.
Alicia entendía el significado por pura intuición, captando de inmediato el tono marcial y autoritario que la cabo imprimía a sus palabras.
Por un momento Alicia sintió un escalofrío premonitorio: se veía como una reclusa condenada a cadena perpetua a punto de ser conducida a una cárcel marciana.
Entre el exceso de ropa sobre la piel nerviosa, el pequeño equipaje atado junto a los pies y el reducido espacio, la incomodidad se acrecentaba.
Si ya estaba claro que aquello no era un vuelo de placer, mucho menos resultó cuando desde la cabina aceleraron al máximo los motores, haciendo traquetear hasta el último tornillo de la nave.
Daniel posó un brazo sobre los hombros de Alicia cuando el avión arrancó; en aquel instante no había otra forma de comunicación que los gestos.
Una vez en el aire, el pánico comenzó a diluirse, los músculos faciales fueron los primeros en relajarse y la respiración recuperó su cadencia.
En cambio, el frío no menguaba; todo lo contrario, la molesta ropa recuperaba su condición de indispensable.
La pequeña ventana redonda les concedió la oportunidad de despedirse visualmente del continente helado.
Sobre la vasta y monocromática superficie se distinguen montañas de mil formas y tamaños; desde el cielo tienes la impresión de haber destapado un gigantesco helado de nata.
En los valles, el viento ha dibujado patrones de su macabro plan de supervivencia, y la costa aparece rota, surcada por hilos de un quebrado río azul, como si un dios hubiese golpeado con una maza un pedazo de corcho blanco destrozando regiones enteras.