Huellas bajo el hielo 28 UN AVIÓN MÁS GRANDE
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28 UN AVIÓN MÁS GRANDE

V olver a recuperar la rutina en ocasiones dura una vida; otras veces es cuestión de minutos —mejor dicho, de matices—. Un olor, un acto reflejo que habías olvidado, un rostro recuperado o una voz chistando a tus espaldas basta para enmarcar de realidad un regreso.

Alicia tenía la intención de no hacer nada en todo el día, al menos hasta que el reloj marcase la soleada medianoche; a esa hora Daniel había pronosticado su regreso.

Solo quería comer y llenarse la piel de calor.

A media tarde, la prudencia le dictaba dar un paseo —tras haber repetido postre, su cuerpo lo agradecería—, pero este, remolón, buscaba descanso: ese que durante días añoras y ahora no logras entender cómo pudiste sobrevivir sin él.

Atravesaba el pasillo enmoquetado en dirección al dormitorio cuando se cruzó con un rostro conocido.

Instintivamente le negó su atención bajando la cabeza, pero un chisteo se alojó en su nuca y la obligó a detenerse.

La dentadura de Rachel centellaba cargada de una ironía burlona, con la cabeza y el gesto torcido en una simpática mueca que Alicia tradujo como una señal de complicidad femenina.

Rebuscó en su interior y no encontró motivos para rechazar la invitación al cotilleo; a pesar de ello, devolvió un gesto altanero, intentando que llegara aplastante como una bofetada, y luego, con un enfático movimiento del cuello —como si colocara la bata de cola de un despampanante vestido de noche—, siguió su camino.

Minutos después aun le daba vueltas a la cabeza preguntándose por qué razón había actuado de manera semejante.

No hizo falta continuar: Rachel apareció ataviada con un grueso batín por donde asomaban cuatro orejas de perro calzando los pies, una botella de licor en una mano y dos vasos entre los dedos de la otra.

No había duda: la americana enarbolaba una bandera blanca en toda regla.

Sin preámbulos lanzó un par de disculpas mientras vertía el agua de fuego en los vasos.

Alicia decidió que era mejor la paz que la guerra y firmó el armisticio con un sonoro choque de vasos.

Rachel reiteró sus excusas por el inadecuado modo de presentarse y volvió a llenar los vasos; la española, aun consciente de su escasa tolerancia al alcohol, no se atrevió a rechazar el whiskey dulzón que las alargadas letras de la botella indicaban procedía de Kentucky.

La atlética morena, con tono zalamero y chisposo, la invitaba a relajarse, dirigiendo la conversación para que Alicia le contara su bautismo de miedo en el desierto de hielo.

Alicia, reticente al principio, dejó atrás vaguedades y compuso un apasionado y teatral relato del peligro vivido.

Los enrojecidos ojos de Rachel se iban apagando y encendiendo al compás de las palabras de Alicia.

Rota la primera barrera, todo fue como la seda; tras apurar el cuarto vaso, la lengua de Alicia parecía desatada.

Cuando Daniel la despertó con tiernos besos en medio de una nebulosa, la cabeza le daba vueltas, como absorbida por un torbellino. El joven advirtió por su olfato el estado en el que se hallaba y la dejó dormir; Alicia creyó escuchar algo así como que todo había salido bien.

A la mañana siguiente la cabeza le dolía casi tanto como la luz de los fluorescentes.

La ducha sirvió de poca ayuda; embutida en el uniforme de frío extremo, transportó la peregrina resaca entre burlas hasta el restaurante.

Cualquier olor parecía incidir en el estado de su estómago, mientras Daniel desayunaba por los dos.

La morena pasó sorteando las mesas con una bandeja entre las manos, dejando un cómplice saludo enmascarada tras las gafas oscuras y el cabello oculto bajo el gorro de lana.

El rostro de Daniel mudó de inmediato, como si de repente una alarma se hubiera disparado, y fue entonces cuando comenzó a descargar una batería de preguntas que lograron atravesar la barrera formada con los restos del alcohol ingerido:

—¿Fue con ella con la que estuviste emborrachándote? —dijo Daniel visiblemente alarmado.

—Sí, vino al cuarto con un poco de whiskey, ¿qué ocurre?

—¿De qué hablasteis? ¿No le contarías nada de lo que encontramos? —Daniel parecía fuera de sí, como si no escuchara más que sus propios pensamientos.

—Nooo….., bueno, creo, la verdad solo recuerdo el sabor del whiskey. ¿Qué pasa ahora con ella?

—Alicia cariño, sabes que debemos tener mucho cuidado, aquí nadie tiene por qué ser lo que parece, por favor, intenta recordar, ¿qué le dijiste?

Alicia fue consciente en ese instante de que apenas recordaba la conversación mantenida.

No podía asegurar si simplemente descargó en la americana sus ansias de soltar lo ocurrido entre ellos o fue más allá y relató hasta el último detalle.

No hizo partícipe de sus dudas a Daniel, pues este ya parecía presa de las propias; aquel contratiempo podía tanto no significar nada como cambiar el destino de sus vidas.

Ambos se dieron cuenta de que inconscientemente se habían subido a una montaña rusa de recelos e intrigas donde todo lo que les rodeaba era sospechoso de convertirse en una amenaza.

Daniel se agachó sobre la mesa y bajando la voz dijo de manera clara:

—No quisiera parecer paranoico, escúchame bien, graba esto en tu memoria, si en algún momento del futuro nos vemos obligados a separarnos, recuerda que hay mil maneras de enviar o leer un mensaje, nosotros siempre pensaremos en un inocente libro, "el guardián entre el centeno", editado en España por Alianza Editorial, no lo olvides y ahora vámonos, lo he estado pensando y lo mejor es que volvamos a casa, tengo la impresión de que todo el mundo nos vigila.

Alicia se quedó con ganas de ahondar en aquel mensaje, pero Daniel parecía prisionero de un arrebato de locura.

Mientras caminaban en busca de las oficinas donde el día anterior fueron interrogados, Daniel no paró de pensar en voz alta y gesticular como si acabara de salir de una pelea de bar; Alicia lo seguía intentando recuperarse a marchas forzadas.

Ya estaban en el interior de las oficinas cuando descubrió que buscaban información para abandonar la Antártida en el primer vuelo, por no poco dinero prometido bajo cuerda tras la excusa de que tendría que mover una pila de favores.

El militar les engatusó con la posibilidad de subir a un C-17 con destino a Christchurch, en el sur de Nueva Zelanda.

En los oídos de Alicia aquel viaje inesperado sonaba perezoso.

Daniel se dirigió hacia una de las tres cafeterías de la base y la dejó en la barra con un par de humeantes tazas de té, diciendo que tenía que usar el teléfono.

Alicia observaba cómo el rostro del joven cambiaba de color tras el cristal hasta encenderse como un farolillo con el auricular pegado al oído; fuera lo que fuese, no eran halagos lo que escuchaba.

Al salir, Daniel intentó mudar el semblante y respondió con vaguedades e improperios cuando ella opinó que daba la impresión de que estaban huyendo.

Daniel volvió a encerrarse en su enigmático caparazón de mutismo; Alicia, por experiencia, decidió que por el momento era mejor no indagar el motivo de aquella herida —ya se lo diría—.

Por la tarde un par de militares tocaron a la puerta del dormitorio.

Daniel los atendió en el pasillo, luego entró y se despidió a vuelapluma cogiendo su red parka mientras plantaba un sonoro beso en la frente a Alicia, que se quedó un tanto desconcertada: al parecer tenía que acompañarlos para confirmar sus pasajes.

A los pocos minutos Rachel apareció en el marco de la puerta, con el rostro surcado por una sonrisa cansada que no llegaba a alcanzarle los ojos:

—¿Cómo se encuentra hoy mi amigota?

—Bien, un poco cansada —respondió Alicia, un tanto cohibida, aguantando en el umbral mientras aguardaba a ver qué derroteros tomaba la conversación, aunque el peso de las advertencias de Daniel le zumbaba en las sienes.

Rachel cruzó el umbral sin esperar invitación, buscando refugio del frío del pasillo.

—He pasado un día de perros, había olvidado los efectos del whiskey.

—Te creo, imagínate como ha sido mi día, que nunca bebo.

—Lo pasamos bien, eh, vaya dos estamos hechas —dijo la americana, soltando una ligera carcajada seca mientras examinaba de reojo el pequeño desorden de la habitación.

—La verdad es que tras la tercera o cuarta copa no recuerdo muy bien qué pasó.

—No tienes de qué preocuparte, solo estuvimos hablando y riendo, siento desilusionarte pero no eres mi tipo —añadió con un pícaro guiño mecánico, apoyando la espalda contra la pared con demasiada premeditación.

—No me refiero a eso, imagino que algo así lo recordaría, lo que no logro traer a la memoria es de qué hablamos.

Rachel desvió la mirada un segundo hacia la pequeña ventana escarchada antes de responder:

—Oh, bueno, me contaste la mala leche de Daniel cuando se estropeó la moto y lo de que pasasteis con la tormenta.

—¿Y no dije nada de lo ocurrido antes? —inquirió Alicia, entrecerrando los ojos, intentando rascar en su propio vacío mental.

—No mucho, tampoco yo lo tengo muy limpio para qué voy a engañarte; recuerdo que me pediste perdón por algo de celos y que durante bastante rato hablaste de un enfado muy grande o de una pelea entre los dos, no sé, ya te digo, mis recuerdos no son muy limpios.

La voz de Rachel llegaba con un vacío extrañamente comprensible, medido al milímetro. Alicia no tenía motivos tangibles, pero algo en la rigidez de su postura le decía que aquellas palabras parecían prefabricadas, posiblemente alimentadas por los recelos que Daniel había plantado en su cabeza.

—Sabes una cosa, mañana nos vamos.

—¿Cómo dices? ¿Pero los dos? ¿Dónde? —la cara de Rachel reflejó una sincera sorpresa, ensanchando las pupilas antes de recuperar el control—. ¿Por qué?

—Bueno, ya se han terminado mis vacaciones, es hora de volver a la universidad.

—Vale, pero ¿vas en serio con Daniel? Es que no lo entiendo.

—¿Qué es lo que no comprendes?