27 TIERRA NUEVA, NUEVA VIDA #5
No obstante, esta llegó de improviso una semana más tarde, una soleada mañana invernal.
Los cazadores, hartos de legumbres y tortas de quínoa, aprovecharon el parón del viento para proveerse de carne fresca.
Sejus amaneció radiante de felicidad: era la primera vez que su padre le permitía acompañarlo, y disfrutaba saltando de huella en huella, marcadas sobre la nieve por los grandes pies de Tarvis, que comandaba el grupo.
Llevaba entre las manos unas bolas sin estrenar —una tira de cuero trenzado con dos cantos redondos sujetos en cada extremo—; los cazadores aprendices las utilizaban para trabar las patas de ñandús o llamas, o lanzándolas sobre aves de bajo vuelo para que se enredaran entre las alas logrando que se precipitaran sobre el suelo, donde resultaba fácil atraparlas.
El tenue sol acariciaba sus alegres mejillas, llenas de vida por regresar a la actividad tras ociosos días en el interior de las cabañas.
Tarvis levantó un brazo en señal de alerta y la comitiva se detuvo expectante.
El experto cazador alenita avanzó deslizándose con largos y pragmáticos pasos entre la nieve, hundiéndose a cámara lenta hasta la altura de los tobillos, con la enorme lanza sujeta con firmeza sobre el brazo enhiesto y la punta de piedra apuntando a su presa: una joven vicuña que, despreocupada, rumiaba los tallos verdes y tiernos que había escarbado bajo la nieve junto al tronco de un tupido árbol.
Aún estaban un poco lejos, y el viento soplaba en contra de la vida del animal.
Tarvis bajaba la ladera ralentizando hasta la respiración; en la quietud del grupo, incluso el crujir de la nieve aplastándose bajo las sandalias del cazador parecía escucharse a kilómetros.
El corazón del hijo de Goser saltaba excitado; el viento acariciaba sus mejillas sin rastro de frío, y el sol casi recién nacido le obligaba a cerrar los ojos hasta la mitad.
No quería perder detalle, pero protegerse con el dorso de la mano a modo de visera le parecía delatar la posición, como si el indefenso animal pudiera escuchar las moléculas del viento.
En su mente rebotaban las palabras de su padre: «Nada de ruido».
Aguantó como una estatua mientras Tarvis continuaba el sigiloso acercamiento, rodeando los árboles que crecían torcidos y ofrecían su amparo hacia ambos lados de la ecuación.
El pequeño cuadrúpedo ya estaba al alcance de la lanza; aguantó la respiración, mordiéndose la lengua mientras apuntaba, cuando de repente a su espalda brotó un ligero estornudo.
Minúsculo, pero suficiente para que la vicuña levantara las orejas puntiagudas y advirtiera el peligro, alejándose con dos graciosos saltitos y despidiéndose de la fresca hierba, dejando a los cazadores con un palmo de narices.
Sejus se sintió avergonzado; su estornudo les había dejado momentáneamente con la miel en los labios, más hambrientos.
Durante un rato fue objeto de burlas y bromas, que solo dejaron de sonar hirientes cuando su padre lo rodeó por el cuello al advertir cómo sus ojos comenzaban a perlarse de incipientes lágrimas.
Un rato más tarde, solo para el niño el episodio retenía algo de importancia: para los habitantes del bosque nada ocurría por azar, todos y cada uno de los segundos del día tenían importancia y su porqué.
La madre tierra había dispuesto que aquel no era el final del animal y por eso había enviado aire cargado de polvo sobre la cara del niño, para salvarle la vida, no para negar alimento a los hombres (nadie pensó que el niño se había apiadado del pobre animal, al identificarse como un igual, joven e indefenso, después de todo era la primera vez que contemplaba animales libres y vivos, justo como él se sentía aquella mañana).
Unas horas más tarde regresaban con varias perdices y gallos coholles abatidos junto al río de bordes helados donde habían acudido a abrevar.
El sol presidía el cielo en el comienzo de su declive, bañando de una brillante luz el paisaje ascendente, cuando de pronto Goser advirtió un cambio en las sombras: el tono de los árboles estaba cambiando, como si de repente la luz del día fuera absorbida por la tierra.
Miró al cielo y un recuerdo volvió a su mente con tintes funestos: se vio a sí mismo sobre la plataforma de hielo, segundos antes de contemplar el eclipse.
El oscurecimiento del sol comenzó a ser visible por un costado; no temía a la diminuta noche que en cuestión de minutos les envolvería, sino al aciago presagio que ello suponía.
No tenía para ello otras razones que su propia experiencia, y una rápida mirada a los que le rodeaban fue suficiente para sentir cómo el miedo se estaba apoderando de todos, el mismo que presumía embargaba en aquellos instantes a la gente del poblado.
Abrazó a su hijo con más fuerza de la que sentía.
Para los habitantes del bosque tampoco aquello era buena señal; su memoria no les traía grandes catástrofes asociadas a los eclipses, pero sí el comienzo de ciclos adversos.
Para un pueblo que consideraba al sol como la máxima deidad, que este se oscureciese de manera ostentosa significaba la escenificación de su enfado.
Esa misma noche no pudieron evitar el regreso de las acaloradas discusiones; sin darse cuenta, Goser había encontrado la señal solicitada, y el resto de las facciones también.