Huellas bajo el hielo 27 TIERRA NUEVA, NUEVA VIDA #4
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27 TIERRA NUEVA, NUEVA VIDA #4

Una práctica común en la región era considerar al sol como el más poderoso de los dioses, emparentado con la luna, el fuego o las estrellas.

En mayor o menor medida, temían y admiraban a ciertos animales; lo que para algunos no eran más que alimañas o depredadores —rivales en las partidas de caza—, otros los consideraban reencarnaciones o prolongaciones de los dioses en la tierra.

Para los habitantes del pueblo del bosque, el zorro disfrutaba de un especial significado: su ladina y traicionera forma de actuar era la antítesis de su manera de caminar por la vida, por lo que lo despreciaban hasta el punto de darle muerte y dejar su cuerpo abandonado sin aprovechar siquiera la piel, que para otras tribus era muy apreciada.

Las estaciones se sucedían en perfecta armonía.

Tras la niña nacida en medio del mar y Sejus, llegaron otros.

Tarvis, el irreductible cazador, sucumbió a no pocos desengaños amorosos hasta quedar prendado de los encantos de Aki-ina, una espigada nativa de rostro brillante y sonrisa afable cuyo generoso y firme busto eclipsaba a cualquiera.

Siempre parecían preceder sus pasos en las estaciones calurosas, cuando las mujeres solo cubrían su entrepierna con una piel de jabalí.

De la unión mestiza brotó un bello fruto: Jesse, un inteligente mulato que ya al nacer encarnó la mezcla perfecta entre las dos razas, con la piel a medio tostar, los rasgos delicados de los alenitas y el pelo azabache y rizado.

Sus largas piernas de recién nacido presagiaban que se convertiría en el primer descendiente de la tribu en superar el metro ochenta.

Con la llegada del frío, todo el valle se preparaba para los largos y gélidos inviernos.

Los animales migratorios desaparecían de los cielos en busca de las regiones cálidas, llevándose con sus aleteos infinidad de sueños que nunca regresaban; la desnudez piante del cielo borraba parte de la alegría de la tribu, impregnando el ambiente de peligros cercanos como intensos aguaceros y nevadas que sepultaban las huellas de la tierra.

Las despensas llenas auguraban jornadas de tedio y contemplación; los que no disfrutaban con el bricolaje o la alfarería echaban de menos la emoción de la caza.

Los alenitas recuperaron las costumbres de sus propios inviernos: al resguardo de las tiendas, pasaban los días relatando historias a grandes y pequeños, detalles que apenas comprendían los indígenas y que muchos ni intentaban creer.

Adaus abordaba aquel menester como una primera necesidad; en realidad, necesitaba poner voz a unos recuerdos que amenazaban con difuminarse en su mente.

Las enseñanzas de la historia alenita reavivaron el deseo de aprender todo lo concerniente al entorno que les rodeaba, en especial sobre el significado de las estrellas del cielo.

Goser se aferraba a este cometido como pagando una deuda, como homenajeando la memoria de su padre.

Y la nieve dio paso al calor varias veces, sembrando el cuerpo de arrugas y los corazones de nostalgias, alternando despensas abundantes con otras precarias.

Con la escasez de carne fresca, la dieta se basaba en grandes cantidades de legumbres y mil formas distintas de preparar los cereales.

Sejus había crecido tanto que ya era capaz de cuidar de su pequeña hermana Kalinse —bautizada por Menrac en honor a sus abuelos, y que para los alenitas era el vivo retrato de la madre de Goser—.

En lugar de cuidar de la revoltosa niña, Sejus soñaba con la llegada del buen tiempo para poder acompañar a los cazadores al interior del bosque.

La rutina unas veces y los remordimientos otras hostigaban las inquietas conciencias de los mayores.

Adaus asistía apesadumbrado a la decadencia de su cuerpo: sus miembros no respondían como antaño y la mente se perdía en nebulosas lagunas parecidas a los sueños; estas eran cada vez más constantes y los recuerdos más difusos.

En su desesperación, y para no perder aquello que había sido, una idea arañaba su alma con insistencia: se estaba planteando la posibilidad del regreso.

Una calurosa noche, sentados bajo un manto de estrellas, Adaus por fin se atrevió a exponer sus cuitas al —por aclamación popular— jefe del clan.

Goser lo miró pensativo, con más preocupación que interés en buscar una respuesta acertada; se le ocurrían un centenar de razones para rechazar la propuesta.

Por supuesto que todos soñaban de igual manera, pero de antemano sabían que era un viaje imposible; Adaus parecía haber olvidado el agitado e interminable océano que les separaba, siempre al sur, donde el frío parecía vivir como un rey inmortal y donde, sobre todo, la posibilidad de encontrar vida resultaba una quimera.

Goser intentó no perder el tacto amable e imparcial que lo caracterizaba, aunque comprobó asustado que el tiempo había deteriorado el cuerpo de Adaus.

Justo era reconocer que tanto él como Menrac a menudo hablaban de ofrecer un futuro mejor a sus hijos; si hubiera una sola posibilidad de éxito en el regreso, ellos serían los primeros en apuntarse, pero ambos eran conscientes del peligro, incapaces de responsabilizarse de semejante aventura ni, por supuesto, de exponer a sus hijos a un suicidio.

Preferían recordar su tierra y sus gentes llenos de vida, no desierta y devastada como imaginaban.

La discusión senil de Adaus —quien argumentaba necesidades inalcanzables— prosiguió acalorada, horas más tarde transcurriendo con señales de eternizarse, atrapada en un bucle como siempre ocurre cuando ambos bandos creen llevar la razón.

Para Goser solo una cosa quedó clara: algo debían hacer.

Aquella región que tan amigablemente les había acogido se estaba quedando pequeña; sobre su frente martilleaban las historias relatadas por los habitantes del bosque, en las que hablaban de poderosos pueblos que vivían a cientos de jornadas de camino hacia el norte, con casas grandes de piedras y plazas limpias por donde corría el agua, pueblos de grandes reyes provistos de fieros ejércitos que no dudaban en cercenar cuellos de hombres con la misma pasividad que lo hacían con las fieras del bosque, que preferían conquistar territorios antes que trabajar los propios, y con sacerdotes que no dudaban en sacrificar a sus propios hijos como ofrenda al Dios Sol.

Para la mayoría de los alenitas resultaba sencillo continuar instalados en la seguridad de aquella vida, pero para Goser constituía faltar a la promesa formulada a Cives: «Intenta conocer el máximo de culturas, todas tienen cosas buenas y otras no tan admirables, pero hasta de la maldad se aprende, ¿cómo si no podríamos apreciar la bondad?

». Cada vez resultaba más obvio: había llegado el momento de cambiar de aires.

Pasaron semanas y Goser parecía sumido en un mundo propio.

Una noche convocó a los adultos; la totalidad de la comunidad se reunió en la explanada central, junto al altar ceremonial.

Exponer su decisión se convirtió en una tarea complicada, y no debió de hacerlo muy bien, ya que ocurrió justo lo que intentaba evitar —o quizás la mayoría ya estaba decidida de antemano—: la tribu quedó dividida en tres grupos: los que preferían quedarse, los que deseaban un cambio y, lo más deprimente, los que pretendían intentar el regreso.

Si había reflexionado durante días y noches era precisamente para evitar el desmembramiento de su raza.

Por otro lado, los indígenas estaban encantados con la alianza de ambos pueblos; obviamente fueron los más reacios a la marcha de los alenitas.

Desde su llegada no solo habían prosperado, sino que se sentían seguros y agradecidos, considerando que el pueblo del bosque era una tribu predilecta de los dioses, bendecida con la compañía de los semidioses de pelo rojo, como si la sola presencia de aquellos seres fuera la razón por la que disfrutaban de un largo periodo de paz y bienestar.

En realidad, su decisión no tenía tintes religiosos, era una cuestión puramente terrenal y práctica.

En cambio, el grupo liderado por Adaus era poco numeroso, pero fuertemente decidido.

Tarvis se hallaba entre la espada y la pared: tenía razones suficientes para apoyar a cualquiera de los tres bandos.

No podía imaginar tener que separarse de sus padres, cómo negarles su protección, como tampoco podía concebir una vida sin Goser y Menrac; de igual modo, no podía pensar en dejar atrás a su mujer y a sus dos hijos pequeños, soñando con que todo volviera a ser como antes.

Por primera vez a lo largo de su vida era pesimista, intuía que aquel sendero no tenía marcha atrás.

Pasaron meses. La comunidad se hallaba inmersa en los preparativos para la pronta llegada del frío; las discusiones se habían trasladado a pequeños comités, casi clandestinos, como si una guerra civil se estuviera gestando en la sombra.

Goser vivía taciturno y desconfiado, como arrepentido, parecía que llevara el sello de la culpabilidad tatuado en la frente, presintiendo en cualquier mirada los movimientos ocultos que en la sombra intentaban ganar adeptos —una sospecha que no lograba desterrar ni el bondadoso apoyo de Tarvis ni el compasivo e incondicional amor de Menrac—.

Cada noche escrutaba el cielo en busca de una señal inspiradora, pero las estrellas parecía que habían enmudecido.