27 TIERRA NUEVA, NUEVA VIDA #3
Los alenitas ni podían ni intentaron esconderse.
Lo primero que pensaron los cazadores al verlos cruzar el claro fue que el chico había exagerado el tamaño gigantesco de los recién llegados; su padre, que estaba junto al jefe con un hacha ensangrentada aferrada con firmeza entre las manos, se relajó con una sonrisa interior.
La visión difiere dependiendo de la altura con la que veas el mundo: eran grandes, pero no gigantescos, y además venían acompañados por tres hombres con cuerpo de niño y la piel de un color parecido al suyo.
El jefe de la tribu debió pensar lo mismo.
Con la confianza que le otorgaba estar en su terreno, se adelantó enfrentándose a las miradas de los recién llegados.
En el vocabulario de la tribu no existían más que las palabras necesarias para el día a día, y no sabía cómo dirigirse a los dioses, aunque en el fondo pensaba que eran más humanos que el viejo sacerdote.
Por muy ignorante que seas, nadie teme lo que no conoce, aunque el miedo pueda aparecer ante lo desconocido.
Goser avanzó con los brazos extendidos, mostrando la inofensiva desnudez de unas manos libres de armas, como si estas fueran una bandera blanca.
Huialtrape lo imitó, sin desprenderse de su lanza.
La voz del alenita surgió como si brotara del interior de las nubes; a dos metros de distancia sí que eran altos —eso al menos pensaba un hombre de poco más de metro y medio—, y aquel gigante de pelo rojo hablaba sin hacerse entender.
Goser se dio cuenta y bramó el nombre de un isleño para que este actuase de intérprete.
Con poca convicción, tras comprobar que su discurso —compuesto con las cuatro palabras que mejor conocía del idioma de la isla— no había servido de nada, la chillona voz del menudo compañero fue contestada por Huialtrape con una retahíla de frases marcadas con un tono interrogativo, pareciendo pedir explicaciones.
El intérprete escogido por Goser se encogió de hombros, y los alenitas comprendieron de inmediato que la historia de los primeros meses en la isla se repetiría.
Lo mismo debieron pensar los cazadores, quienes les hicieron señas para que los siguieran.
Un rato después llegaron a una explanada elevada, al abrigo de una montaña cuya cúspide se perdía entre las nubes.
Las viviendas se alineaban formando un círculo; las cabañas no eran otra cosa que montones de palos dispuestos unos sobre otros hasta formar una especie de pirámide con base circular, tapando las rendijas con trozos de musgo de diferente tamaño y grosor.
La construcción se adivinaba tosca e improvisada, como queriendo mostrar su estatus de provisionalidad.
Con el tiempo descubrieron que la tribu se asentaba en un lugar durante diez o doce años; cuando la caza empezaba a escasear (casi siempre por su culpa), emigraban en busca de otro emplazamiento, en otras ocasiones obligados a huir por incendios, terremotos o el ataque de alguna tribu vecina.
El sacerdote se presentó en el centro del poblado, escoltado por dos fornidos ex-cazadores que tenían la misión de protegerlo en aquel retiro privilegiado e ingrato, reservado a los lisiados o a los que se volvían torpes para la caza por culpa de su avanzada edad (a muchos este retiro le llegaba antes de los cuarenta).
El brujo inspeccionó a los recién llegados escondiendo su propio miedo bajo una capa de pinturas.
Comenzó dando vueltas a su alrededor, con los diminutos ojillos saliéndosele de las cuencas, mientras agitaba un palo con un par de pequeñas calabazas huecas que hacía sonar como si fuera un medidor de radioactividad.
Contoneaba el cuerpo con pasos de baile que recordaban a un robot paralítico, movía sus labios de manera casi imperceptible —parecía recitar una oración secreta— y, de tanto en tanto, escupía al suelo, como si se hubiera tragado el más amargo de los pecados de aquellos recién llegados.
Terminado el teatral revoloteo, gritó algo e inmediatamente se postró de rodillas y agachó la cabeza; como si fueran arrastrados por una ola, los indígenas lo imitaron.
Goser se sintió un tanto desanimado: quería conocer pueblos inteligentes de los que enriquecerse con su cultura, no ignorantes que les agasajaran con reverencias y supersticiones, pero no podía elegir.
Al principio intentó hacerse comprender por medio de palabras, pero fue inútil; con más resignación que curiosidad, aceptaron el agua y la comida que les ofrecieron.
Al caer la tarde, Goser utilizó un palo para dibujar sobre el suelo y, con no pocos esfuerzos, se hizo comprender por Huialtrape.
Entre ambos acordaron que regresarían al día siguiente con el resto de los alenitas, y el jefe, complacido de ver el lado humano de sus nuevos amigos, ofreció una escolta.
El sol estaba a punto de irse a dormir cuando los alenitas se reunieron con su grupo.
Goser percibió un extraño ambiente flotando en el aire: todos le dibujaban sonrisas de oreja a oreja.
De repente adivinó el motivo y echó a correr en busca de Menrac.
La encontró tendida bajo un árbol, rodeada de un grupo de mujeres; entre sus brazos sostenía un bulto envuelto entre telas.
Estaba más bella que nunca, aunque una sombra bajo los ojos mostraba evidentes signos de fatiga.
Goser se acercó emocionado, saboreando unos instantes que sabía se convertirían en recuerdos imborrables.
De rodillas en el suelo, ofreció la más sincera de sus sonrisas: primero besó delicadamente las mejillas de la nueva madre, y luego fue apartando la tela que cubría al recién nacido con una mezcla de miedo y sorpresa que afloraba en sus dedos temblorosos, como quien destapa el regalo más maravilloso y deseado.
Al ver aquella diminuta nariz que resaltaba graciosa sobre una piel rosada y la pequeña boca cerrada por el plácido sueño, sintió que el rumbo del mundo había cambiado de repente.
La vida volvía a tener sentido; se acordó de su padre y sobre todo de su madre, aunque la barbilla del niño, ligeramente puntiaguda, evocó de inmediato el recuerdo de Liseng.
—Es un niño —susurró su esposa.
La felicidad fue completa. Como si el paquete fuera de frágil cristal, lo tomó en sus brazos y sintió que soportaba el peso del planeta.
Lo besó paladeando aquel tierno olor a suave rocío de la mañana mezclado con el cálido aroma de Menrac; si hubiera que poner un nombre a aquella mágica fragancia, sería amor.
—¿Cómo lo llamaremos? —preguntó en un susurro entrecortado por los esfuerzos del parto.
Goser no lo dudó un instante:
—Sejus.
Menrac sonrió, cerró los ojos embriagándose con la fonética del nombre que repetía entre los labios como quien descubre un secreto desvelado por el cielo, y con aquel sabor se durmió satisfecha.
El orgulloso padre devolvió el pequeño a los brazos de su madre; este abrió los ojos llenos de vida al recuperar el olor maternal, unos ojos de un verde intenso, el color de la suerte para los alenitas.
Goser regresó al centro, donde todos lo felicitaron.
Se sentía lleno de vida, capaz de mover el mundo; cuánto echaba en falta a sus padres, pero la alegría era tan enorme que nada, ni siquiera aquellos tristes recuerdos que vivían en su interior, empañaría un día tan magnífico como aquel.
Al atardecer del día siguiente llegaron al poblado.
Risas, comida y bailes se repitieron hasta bien entrada la madrugada; las reverencias y el respeto de la llegada se acortaron con el paso de las horas, desembocando en una especie de camaradería que enraizó de manera culminante al compartir sus cabañas.
Esas noches durmieron encogidos pero alegres, sintiendo que empezaban a formar parte de aquel mundo que no dejaba de sorprenderlos.
Con el tiempo construyeron sus propias cabañas, que parecían las hermanas grandes de las tolderías existentes.
Durante meses intercambiaron esfuerzos y sabidurías: las mujeres alenitas aprendieron a fabricar harina de maíz y de quínoa —una pseudogramínea muy abundante—.
La pasta tostada gustó tanto a los alenitas que se las ingeniaron para poder disponer de ella todo el año; gracias a esto, los indígenas, que se hacían llamar el pueblo del bosque, conocieron los fundamentos de la agricultura.
Acabada la estación del frío, sembraron quínoa, maíz y porotos (una de las mil variedades de judías que por entonces crecían silvestres).
Tras aquel primer verano, junto con la carne salada se almacenaron sacos de judías y harina, soñando ya con la llegada de una nueva estación calurosa, propicia para la siembra en la que, entusiasmados, triplicarían el terreno cultivable.
Los varones adultos acompañaban a los cazadores en sus incursiones al bosque; los alenitas aprendieron que de los animales se podía utilizar todo: la carne para el alimento, la grasa para cocinar y el cuero para vestir.
Las mejores pieles se almacenaban para intercambiar con otras tribus en el kamaruku, una ceremonia rogativa para el bienestar de la comunidad, la fecundidad y la proliferación de la caza.
En esta reunión anual no solo se truequeaba, sino que pieles y cornamentas se utilizaban como moneda a cambio de armas, abalorios e incluso mujeres.
Unos aprendían de otros sobre sus filosofías y deidades, comparando y respetando costumbres; después de todo, la mayoría de las tribus compartía un enemigo común: el hambre.