Huellas bajo el hielo 27 TIERRA NUEVA, NUEVA VIDA #2
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27 TIERRA NUEVA, NUEVA VIDA #2

De pronto, el aire silbó sobre la posición del puerco.

El chico, atónito, observó cómo una enorme lanza, salida de la nada, atravesaba el cielo y terminaba atravesando al pequeño animal a la altura del cuello.

Por puro instinto, el muchacho bajó el brazo y echó el cuerpo a tierra.

La serpiente, igual de asustada, culebreó batiéndose en retirada y pasó a escasos centímetros del aspirante a cazador; afortunadamente no tenía tiempo para él y lo rebasó sin prestarle más atención que una rápida mirada, como diciendo me he quedado con tu cara, ya nos veremos.

Con las orejas pegadas a la tierra, el chico escuchó el retumbar del suelo.

Tras la espesura que lo ocultaba, vio correr a un par de gigantes que se acercaban a recuperar el cuerpo del agonizante jabalí, el cual gritaba de dolor y de rabia.

El pequeño cazador nunca antes en su corta vida había sentido tanto miedo: dos seres extraños, posiblemente de una tribu de la que nunca había escuchado hablar (ni siquiera sería conocida para los viejos de la aldea), eran bastante más grandes que los fornidos hombres de su aldea, con la piel más blanca que los polluelos recién nacidos, como si estuvieran hechos del agua de la montaña, y la cabeza cubierta por un pelo revuelto del color de la tierra seca, que crecía enmarañado rodeándoles la boca y el cuello.

Debía huir y consultar con el sacerdote, aunque aquel enigmático ser le producía un miedo atroz, casi tan grande como los dos recién llegados que desangraban al animal.

Debían ser diablos, ya que estaban desperdiciando un manjar como la sangre caliente y dulce, el primer premio de todo buen cazador.

El sacerdote tenía que saber qué hacer; quizás incluso conociera de dónde procedían aquellos seres, porque sin duda no pertenecían a su mundo.

Tarvis recuperó su arma. Con una media sonrisa de orgullo torciéndole los labios, levantó el jabalí asiéndolo de una de las patas traseras.

Ruma, uno de los isleños que habían adoptado, empuñaba ya un afilado cuchillo de obsidiana con el que practicó una incisión a la altura de la herida; la sangre manaba abundante y vaporosa mientras corría por el suelo.

Tarvis levantó la nariz para oler el aire: su instinto de cazador le advertía de algo extraño.

Hacia el este, a menos de diez metros, surgió un bulto oscuro.

Aguzando la vista, descubrió un cuerpo menudo que corría alejándose en dirección a un pequeño bosque.

Por instinto armó el brazo y apuntó; era una persona, un animal que no esperaba.

Durante unos segundos sopesó la idea de perseguirlo, pero pensó que era mejor volver con la caza: Goser y los otros decidirían.

La noticia alegró y extrañó a Goser a partes iguales.

Hasta entonces pensaba que el recibimiento que les brindaron en la isla sería la tónica general con el resto de los pueblos, e intentarían localizarlos al día siguiente.

Muy distinta fue la actitud en el poblado del chico: nervioso, se dirigió al grupo de mujeres que curtían pieles bajo la sombra de un árbol.

Mujeres y niños eran los únicos que permanecían en el poblado, pues los hombres aprovechaban la luz del día cazando.

Vio a su madre; ella sabría qué hacer. La encontró raspando una piel con una cuchilla de sílex.

Al principio la mujer no daba crédito a las palabras atropelladas del muchacho, pero, prudente, lo empujó a un aparte, reparando de inmediato en el miedo que emanaban los ojos de su hijo.

Cuando por fin el niño se hizo entender, se quedó perpleja; también ella temía la reacción del brujo.

Faltaban muchas horas para el regreso de los cazadores.

A pocos metros parloteaba más que trabajaba la mujer del jefe —la cual no le generaba ni confianza ni simpatías, pues era altiva y cruel—, y lanzando una mueca de desprecio descartó pedirle consejo.

Aun consciente de que aquello era contrario a las leyes de su tribu, agarró a su hijo del brazo y, sin decir nada, lo arrastró lejos del grupo.

Mientras ascendían la vereda que comunicaba con el centro del poblado, le pidió que repitiera la historia, pero con calma.

El chico no se retractó ni una coma, y la mujer comprendió que no tenía alternativa.

Encontraron al sacerdote sentado sobre sus piernas en forma de equis, con la espalda doblada por el peso de los años sin enternecer a nadie, supuestamente meditando con los ojos cerrados.

Al muchacho le intimidaba más aquella mirada oculta que el collar de dientes y picos de aves que adornaban su lampiño pecho.

Al escuchar pasos dio un respingo; los ojos aparecían hundidos en sus cuencas, como si el brujo te mirase desde el otro mundo con el que presumía que solo él tenía línea abierta.

Al enfrentarse a ellos, a la mujer le pareció advertir un destello de lujuria en los labios del chamán, pero el anciano estaba mirando a su hijo.

La mujer se arrodilló ceremoniosamente, aparentando una humildad con la que ocultar el miedo, y su asustado hijo la imitó.

Con un gesto del brujo, la mujer relató lo sucedido.

El sacerdote la interrumpió y se acercó al muchacho, colocando una mano huesuda de largos dedos sobre su barbilla en un amago de caricia; el chico la sintió helada y viscosa, y se levantó envuelto en un escalofrío de repugnancia.

Ya de pie, ni se atrevía a mirarlo: con la vista fija en un punto indeterminado del vacío que le separaba del chamán, buscó la voz perdida en el estómago y, trastabillado, contó la visión de los extraños cazadores.

La cara del brujo cambiaba de color a medida que conocía la historia.

Luego los despachó sin ofrecer explicación alguna; a madre e hijo no les importó lo más mínimo, pues ellos ya habían cumplido.

Cuando estaban a punto de salir, el sacerdote vociferó una orden: no debían comentar con nadie aquel asunto.

Por la noche, el jefe del poblado —el segundo en el escalafón— recibió la orden de reunirse con el sacerdote, presentándose acompañado del resto de cazadores.

Huialtrape temía que de nuevo el brujo pronosticara la llegada de algún cataclismo y pretendiera ofrecer un tributo a Futachao, el ser superior.

Durante el último año de bonanza se había conformado con ofrendas de frutas y animales, pero ahora vivían el final de la estación calurosa, la caza escaseaba y el invierno se preveía duro; en esta ocasión, tal vez le solicitaría un sacrificio humano, algo que él detestaba profundamente.

Ningún dios misericordioso solicitaría para sí la vida de un inocente; solo el hombre pretende disponer de ese poder.

El sacerdote comenzó su discurso como siempre lo hacía, tratando de intimidar con sus leyendas al personal.

La tribu temía al sol y a Gualichu, el contrapunto del ser superior, y veneraban a Nguenechen, el creador de todas las cosas.

La aparición de unos seres gigantes, con aspecto humano y la piel del color de las nubes, no podían venir de otro sitio que de los cielos, donde ni las irreverentes aves llegaban y solo los dioses tenían su morada.

El sacerdote habló de lo visto por el chico, dando a entender que este ya estaba al corriente.

Huialtrape ocultó su extrañeza con sucesivos asentimientos, mientras el brujo proseguía su perorata diciendo que, tras haber consultado las vísceras estas le habían mostrado que dichos seres eran sin duda parientes de los dioses: debían buscarlos y agasajarlos.

Su tribu se distinguía de otras cercanas porque solo empuñaba las armas contra otros seres humanos cuando era inevitable; nunca atacaban, solo se defendían.

Su vida se basaba en la recolección de frutos y la caza, y la conquista de nuevos territorios estaba fuera de su filosofía, respetando las lindes incluso en momentos de precariedad.

Dos veces al año acudían al descampado verde —a tres jornadas de camino— para practicar el intercambio de pieles y huesos, celebrando allí la ceremonia del trueque donde obtenían armas, herramientas, adornos y utensilios de cerámica (la manipulación del barro, de la que pocos fuera del poblado tenían conocimiento, era la base de su economía).

Cuando los cazadores se retiraron, antes de entrar en sus cabañas, Huialtrape les advirtió: el sacerdote podía equivocarse, y los gigantes pálidos no tenían por qué ser dioses amistosos.

Goser comandaba la expedición. Una docena de alenitas y los tres isleños seguían desde primera hora la dirección en la que Tarvis había visto perderse al pequeño indígena asustado.

Caminaban por un calvero moteado de cúmulos rocosos cuando se toparon con un grupo de hombres que desollaban un extraño animal —hoy conocido como Glyptodonte, emparentado con los actuales armadillos—.

Algunos de estos ejemplares medían cerca de tres metros y pesaban más de una tonelada y media; su forma y tamaño se asemejaban bastante a un gran Seiscientos.

Su carne no era muy apetitosa, pero le daban caza fácilmente por su torpe movilidad, y su grueso caparazón en ocasiones servía de refugio cuando una tormenta o un gran felino los encontraba desprotegidos (de hecho, en el poblado varias familias venían utilizándolas como vivienda).

Los nativos les habían dado caza mientras se dirigían en busca de los extraños visitantes por orden del chamán.

Un par de cazadores, apostados como centinelas lejos del hedor que emanaban las vísceras del animal abatido, advirtieron un extraño aroma en el aire e inmediatamente alertaron al resto, que empuñó las armas preparándose para la defensa.

Huialtrape desplegó a los suyos con precisos movimientos de manos y cabeza; el jefe se estiró en el centro, oteando entre la floresta para ver de dónde llegaba el peligro.