27 TIERRA NUEVA, NUEVA VIDA
A lcanzaron una playa que, ya antes de palparla, les sorprendió.
El color de la arena, la ausencia de palmeras y unas gigantescas montañas con la cima helada dominando un paisaje con visos de inalcanzable borraron de un plumazo la perspectiva que tenían del mundo, pues creían que fuera de la región donde nacieron el resto sería parecido a la pequeña isla que los había acogido.
Como intentando recuperar su hábitat natural, dejaron la costa a sus espaldas y comenzaron la ascensión.
Recuperar el tacto de las temperaturas bajas les volvió nostálgicos, pero los cuatro isleños que los acompañaban en régimen de adoptados sufrieron en sus carnes casi desnudas un clima adverso y desconocido.
Tarvis se había destacado como el mejor cazador durante el año que pasaron en la isla; disfrutaba de su trabajo, lanzando las puntas de piedra tallada sujetas a largos palos con una precisión y potencia que solo la falta de paciencia lograba erradicar.
Al principio parecían un juguete en manos de un gigante, pero con el tiempo él mismo se fabricó sus propias armas.
La mayoría de los alenitas prefería continuar con una dieta básicamente vegetariana —en la isla aprendieron a recoger frutas silvestres y a seleccionar plantas para usarlas como medicina o condimento—, pero casi todo lo aprendido allí no tenía valor en el nuevo territorio, donde la utilidad de la escasa vegetación era prácticamente nula.
Una montaña helada es siempre un peligro, independientemente de su ubicación.
Alcanzada la cima, un inmenso valle colmado de todos los verdes posibles se abrió ante sus ojos con la sensación de esconder millares de peligros.
El cetrino paisaje se perdía enmarañado como si de un nuevo océano se tratara.
La dificultad de conseguir recursos les convenció de que la vida sería más segura cuanto más descendieran; peligrosos riscos e inabordables desfiladeros, que se cobraron algunos huesos, terminaron por decidirles a dejar atrás para siempre la idea de continuar viviendo en condiciones semejantes a sus recuerdos.
Se despidieron del frío como quien le dice adiós a un viejo familiar moribundo y, siguiendo el curso de un riachuelo, encontraron un mundo nuevo plagado de una rica vegetación, tan desconocida y tupida que estaba claro que nadie había pasado por allí en siglos, con árboles diferentes para animales distintos.
Unos días después encontraron restos de un poblado y, desde ese momento, se concentraron en encontrarlos, recolectando frutos nuevos, cocinando la carne de animales diferentes —de dos y cuatro patas— e incluso probando los viscosos reptiles que se arrastraban por el suelo.
Encontraron otras ruinas abandonadas; allí enterraron a otros tres alenitas junto a uno de los isleños.
No podían asegurarlo, pero todo parecía indicar que la mala alimentación habría sido la causa de las muertes.
Goser advirtió que tanto los animales herbívoros como los depredadores seleccionaban sus alimentos: la naturaleza es sabia, pero encierra caminos muy torcidos, y deberían aprender a reconocerlos, ya que el coste de dicho aprendizaje es siempre muy elevado.
El cuerpo de Menrac mostraba los cambios propios de su estado: zarpó soltera y desembarcó casada, votos que tomaron en una improvisada ceremonia en medio del mar.
Goser recibía constantemente consejos; su hijo sería el primer alenita nacido en tierra firme, un nuevo juguete que tomaría el lugar de la pequeña alumbrada en el iceberg y que por derecho propio era la mascota del grupo (si el recién nacido era varón, ya tendría una compañera adjudicada).
Desde el mismo instante en que conoció la noticia de que iba a ser padre, su percepción del mundo cambió de manera radical.
En silencio se obligaba a recordar las enseñanzas que sus padres le habían inculcado a lo largo de los años, soñando con poder transmitírselas como un homenaje a tres abuelos a los que cada vez añoraba más.
Si la genética cumplía, su vástago sería un ser poderoso, aunque Goser prefería una niña; de lo contrario, estaría abocado a educar a un futuro líder, llamado no solo a velar por su raza, sino a perpetuar su especie: demasiada responsabilidad para un ser tan diminuto.
Por otro lado, los alenitas parecían haber perdido el favor del tiempo; sus cuerpos comenzaban a envejecer a marchas forzadas.
Las altas temperaturas que soportaban, los nuevos esfuerzos y, en especial, la diferente alimentación mermaba la milagrosa capacidad de burlar al tiempo.
Menrac había comentado la terrible frustración que experimentó cuando, intentando servirse de su poder de concentración, comprobó que este había desaparecido; a veces sentía que su proeza con la nave no era más que un sueño.
Los mayores lo achacaban al clima; para ellos se estaba repitiendo la historia cuando los rigores de la temperatura atacaron los poderes de los primeros alenitas, y si estos pagaron un alto precio recluyéndose en las heladas tierras del sur, ahora ellos lo liquidarían para sobrevivir.
Nunca imaginaron que la realidad era mucho más sencilla: su cómputo del tiempo era diferente.
Pasaron meses viviendo sin rumbo fijo, el cual marcaba el curso de los ríos que encontraban.
Habían dejado atrás el gran muroa de hielo y piedras.
La tierra que ahora pisaban temblaba regularmente, hasta que una mañana una explosión sobresaltó a cazadores y bestias, que corrieron en estampida.
La explosión se repitió con mayor estruendo y un nuevo temblor arrancó árboles y abrió grietas donde segundos antes no había otra cosa que montones de pacíficas piedras: esta fue la presentación en sociedad de un nuevo y mortal enemigo, los desastres naturales.
Alejándose del peligro continuaron descendiendo.
El riachuelo que seguían se partía en tres en determinado punto, y la manada de ungulados que seguían había desaparecido a contracorriente de uno de aquellos meandros.
En su ignorancia, pensaron que el terremoto había desmigajado el río e invertido el flujo del agua, así que siguieron el camino de la comida, ascendiendo entre matorrales y veredas abiertas por los animales.
La tierra continuó temblando día tras día, hasta que de nuevo una explosión atronó en el cielo, llenando el aire de un perfume azufroso.
Una densa y negra nube surcó el firmamento, la variopinta estampida casi los atropella y, de las entrañas de la montaña, surgía un nuevo río que bajaba con virulencia por su falda, tiñendo de un rojo y humeante fuego el fértil valle de donde todas las formas de vida huían despavoridas.
La cima parecía la boca de un dragón, lanzando piedras y fuego en todas direcciones, demostrando que el interior de la tierra vivía como un ser más de aquella selva, como un depredador invencible.
Siguiendo el consejo de los animales, corrieron sobre sus pasos.
No era extraño pensar que a la vida le costara trabajo abrirse camino en aquel territorio; mires donde mires, se encuentra algún peligro, por lo que era aconsejable alejarse cuanto antes de aquel convulso lugar. Goser no quería que su hijo disfrutara de una vida semejante.
Agazapado sobre unas rocas, un chico acechaba con sus ojos de carbón los movimientos de un joven jabalí.
El animal había encontrado un tesoro bajo la sombra de un pequeño matorral y hozaba con deleite, hundiendo sus fauces en las podridas frutas esparcidas por el suelo.
El chico aún era joven para ser cazador, pero conocía muy bien el poder de aquellos colmillos relucientes y de un blanco letal.
Si lograba atrapar la presa, no solo aportaría alimento para varios días, sino que se convertiría en un ser admirado, ganándose el respeto dentro de la tribu; su padre dejaría de tratarlo como a un niño y las mujeres empezarían a vigilar sus andares.
De pronto sintió un siseo sobre un costado y arrugó la nariz como intentando olisquear el viento, aunque no le hizo falta la ayuda del aire: observó cómo una enorme serpiente avanzaba al encuentro del porcino.
Aquel bicho era uno de los depredadores más implacables de la región; si no actuaba con tacto, perdería la ocasión de ser un héroe.
Los triangulados colores del lomo de la culebra se arrastraban con sigilo, serpenteando un camino inventado.
El chico bajó del montículo sin hacer el menor ruido.
Su piel tostada sudaba, excitada bajo el largo cabello negro y liso como sus ojos, sujeto en la frente con una fina tira de cuero cuyas puntas acariciaban su desnuda espalda.
Se rascó a la altura de los riñones, nervioso; allí llevaba otra pequeña tira de piel curtida, anudada a la altura de los picores y colocada para proteger de posibles roces a sus genitales, evitando que estos molestaran en su trabajo de cazador.
En cuclillas avanzó con maestría, con un ojo en el jabalí y otro en la sibilina bífida, que de tanto en tanto se detenía y alzaba su triangular mandíbula oteando el entorno.
El joven levantó el brazo que empuñaba un trozo de sílex engarzado con cuero a una larga rama; aún podría acercarse un poco más.
Sin erguirse, alargó unos pasos —desde allí sería una vergüenza errar el tiro—, aguantó la respiración y, sin bajar el brazo enhiesto, clavó los ojos en el cuello del verraco, el momento más delicado para todo cazador al tener que erguirse dejando su cuerpo a la vista.
La suerte parecía estar de su lado: el aire le daba en la cara y el cerdo no olería su miedo. La serpiente también preparaba su ataque a escasa distancia del gorrino, que, ajeno al peligro, continuaba gozando de los frutos.