Huellas bajo el hielo 26 UN DESIERTO INTERMINABLE #3
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26 UN DESIERTO INTERMINABLE #3

Unas cuantas y lentas horas de reloj de vuelo y McMurdo los recibió sin fanfarrias de héroes.

Las calles desiertas presentaban un aspecto lánguido, bañadas por la mortecina luz de la madrugada antártica, como si el sol fuera una bombilla de bajo consumo.

El irónico reloj solar que sobrevolaban marcaba un punto cercano a la una y media de la madrugada; aún faltaban un par de horas para la efímera aparición de las estrellas.

Daniel se despidió de la tripulación repitiendo efusivamente las palabras tomorrow y promise, tomó la mano de Alicia y tiró de ella; cogida por sorpresa, ella no se atrevió a soltarse.

—¿Qué es lo primero que te apetece hacer? A mí me encantaría hincarle el diente a media docena de hamburguesas, lástima que sea tan tarde —dijo él.

—Quiero una ducha caliente, o mejor un baño ardiendo —respondió ella.

Una hora más tarde, cuando se tumbó en la cama, dudaba sobre qué placer había disfrutado más: si el agua caliente recorriendo su cuerpo o haberse despojado de las mil capas de ropa instantes antes, aunque estar tumbada bajo las mantas con solo el pijama acariciando su piel no era moco de pavo.

Cuando no has tenido nada, con poco puedes ser feliz.

Daniel se movía inquieto en la litera superior.

Encontrar al compañero roncando atajó las dudas de si esa noche la pasarían discutiendo o haciendo las paces bajo las sábanas.

Alicia no salía de su asombro al pensar en el reflejo que había descubierto en el empañado espejo: casi podría asegurar que había recuperado la figura de sus doce años, calculando una pérdida de un kilo por día.

Daniel tenía razón: también ella estaba hambrienta.

Cuando despertó, el yanqui de la garganta rota había desaparecido, dejando las marcas de su cuerpo impresas entre el amasijo de sábanas y mantas amontonadas a los pies de la cama.

Se levantó con el placer de poder ir al baño; Daniel tampoco estaba.

A los pocos minutos apareció como un hombre nuevo, afeitado y visiblemente más ligero.

Por un momento pensó que el tiempo había girado atrás un par de semanas, cuando solo ella tenía secretos.

—Vamos a desayunar, me muero de hambre. Luego tenemos que cumplir unos trámites ante las autoridades; nos harán un reconocimiento y unos análisis.

Prepárate, nos harán repetir la historia: recuerda, nos perdimos, la moto se estropeó y la tormenta nos tuvo dando tumbos durante días.

Del resto, ni una palabra —advirtió Daniel.

—De acuerdo, pero dime una cosa: ¿por qué has cambiado de opinión?

—Creía que estaba muy claro —dijo, suavizando el tono autoritario con el que había comenzado—. Porque me importas mucho y no quiero que nuestra relación se base en farsas. Eres una chica fantástica, no te mereces más mentiras. Cuando todo esto pase decidiremos cómo actuar.

—Lo de la televisión no me parece mala idea, solo que...

—Alicia, confía en mí. Tenemos mucho en qué pensar, por favor tengamos paciencia.

—Vale, lo que tú digas.

—Venga vamos, me muero por un poco de bacon crujiente y un par de tostadas con mucha mantequilla.

—Qué pronto olvidamos nuestras raíces; yo me comería una docena de churros.

—Ojalá estuviéramos en Madrid, o mejor en Mallorca; no me bastaría solo con el jamón o la sobrasada, acabaría con un cerdo entero.

Pocos placeres son comparables al deseo de comer, lo malo son las consecuencias que acarrea.

Llenar un estómago que casi ha olvidado cómo se hace la digestión se rebela de la forma más indeseada.

El reconocimiento médico se vio interrumpido en varias ocasiones con rápidas visitas al retrete, culpando al aguado café del desaguisado.

La primera carrera fue seguida con tímidas risas y jaleada con bromas; en la segunda ocasión —que dejó al doctor con el estetoscopio colgando como un adorno de Navidad— la cara de fastidio del matasanos era evidente.

Alicia recibió un trato más discreto, aunque igual de divertido, y un soldado hispano redactó el informe verificando la versión descrita por Daniel en ambos idiomas.

Hacia el mediodía, el cansancio acumulado hizo acto de presencia.

Daniel la acompañó a la habitación, dejándola confortablemente aparcada bajo las mantas.

En la despedida anunció que era el momento de dar la cara frente a sus benefactores, y también que al día siguiente la dejaría sola, pues debía acompañar al helicóptero a recuperar la moto y el trineo (las estrictas leyes ecológicas no permiten abandonar residuos).

Por el momento todo parecía dentro de la lógica, pero un rato más tarde aquellas palabras regresaron a su mente con un tufo a desconfianza que mató la posibilidad de disfrutar de tan merecida siesta.

¿Llegaría a tanto la traición ideada para apartarla de todo el asunto?

No, eso era impensable; se estaba dejando aconsejar por la paranoia.

Por uno u otro motivo, resultó imposible conciliar el sueño.

Nada más vérselo a la cara, le espetó la nueva duda. Daniel no daba crédito a lo que estaba escuchando:

—¿Qué tengo que hacer para recuperar tu confianza? Si quieres nos acompañas y punto. ¡Solo intentaba evitarte un duro día, ¿no has estado expuesta ya a suficientes peligros?! Te lo advierto, soy un hombre paciente, pero todo tiene un límite.

Alicia, avergonzada, se deshizo en disculpas que Daniel aceptó de buen grado... demasiado rápido, tal vez.