Huellas bajo el hielo 26 UN DESIERTO INTERMINABLE #2
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26 UN DESIERTO INTERMINABLE #2

¿A dónde van las palabras que no se quedaron?

¿A dónde van las miradas que un día partieron?

¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón?

¿O se acurrucan, entre las rendijas, buscando calor?

¿A acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar?

¿Acaso nunca vuelven a ser algo? ¿Acaso se van? ¿Y a dónde van? ¿A dónde van?

— Silvio Rodríguez

Eso se preguntaba Daniel al cerrar los ojos, y masticando las mismas estrofas se despertó.

Alicia se peleaba junto al hornillo dispuesta a regalarse un apetitoso desayuno; ya no sería necesario continuar con el racionamiento y, si el tiempo no lo impedía, aquel sería el último día en la nieve. ¡Mataría por una buena ducha!

—Buenos días, ¿has dormido bien? —preguntó él.

—Ajá —expresó como única respuesta, sin dignarse a mirarlo.

Daniel se mordió los labios, tragándose un enorme sapo que le abrasaba el estómago.

—Escucha, Alicia, no sé cómo quieres que te pida perdón. Sinceramente, no creo que merezca este trato. ¿Qué quieres que haga?

—Nada, ya has hecho suficiente.

—Oh, venga ya, dame una oportunidad.

Alicia no contestó. A Daniel le estaba costando mucho no perder los nervios. Durante el resto de la mañana, sobre el despejado cielo del desierto helado, solo un par de toses y algún carraspeo interrumpieron la quietud del paisaje.

El rotor de un helicóptero sembró de alegría los corazones de dos personas que, a pocos metros, se sentían en continentes distintos.

Daniel supo de inmediato que le quedaban cinco minutos para dar por terminada aquella fantástica aventura, y en su pecho una flecha ardía a punto de atravesar el corazón.

Era como estar a punto de salir de un laberinto, consumiéndose por alcanzar la salida, pero el mutismo de Alicia ralentizaba sus pasos, deseando volver al principio.

Un sueño inalcanzable, con un camino más duro y tortuoso que los días que habían dejado atrás, pero la condición humana dispone de un mecanismo infatigable —por pasión o tozudez, eso está por descubrir—: los corazones enamorados no se arredran ante los imposibles, los persiguen.

—¡Escúchame, Alicia! —su voz salía a trompicones, como si fuera el patíbulo lo que aguardaba y no el equipo de rescate saludando sonriente a punto de posarse—.

Olvida todo lo sucedido, confía en mí, por favor.

No comentes nada de nuestro descubrimiento, repito, no digas nada.

De momento será nuestro secreto, por favor, hazme caso, es lo mejor.

Alicia quedó desconcertada. Una peregrina idea que había surgido como una llama durante su silencio de los últimos días regresaba ahora con visos de realidad: la suposición de que Daniel perseguía pingües beneficios y una buena dosis de fama.

Por muy aventurero o asceta que se hubiera presentado, en el fondo todos los humanos persiguen el mismo fin, y pocos dejan pasar la ocasión cuando se les presenta.

Y ahora aquel arrebato, aquel intento de colocar un nuevo velo en su oscura vida, aquella petición de taponar el túnel por donde por fin parecía haber encontrado la luz, la dejó despistada.

Si por lo menos hubiera adornado su petición con palabras de cariño, si hubiera mencionado algo más que su descubrimiento...

Si ya estaba asfixiada por las dudas, ¿qué camino tomar ahora?

, ¿hacia dónde la llevaría este nuevo sendero?

La cabeza le daba vueltas. Daniel se separó dejando el tacto de unas manos manchadas sobre sus hombros mientras la veía recoger los desperdicios del desayuno.

Dos hombres uniformados se acercaban, protegiendo sus cabezas del viento de las aspas, corriendo agachados.

Estaban definitivamente salvados, y era el momento de pensar solo en eso.

Desde el helicóptero, el desierto gana extensión, pero pierde ferocidad.

Alicia lo contemplaba con una mezcla de sentimientos, como si en el fondo supiera que añoraría la peligrosa aventura, como si cerrara un libro fantástico que hubiera querido no terminar, o como si no deseara recuperar la frugalidad de su pasado.

Daniel despachaba animadamente con la tripulación, gritando con los cascos puestos entre el ensordecedor ruido de las aspas, seguramente relatando las vicisitudes acaecidas.

O eso imaginaba Alicia, que ni entendía ni lo intentaba, reclusa en su mundo, con la sensación de llevar sobre su cuerpo una nueva capa de piel.

No era nieve, frío y miedo lo que dejaba atrás; más bien se sentía como una mariposa que acaba de abandonar su crisálida.