Huellas bajo el hielo 26 UN DESIERTO INTERMINABLE
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26 UN DESIERTO INTERMINABLE

B uscar un camino entre un laberinto de grietas es, además de muy peligroso, agotador.

Tu vida pende de un hilo a cada paso, cada pequeña decisión cuenta, y caminar en condiciones de visibilidad cero —con una eterna nube plantada sobre tu cabeza acechando cada movimiento— es un tormento.

Es una pesadilla de la que nunca pareces despertar, una situación para la que nunca estás suficientemente preparado.

Los días se vuelven oníricos; la realidad del paisaje ha perdido todo su carácter salvaje y mágico para confundirse con una macabra banda sonora, monocorde y luctuosa las veinticuatro horas, cansina, muy cansina.

Los límites entre el cielo y la tierra se pierden, y no te queda otra cosa en la vida que mover las piernas.

El intenso dolor que provoca el frío convierte un simple paso en una victoria.

Montar un nuevo campamento al final del día —que siempre lo marca el estado de tu depósito de fuerzas— es una batalla ganada, más contra uno mismo que contra los elementos que te atacan.

Encontrar una hondonada en medio de una grieta o una pared con poco viento tras un farallón de rocas es como ganar una lotería con una fila inacabable de ceros: apelmazar nieve junto a la tienda, secar la ropa, tragar dolorosamente alimentos insípidos (que no es lo mismo que comer) y dormir como un autómata.

Porque no hay nada que te apetezca más que dormir; no para descansar, eso es secundario.

Quieres, necesitas evadirte de la realidad que te rodea.

Durmiendo puedes soñar con playas ardientes y calefacciones centrales o simples chimeneas chisporroteantes, codiciando un sueño sin fin, rebelándote contra un mísero despertar.

Ya ni esperas ser rescatado; solo ambicionas que todo termine.

Al día siguiente nada había cambiado. Daniel se empeñaba en continuar transportando el inútil cargador solar; el trineo había desaparecido en medio del camino, y los pulkas eran ahora sus únicos aliados, aunque comenzaron a rebelarse con la llegada de las escarpadas pendientes.

El brancal metálico y rígido atornillado a la espalda limitaba los movimientos; arrastrar aquel peso, necesario para sobrevivir, en no pocas ocasiones a punto estuvo de costarles la vida.

Se quedaba atorado en socavones de final indefinido o se atascaba remolón, como un mulo cansado de trepar colina arriba.

Las palabras habían dejado de tener sentido fuera de la tienda; conversar era ya un ejercicio estéril.

La cuerda elástica, atada entre dos cinturas como un cordón umbilical con el mundo de los humanos y convertida en el único punto de unión, marcaba el ritmo: durante horas, Alicia caminaba con un metro de soga suspendida delante por toda visión.

Pero cumplía su propósito: jamás se sintió sola, aunque algo muy parecido a eso era enfrentarse a una odisea como aquella en compañía de ochenta kilos de recelos y mentiras.

La tormenta parecía inagotable, al igual que la montaña, como si la cima estuviera pegada al cielo.

Nunca terminaban de ascender, el viento nunca dejaba de soplar.

Los minutos habían desaparecido, las horas eran como días y los días como vidas enteras.

Por otro lado, la percepción del tiempo no existía; la vida te arrastra por una esfera sin dígitos, marcada por objetivos: cinco metros de intenso esfuerzo y buscar una nueva meta, alcanzar una senda entre dos rocas a quince pasos de distancia, lo que en ocasiones equivalía a la circunferencia de la Tierra.

A veces, las cortinas de nieve cambiaban de dirección y, durante un par de segundos, se mostraba el camino a seguir, con más obstáculos que los necesarios para conquistar la Luna.

La mochila de alimentos era cada vez más vacía y, sin embargo, cada día más pesada.

El engorroso red parka era ahora su mejor aliado, un fiel amigo: ojalá tuviera otro encima.

El frío duele, traspasa hasta los pensamientos.

Y de nuevo hay que montar la tienda, secar la ropa y ver que el hornillo apenas tiene carga.

Sientes la desesperación, como estar montado en una espiral que nunca acaba.

Y de repente te despiertas: fuera de la tienda impera la calma y piensas que continúas soñando, pues la verdadera pesadilla es estar despierto.

Pero no ese día; el silencio lo inundaba todo.

Sales y agradeces los tímidos rayos de un sol que reaparece en tu vida como un amigo de la infancia que te había olvidado, y disfrutas mucho más de lo esperado.

Los soportables veinte grados negativos son cien veces más agradables que los treinta y muchos bajo cero de vientos y nieve.

De pronto recuperas el apetito y las ansias por vivir, el día recobra sus horas, el desierto su inmensidad y el horizonte su apodo de inalcanzable, al menos a pie y nunca con tan poca comida.

Daniel deshizo por completo la mochila en busca del cargador Bruton Solaris; la inútil radio portátil necesitaba con urgencia alimento, y si esta resucitaba, ellos tendrían esa misma posibilidad. Alicia incluso se permitió un derroche de energía tarareando y danzando la despedida de la tormenta.

Qué extraña es la mente humana: los náufragos se aferran a una tabla de madera aunque antes hubieran lanzado anatemas contra el tacto de una cochambrosa y barata mesa.

Los bravos guerreros —con más cicatrices en el cuerpo que en la conciencia que se les presupone— se vuelven de caramelo con la llegada de unos ojos de hijo que calan su alma.

Los viejos se tornan niños cuando sienten que han perdido el mando, y los malvados se muestran piadosos ante el patíbulo.

Incluso los temerosos de Dios, que han esperado la muerte con resignación y anhelado el premio prometido tras una vida de sacrificios, pueden volverse irreverentes en el último suspiro.

Están tan cansados o tienen tanto miedo que, como escribió Arno Schmidt en El brezal de Brand, si el día de su muerte alguien llegara con resurrecciones o cosas parecidas, le partiría la cara.

Del mismo modo, la esperanza de una salvación rompió barreras entre Alicia y Daniel con la misma facilidad con que se apaga una cerilla.

Con fuerzas renacidas reemprendieron la marcha, felicitándose por su buena estrella, a pesar de que de los veinte kilómetros diarios programados no habían avanzado ni una décima parte en una larga semana de lucha contra los elementos.

La obtención de agua —que tanto disgustó a la joven los primeros días, teniendo que coger nieve limpia y rellenar la cantimplora de aluminio para colocarla lo más pegada al cuerpo posible— era ya algo tan normal como aguantarse las ganas de orinar.

Para lo otro no había problema: el frío por sí solo te vuelve estreñido, apoyado además por la escasa dieta.

Caminaban con un ojo puesto en el cielo, soñando con la aparición del helicóptero, aunque los sueños en contadas ocasiones se corrigen por la realidad.

La esperanza que nació con la clemencia del nuevo día se diluyó en porciones con las primeras sombras de la noche.

La tienda y los sacos recuperaron el reflejo de dormitorio que añoraban; ambos deseaban cama, pero no la misma variedad.

Alicia aún no estaba preparada para sellar la alianza con la firma de sus cuerpos, y Daniel se mordió las ganas atragantándose con el mutismo que precedió al inquieto sueño.

Las tres siguientes jornadas se convirtieron en un calco de la anterior, y si nada lo remediaba, en anticipo de las que estaban por venir.

Apenas cuatro palabras habían roto la monotonía del viaje; entre ambos parecía haber crecido un muro, un laberinto en el lado de Alicia y una mayúscula incógnita para Daniel.

Las fuerzas se reservaban para los pies.

El veloz viento, que volaba alto, trajo un sonido sordo y constante que, al crecer, confirmó que un motor se acercaba.

Durante bastante rato giraron los cuellos hasta descubrir un pequeño DHC-2 Beaver equipado con esquíes que volaba en la dirección que ellos seguían.

La diminuta aeronave describió un par de círculos para confirmar que los había visto —mientras ellos saltaban y agitando los brazos hacían señales de auxilio— antes de perderse en el horizonte.

Daniel conjeturó dos posibles causas por las que no había aterrizado: o no tenía bastante combustible para un aterrizaje y despegue imprevistos, o ya estaban ocupados los siete asientos de que disponía.

Alicia asintió, pero no fue capaz de articular palabra alguna.

La verdad es que no entendía sus propias razones para semejante comportamiento, como si pretendiera engañarse pensando que el orgullo era la verdadera barrera anclada entre los dos, un amor propio adiposo del que era incapaz de desprenderse.

De repente estaba muy cansada. Daniel la miraba perplejo, y Alicia no tuvo más remedio que utilizar la garganta:

—Me niego a seguir caminando. Saben dónde estamos, es mejor esperarlos aquí.

Daniel sopesó mil objeciones, encogió los hombros y, rumiando para sus adentros, plantó la tienda; después de todo, la chica tenía razón.

Durante horas de incómodo silencio, escribió mentalmente un discurso con el que taponar la vía de escape por la que aquel barco parecía hundirse.

Alicia imitaba dormir en el interior del saco, en un mundo aparte.

Daniel se preguntaba qué pasaría por aquella cabecita: imposible saberlo.

Conocer el funcionamiento de las neuronas femeninas es como entender el milagro de la vida; en cambio, las mujeres opinan que la mente masculina es transparente como un libro abierto, y aun así se comen el coco intentando comprender por qué tardan tanto en llamarlas tras una primera cita.

Daniel se durmió sin encontrar ni las palabras ni el momento perfecto.