25 SALVADOS #4
Los ancianos de la tribu eran venerados como sabios y pasaban horas relatando sus ancestrales historias.
De este modo conocieron la existencia de Make-Make, el todopoderoso creador del cielo, la tierra, el mar, los peces y los hombres, a quien fabricó del barro tras verse reflejado, apiadándose después y creando a la mujer para que no se sintiera solo.
También les maravilló la historia de cómo el hacedor de todo se apareció a Hatu-Maku, el consejero del rey, y le indicó en sueños la ubicación de aquella isla hacia donde el rey envió a siete exploradores para que luego la tribu, con su rey y su reina a la cabeza, se trasladara y viviera feliz y a salvo de las tragedias que estaban por asolar su patria de nacimiento, Hiva.
Y cómo de nuevo Make-Make volvió a hablar en sueños a la hija menor de uno de sus reyes, profetizando la llegada de unos seres superiores y barbados que les enseñarían el camino al paraíso donde vivían los dioses: sin duda, para los descendientes de Hatu-Maku, los alenitas habían llegado a bordo de una nave de agua congelada, un prodigio celestial para el que no tenían otra explicación que la personificación de su leyenda divina.
Los alenitas intentaron sin éxito convencerles de que no eran de naturaleza divina, sino simples náufragos de un mundo helado.
Pero comprendieron algo fundamental: las leyendas no se construyen con la verdad de los hechos, sino con la necesidad de explicarlos.
Para los rapa nui, la visión de la joven princesa hallando a aquellos seres sobre un iceberg flotante era una verdad mucho más poderosa que la prosaica realidad.
La isla no era demasiado grande, las diferencias entre indígenas y alenitas eran kilométricas, y el recuerdo de aquellas montañas divisadas hacia el este germinó el deseo de regresar a la aventura y buscar una nueva ubicación.
Durante meses rumiaron la idea. Una vez constatado el consenso, trabajaron duro junto con los rapa nui en la construcción de media docena de grandes canoas donde partirían en busca de la tierra helada.
Algunos isleños se ofrecieron como guías.
En la despedida, ambos pueblos se comprometieron a mantener viva aquella amistad, y los alenitas prometieron regresar.
Nunca lo hicieron. Para los rapa nui, la visita de los alenitas se unió a sus leyendas como parte de su propia cultura.
Siglos después, un rey decidió perpetuar el asombro de aquel encuentro, y el pueblo entero cinceló en piedra el rostro de unos dioses de hielo que un día caminaron entre ellos, convirtiendo el recuerdo de los alenitas en el cimiento eterno de su propia cultura.
El viaje en canoa resultó sumamente difícil.
Después de casi un año en dique seco, las pesadillas del iceberg regresaron con tintes funestos.
Comprobar que el clima apenas sufría cambios severos a lo largo de las estaciones y que sus pieles se habían dorado hasta hacer desaparecer el pálido tono mortecino —perenne desde la niñez— logró que las historias de sus ancestros se mezclaran confusas en las mentes jóvenes.
Para el resto, las premisas de su credo habían pasado a un segundo plano; lo primordial era sobrevivir.
Durante semanas se dejaron empujar por los vientos que hinchaban las velas, y cuando estos desaparecían, remaban, siempre hacia las estrellas del este, con el alma en un puño al verse de nuevo rodeados de agua, pero con la esperanza como motor y la ilusión por bandera.
Como en la mayoría de las civilizaciones, la religión intenta abolir las faltas, la mayor parte de las veces por medio de castigos —pecados que no siempre están escritos ni tienen la misma importancia, pues dependen del lugar—.
Pero, de los que todos huyen, también los alenitas disponían de sus propios pecados capitales.
A lo largo de los siglos lucharon por erradicarlos mediante el entendimiento, conscientes de las miserias de ser simples mortales.
La pereza, la gula, la soberbia o la ira sobrevivían mudas en el interior de algunos corazones; la envidia o la codicia aparecían muy esporádicamente, algo lógico en una sociedad que no prestaba importancia a los bienes materiales.
Solo la lucha contra la lujuria fue descartada: las mujeres continuaban sintiendo deseos que ocultaban a los hombres, algo que por su propia condición no necesitaban esforzarse en esconder, porque el deseo y la búsqueda del placer existían.
De cara al exterior se vendía la idea de que el sexo solo estaba permitido para perpetuar la especie, pero luego, en privado, buscaban y gozaban de sus parejas.
Menrac no era distinta, y abandonaba la isla con los recuerdos más bellos de su corta vida: la intimidad nacida en la soledad de una selva y la semilla del amor germinando en su interior, algo que ni ella misma conocía todavía.
El viaje y la nueva vida bajo el sol tropical trajeron consigo una revelación tan silenciosa como demoledora.
Durante milenios —o eso creían—, los alenitas habían medido su existencia bajo la falsa premisa de una longevidad casi divina, contando los ciclos de su refugio polar como eras enteras.
Pero el calor de la isla, el ritmo natural de las estaciones reales y la simple constatación de sus propios cuerpos desmintieron el mito.
No eran una estirpe eterna ni semidioses estelares; su supuesta inmortalidad no había sido más que el producto de un aislamiento absoluto, una congelación biológica provocada por la fría penumbra de su hogar antártico.
Al verse ahora envejecer bajo la luz del sol al mismo compás que los nativos, comprendieron que su tiempo nunca fue diferente al del resto de los mortales: solo había estado detenido.