Huellas bajo el hielo 25 SALVADOS #3
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25 SALVADOS #3

—Nosotros navegamos sin decidir nuestro rumbo, pero ellos gobiernan esas diminutas naves en la dirección que les apetece. Hemos de solicitar ayuda.

Las canoas se acercaban a buen ritmo hasta que, llegados a cierta distancia, los tripulantes disminuyeron la cadencia de sus paladas, como si estuvieran tan asustados como los alenitas.

Goser se aproximó al borde; la columna de barquitos estaba a escasos cincuenta metros.

Su aspecto fiero no concordaba con sus apocadas miradas, una actitud que a Goser no le extrañó, sino que más bien le maravilló al comprobar que dos de aquellos seres no igualarían su estatura ni puestos uno encima del otro.

Una de las canoas se adelantó dubitativa, con el segundo de sus cuatro ocupantes erguido e hierático.

Su cabeza estaba adornada con plumas, la cara plagada de pinturas y cientos de abalorios colgaban sin brillo sobre su orondo pecho desnudo, oscuro como sus insondables ojos.

El día y la noche comparados: Goser, alto, delgado y pelirrojo, con la piel más blanca que la nieve y una raída y pesada túnica que serviría para vestir a toda la comitiva que se acercaba, asombrada, al pedazo de roca blanca flotante que le había llamado la atención al amanecer de un día de pesca.

Cuando el pequeño emplumado se enfrentó a los ojos grises de Goser, mostró una espontánea sonrisa de incisivos redondeados y desiguales, expandiendo sin pudor todo el asombro que irradiaba su mirada.

Goser, un tanto confundido, se frotó la barbilla; a su espalda, la curiosidad acercó al resto de alenitas.

Los menudos profirieron exclamaciones de admiración, como si estuvieran delante de seres celestiales.

El emplumado se arrodilló extendiendo los brazos de manera reverencial, un movimiento que fue imitado al instante por el resto.

Esto terminó por despistar del todo a los alenitas.

El de la corona de plumas, que parecía ser el jefe, alzó la voz construyendo una frase ininteligible.

Goser se vio obligado a responder: ¿Qué debía decir?

¿Cómo te diriges a un ser que se postra ante ti y no entiende tu lenguaje?

Fue Tarvis quien se adelantó solicitando ayuda y comida.

Los pequeños respondieron con nuevas reverencias.

El jefecillo dudó unos instantes hasta que alguien ladró unas palabras desde otra canoa, acompañando con gestos su voz chillona, señalando al cielo y hacia algún lugar lejano e invisible de donde habían aparecido. Tarvis se erigió en traductor:

—Creo que intentan decirnos que los acompañemos.

El resto asintió, pero ¿sería seguro? Goser tomó la palabra:

—No podemos saber si son pacíficos.

—Debemos acompañarlos, cualquier cosa será mejor que continuar con esta situación —respondió el estómago de Tarvis al ver aquellos vientres hinchados reluciendo bajo el sol.

Goser hizo gestos al jefe para que se acercara.

Este pareció entenderle, ya que ordenó algo a sus compañeros, que remaron hasta tocar la superficie del iceberg.

La eslora presentaba una amenazante merma —una cuarta parte desde el comienzo del viaje—.

Goser pidió calma a los suyos, besó a Menrac y se lanzó al agua.

Cuando logró subir a la canoa, los indígenas parecían haber menguado aún más.

La embarcación se mecía nerviosa, como si protestara herida en su línea de flotación.

Inmediatamente, Goser comprendió que el peso de sus cuerpos sería un problema, algo que debieron advertir los pescadores, que vociferaban en dirección a su líder.

Este miraba al agua pensativo; la improvisación no parecía ser su fuerte.

Al cabo de unos segundos lanzó unas órdenes y el resto de las canoas comenzaron a acercarse hasta componer una línea.

Cruzaron los remos y formaron una especie de balsa que acabó con parte de los bamboleos.

Varios alenitas saltaron al agua: las mujeres y los niños subieron a las canoas, mientras otros imitaron a sus rescatadores y se colgaron de los remos cruzados.

Los indígenas les miraban con una mezcla de embeleso y miedo, más respetuosos que pávidos.

Un enorme trozo de nieve se desprendió salpicando las canoas.

Los alenitas aceleraron las operaciones mientras el sol fustigaba sus cuerpos con una fuerza desconocida.

Acompañaron a las canoas nadando, apoyándose en las balsas de madera medio hundidas que tropezaban con las olas como si de piedras en el camino se tratara.

Ningún alenita se despidió con pena de la mole de hielo que luchaba contra el tórrido sol en una batalla perdida antes de comenzar.

Cuando vieron la costa dibujarse sobre el horizonte, sintieron que estaban salvados.

Aquello podía considerarse como el primer día de una nueva era en la historia de los alenitas.

Lo primero que les sorprendió fue la profusión de color verde sobre la tierra firme; para un pueblo acostumbrado a vivir rodeado de nieve y piedra, ver tanta vegetación resultaba como cambiar de planeta. Esa fue la primera de las sorpresas.

De allí en adelante resultó fácil olvidar que venían del frío; la dureza de la vida contribuyó a marginar su primer camino, aquel que les enseñaba que supuestamente sus antepasados llegaron desde las estrellas.

Durante semanas disfrutaron de fiesta tras fiesta en su honor.

Los indígenas bailaban con los cuerpos pintados de blanco; según su leyenda, los elegidos de los dioses debían procurar que el sol no tostara su piel, por lo que untaban sus cuerpos con pinturas blancas y reverenciaban la presencia de sus invitados.

Aprendieron a comer verduras y frutas, pero sin duda cocinar la carne y el pescado les sorprendió más que ninguna otra cosa.

El trato afable y la cómoda rutina facilitaron que, poco a poco, el muro del idioma empezara a derrumbarse.

Las primeras semanas se sustentaron en miradas, gestos exagerados y sonrisas de complicidad donde las palabras sobraban; sin embargo, la convivencia diaria obligó a descifrar los sonidos de su lengua.

Menrac destacó entre los suyos con una pasmosa facilidad para captar la cadencia y el significado de los términos, convirtiéndose pronto en el puente comunicativo entre dos mundos que, hasta hacía poco, creían pertenecer a realidades distintas.