25 SALVADOS #2
Durante tres agónicos días no pudieron hacer otra cosa que controlar el nivel del agua y rezar por los que iban pereciendo, unos de pena y frío, otros solo de pena.
Tal y como Liseng pensaba, el exterior se estaba congelando.
Al menos, un poco de luz volvió cuando los conductos de espejos dejaron de añadir agua a sus angustias, pero aquella claridad solo sirvió para ver la cara de la muerte más de cerca.
Fue un final atroz para una raza orgullosa e inteligente.
Liseng, lentamente, se dejó ir, muriendo con la sensación de sentirse engañado.
Durante milenios, el hielo creció ocultando para siempre las ruinas y los cadáveres, enterrando la promesa de un rescate que, de haber llegado, ya no encontraría a nadie a quien salvar.
Ningún alenita lo supo jamás, pero la gigantesca masa planetaria descubierta por Cives no chocó de lleno con la Tierra; de haberlo hecho, habría significado el fin absoluto.
Solo un doce por ciento impactó: la fuerza de la gravedad no fue suficiente para atraerla por completo, y tan solo pasó rozando las capas altas de la atmósfera.
Una pequeña porción se desgranó en millares de meteoritos, y el trozo mayor cayó envuelto en fuego a unas cuantas millas de la costa del Polo Sur, provocando un tsunami que alcanzó las costas de todo el Atlántico.
Si el terremoto de Chile de 2010 desplazó el eje de la Tierra en ocho centímetros, el impulso de semejante asteroide alteró la rotación del planeta desplazándola centenares de kilómetros.
Las capas de la atmósfera no sufrieron cambios drásticos, pero la posición de los continentes sí; este fenómeno es hoy día una teoría aceptada para explicar la aparición de desiertos donde antiguamente había selvas o, como en el caso de la Antártida, el conocimiento antiguo de sus costas en mapas como el de Piri Reis.
Con los siglos, el frío le fue ganando terreno al mar hasta borrar las rocosas costas y dibujar unas nuevas de hielo a medio millar de kilómetros.
Pero no fue allí donde desaparecieron los alenitas.
El mermado iceberg navegaba más a la deriva que nunca, transportando un cargamento de frustración y derrota.
Durante semanas no varió el rumbo, mientras las olas, apoyadas por el ascenso de las temperaturas, despedazaban las paredes de la plataforma con mayor rapidez de la que sanaban sus heridas.
Menrac caminaba con normalidad, aunque sufría un permanente dolor de cabeza.
La pierna de Goser casi estaba restablecida, no así el hombro, que continuaba pegado a un brazo inútil y sin fuerza.
Tarvis era uno de los pocos ilesos, y todo su afán consistía en rescatar alimentos.
Para algunos, la gran ola no solo había acabado con sus sueños; la verdadera desgracia era haber sobrevivido, sentirse prisioneros de un caprichoso y despiadado océano que los castigaba a morir de hambre y sed, mostrándoles una despensa atiborrada de comida tras un impenetrable cristal.
Obligados a imitar a las gaviotas, tenían que alimentarse de los peces muertos enredados entre las algas que la ola había esparcido sobre la plataforma.
Tarvis se acercaba al peligroso borde con la esperanza de capturar algún pez vivo, utilizando una especie de red improvisada que sujetaba con cuerdas; para ellos era un alimento asqueroso, pero necesitaban mantenerse con vida y sentían que se lo debían a sus padres.
Tarvis prefería actuar así antes que cuidar de su hermano pequeño, que desde la noche de la tragedia no había vuelto a abrir la boca.
Horas se sentía inmerecidamente afortunado; no entendía las razones del cielo por las cuales grandes alenitas habían desaparecido y, en cambio, él continuaba ileso.
Los días se alargaban y las noches se eternizaban en aquel errático viaje hacia ninguna parte.
La moral descendía con cada rostro macilento y cada enfermedad que acechaba, y las esperanzas se hundían con cada pedazo de hielo que se desprendía.
Era difícil conciliar el sueño: cerrar los ojos significaba revivir con horror la cascada de infortunios acaecidos.
La duración de las cálidas noches era un escenario ideal donde tenían entrada libre las más atroces pesadillas, representadas entre espasmos febriles de estómagos vacíos y almas rotas, que se repetían con sabor a presentimiento al día siguiente.
Temían la llegada de un nuevo ocaso como si la aparición de la noche se convirtiera en una partida de ruleta rusa, como si el sol apostara a seguir apagado de manera definitiva.
Seguir vivo era haber perdido la tirada.
Pasaron semanas y días; los números se confundían y los amaneceres tejían una cadena que difuminaba cualquier anhelo, borrando toda esperanza.
Las estrellas parecían reírse con sarcasmo, anunciando que la distancia recorrida convertía a su hogar en un punto inalcanzable.
La inmensidad del océano pregonaba una funesta canción, y el delirio hacía que comenzaran a desear alcanzar cuanto antes el precipicio mortal imaginado tras esa línea. Morir parecía, al fin, una liberación.
Esa mañana, el sol se presentó cargado de nuevos sonidos: decenas de aves piaban sobre sus cabezas.
Nadie se permitió soñar que aquello significaba una llamada de tierra firme.
Tarvis, famélico, las envidiaba, observando cómo se lanzaban en picado y se reincorporaban con un pescado entre el pico, cavilando cómo arrebatarles el esquivo botín.
Hacia media tarde, el dibujo del horizonte cambió por el oeste y el color del fondo marino se aclaró.
La superficie del iceberg no era ya más que una roca ajada y frágil; Goser temía que, aquel ritmo de destrucción, en menos de dos semanas obligara a los viajeros a disputarse el último espacio que les quedaba.
La eterna línea del horizonte donde se mezclaban cielo y agua comenzó a distorsionarse con manchas distintas a las nubes de otras jornadas.
En esta ocasión aparecían borrones de un blanco sucio y la silueta del firmamento se tornaba intermitente, como un gráfico de dos colores.
Aquello daba que pensar: la corriente los remolcaba de manera paralela a lo que no podía ser otra cosa que una gran cadena montañosa.
Durante varios nerviosos días, los alenitas parecían recobrar la moral, como si aquel súbito cambio actuara como una poderosa y nutritiva medicina.
Tarvis y su hambriento grupo habían perfeccionado su invento de pesca.
Acechaban a los pájaros y, cuando estos se posaban dispuestos a ingerir sus capturas, les lanzaban las redes; gaviotas y petreles quedaban atrapadas con las alas extendidas mientras liberaban los picos para recuperar los peces mordisqueados.
Al principio soltaban al plumífero, bochornosos al pensar que una raza inteligente y civilizada se estaba convirtiendo en parásito de unas vulgares aves.
Hasta que algún iluminado pensó que, al igual que ingerían la carne acuática, podían consumir los cuerpos desplumados: hábitos alimentarios que habrían resultado impensables solo unos ciclos atrás, un verdadero sacrilegio.
No obstante, se dieron cuenta de que comer carne y pescado crudo, aparte de lo asqueroso que pudiera resultar, era estrictamente necesario para sobrevivir.
La cadena montañosa se burlaba de los alenitas con el halo de inalcanzable.
El pedazo de hielo continuaba ingobernable, pues el cálido viento no influía en su devenir, y la distancia variaba de un día para otro —de un lejano desalentador a una aproximación golosa—, siempre con la insalvable separación a nado.
Durante las largas vigilancias, cientos de locuras en forma de planes se alzaban en voz alta; sonaban a deseo, todas irrealizables, pero actuaban como un placebo para mantener la moral.
Hasta que llegó un amanecer que de nuevo dibujó la funesta línea de agua y cielo cogidos de la mano.
El pacífico estado del mar no ayudaba, más bien mermaba la confianza.
Era difícil soñar con la salvación, y más después de tener un caramelo casi al alcance de la mano y ver cómo se diluía entre las sombras estrelladas.
El frío estaba desapareciendo; los calurosos días les enseñaban que se estaba mejor al cobijo de alguna sombra y que la temida noche se convertía en su mejor aliada contra la voracidad del sol, que desmigaba su nave con saña.
Un giro inesperado no mostraba buenos augurios: era como entrar en una espiral cuyo final no podía ser otro que la muerte, como estar atrapado en una tela de araña.
El hambre había regresado con fuerza y las aves habían desaparecido, ahuyentadas por la aparición de un nuevo depredador: ellos mismos.
El tiempo se arrastraba sobre sus cuerpos depositando toneladas de incertidumbre, hasta que una mañana, a lo lejos, sobre el monótono océano apareció un nuevo color: unas diminutas motas marrones que parecían flotar.
No eran peces, y no solo flotaban; se estaban acercando.
Al principio eran dos y pequeñas. Un par de horas más tarde, las líneas se transformaron en diez borrones de varios metros de longitud que chapoteaban en el azul del mar hasta devolverle su transparencia.
No existían palabras en el vocabulario alenita para describir lo que estaban presenciando: dos hileras de canoas, con tres o cuatro pasajeros cada una.
Cuando la vista se lo permitió, observaron a los tripulantes: menudos y de aspecto hostil, armados con un remo que hundían en el agua marcando un ritmo constante.
Continuaban aproximándose, adornados con pinturas que cubrían sus rostros, espaldas, brazos y piernas, con cabellos negros y revueltos, y una estatura liliputiense que precisamente no les dotaba de una imagen salvadora.
Los alenitas, desconcertados, no atinaban a saber cómo actuar, hasta que Goser se decidió a hablar: