25 SALVADOS
C ives y el resto tardaron tres días y medio en regresar a la aldea. Cives abandonó el valle con ganas de inspeccionar los efectos de las deflagraciones de sus ingeniosos explosivos, aunque jamás hubiera imaginado un éxito tan rotundo.
Liseng había experimentado una milagrosa recuperación; todos coincidían en que ver a su hija con vida había actuado como la mejor de las medicinas.
Cansados y tristes, lograron hallar el camino entre las suaves nubes del benigno temporal, y un mar de lágrimas condimentó el relato de su odisea tras el reencuentro con los ancianos.
Cives no participó de los halagos; el científico se dirigió con avidez a su laboratorio y, con más dolor del que podía imaginar, aguardó la llegada de la noche.
Mientras esperaba, dio rienda suelta a su pena con los ojos anegados, pues en el fondo ansiaba volver a contemplar la estrella amenazante.
Para su desgracia y tranquilidad, continuaba acercándose sin variar de rumbo; aunque parecía crecer a cada segundo, aquella bola de fuego se había despojado de parte de su poderosa amenaza.
Cives la contemplaba con una amarga sensación de triunfo, como si se hubiera burlado de ella salvando a los viajeros.
Luego regresó junto a Kaliani buscando un poco de consuelo; su mujer no tenía otra necesidad que mojar sus recuerdos con lágrimas, y el sexo resultó un dulce placebo para las desgracias.
La comunidad decidió, con Liseng a la cabeza, que debían intentar salvar el máximo de construcciones posibles.
La cueva desdentada para sacar la nave fue sellada; en su interior no dejaron otra prueba que el vacío de su pasado.
Todas las reliquias fueron trasladadas al interior de la gran gruta que, ahora casi vacía, olía a oscuridad y recuerdos.
El mismo destino corrieron el resto de las grutas, incluida la destinada a sala de reuniones.
Se discutió airadamente la posibilidad de trasladar los pesados tronos tallados, pero al final la coherencia decidió dejarlos allí —o simplemente la falta de fuerzas—.
En su interior, el presidente anhelaba volver a utilizarla si en el futuro la comunidad crecía; las esperanzas de Liseng eran lo único que no se habían llevado a bordo del gran iceberg.
¿Por qué contradecirlo? ¿Para qué matarlas?
Durante algunas semanas aquellas obras les tuvieron entretenidos, maquillando la triste realidad. Cives visitaba a diario el telescopio, esperando el milagroso cambio soñado, pero el cielo continuaba sordo ante sus ruegos.
Llegó la luna nueva y la bola de fuego apenas cabía en el interior del objetivo.
Era el momento de acelerar los trabajos, de pensar en ponerse a salvo.
Miró a su alrededor; le hubiera gustado llevarse sus cosas, pero como siempre, había antepuesto las prioridades del resto a sus propios intereses.
Ya era tarde: la gran gruta que albergaba sus confortables cuevas y el río subterráneo que les proporcionaba agua y alimentos estaba siendo tapiada a marchas forzadas, dejando solo un hueco para poder salir antes del sellado completo.
Una ardua tarea para una exiguamente compuesta comunidad de ancianos.
Liseng intentó probar su telequinesis, pero la enfermedad había minado tanto su confianza que apenas adelantaba trabajo.
Cives pidió al presidente que reuniera a la comunidad y anunció algo que ya sabían; tan solo faltaba ponerle fecha: en tres o cuatro días todo terminaría.
Se equivocó.
Dos días más tarde, Cives y su esposa estaban en el laboratorio.
Ella, a regañadientes, había aceptado; creía que su deber era ayudar al resto de mujeres en la acelerada recolección y almacenaje de alimentos, pero la insistencia de su marido la obligó.
Cives pretendía que disfrutara a su lado de un espectáculo poco habitual: un eclipse, un fenómeno que los alenitas denominaban oneslit, que traducido venía a significar oscurecimiento.
Kaliani mataba la espera arreglando el desorden acumulado durante los años felices, cubiertos esa tarde por un halo de polvo triste y recuerdos infantiles: artilugios rotos o proyectos inconclusos que pretendían ser juguetes, pedazos de un pasado hoy vacío que no podía quitarse de la cabeza tras la marcha de Goser.
Tras la fantástica visión de la efímera noche, Kaliani no quiso regresar con las manos vacías; continuó buscando recuerdos de su hijo entre la marabunta de trastos inútiles.
Durante horas recuperó retazos del pasado, amontonándolos sobre la mesa como si de un álbum fotográfico se tratara, adornado con anécdotas que en ocasiones descubrían por primera vez o que creían haber olvidado.
De repente, Cives miró al cielo, sobresaltado por una nube de aves que, repiqueteando, tiñeron el aire de chillidos y un batir de alas en estampida.
Tras el paso de la bandada, Cives descubrió la gran bola de fuego entrando en la atmósfera, sin ayuda del telescopio.
Sus cálculos habían fallado adelantándose dos días; en pocos minutos les alcanzaría.
Debían salir corriendo, pero su mujer continuó con los pies anclados al suelo, con la vista perdida en los recuerdos acumulados sobre la mesa.
—Esto es lo único que nos queda de nuestro hijo —dijo ella.
—Vámonos, aquí no estamos a salvo.
—No te preocupes, el eclipse habrá recogido a la mayoría, y los que no, habrán observado la desbandada de los pájaros.
—Ya, pero nosotros no estamos a salvo.
—No importa, ¿crees que nuestro hijo lo estará?
—No es momento de hablar de eso, vámonos, deprisa.
—¿A dónde?
—¿Qué estás queriendo decir?
—Ya lo sabes.
—¿Estás segura?
—Sin nuestro hijo ya nada importa, y la verdad, no se me ocurre mejor compañía ni momento para viajar a la otra vida.
—Mi amor, sabes que te quiero más que a mi vida, por eso mi objetivo es continuar viviendo.
—Si crees que allí abajo nos espera la vida, vuelve; yo me quedo aquí, junto a lo que me queda de nuestro hijo.
—Sabes perfectamente que la vida sin ti no significa nada para mí.
—Entonces abrázame.
Cives la besó con todo su corazón, devolviendo con un gesto todo el agradecimiento de una vida.
Permanecieron unidos en un lazo eterno: Cives mirando al cielo con expectación y curiosidad, y Kaliani con los ojos cerrados y las mejillas bañadas por la imagen de un bebé grande y lejano, decidida a que su último aliento de vida fuera para Goser.
La bola de fuego surcaba el cielo a una velocidad increíble.
La colina cercana estaba atestada de pingüinos que caminaban con su torpeza habitual, alejándose de la costa y manchando de miedo el níveo suelo.
El científico no pudo dejar de admirar el sexto sentido de aquellos animales que, al igual que ellos, carecían ya de salvación.
Un estruendo de agua y fuego se escuchó a pocos kilómetros.
La tierra tembló bajo sus pies; Kaliani se apretó fuerte contra el cuerpo de Cives, que en esos momentos veía cómo pedazos del acantilado se desplomaban sobre el mar.
Un nuevo y más potente temblor sacudió la estructura de la cueva, algunas rocas cayeron a su alrededor y el techo se resquebrajó.
Los pingüinos fueron sepultados por una avalancha de nieve y piedras que acallaron su piante huida.
El viento llegaba cargado de un olor salado y húmedo.
De repente, el cielo enrojeció con mil tonos llameantes. A lo lejos se distinguía un firmamento partido en dos por la estela gaseosa del meteorito. Cives comprobó cómo una ola nacía en medio del mar y crecía en forma circular; comprendió cómo sería su final, algo que ni siquiera imaginaba
Apretó con fuerza el cuerpo de su mujer y buscó su cara. Kaliani abrió los empapados ojos.
—No te preocupes, Goser está ya muy lejos, no les alcanzará el desastre —susurró ella.
—¿Me lo prometes?
—Por supuesto que sí, mi amor.
—Te quiero, Cives.
—Y yo a ti, mi vida.
Y volvieron a fundirse en un beso.
La ola crecía y crecía amenazando la costa, arrasando todo lo que encontraba a su paso.
En cuestión de segundos anegó el laboratorio, arrastrando el montón de juguetes de Goser y, con la misma facilidad, a sus padres.
Penetró en la región horadando el suelo, arrastrando piedras, hielo y vida, llegando a adentrarse cincuenta kilómetros tierra adentro.
Los alenitas desprevenidos corrieron hacia el interior de la gran gruta; un pequeño grupo intentaba desesperadamente taponar la entrada.
El agua barrió piedras y cuerpos, irrumpiendo con total impunidad, con olas que parecían batirse contra las paredes en una carcajada felina, como un hambriento lobo en un corral de corderos.
Siguiendo las indicaciones de su presidente, los alenitas gatearon en busca de refugio a las cuevas superiores, aunque no todos lograron su objetivo: la gruta quedó inundada hasta la mitad.
Superado el primer empellón, los supervivientes no podían dar crédito a lo que estaban presenciando.
Liseng, completamente empapado, sacaba fuerzas de donde no las había, moviéndose como un poseso e interesándose por el estado de salud de todos los que su vista alcanzaba.
Sobrepasados por la magnitud de la desgracia —marcada por un velo de penumbra, quejidos y llantos—, se sintió derrotado sobre todo al comprobar el escaso número de rostros asustados que quedaban: veintitrés.
El río que los sustentaba había desaparecido bajo el estanque de mar revuelto y oscuro que ahora era la plaza de la aldea.
La luz se había esfumado; por el ingenioso conducto de espejos ahora solo penetraba agua con un rumor tétrico.
Las provisiones acumuladas flotaban inservibles, chocando unas con otras.
El frío resultaba espantoso; si nada lo remediaba, el recinto se congelaría, obligando al agua salada a permanecer en el interior de la gruta y condenando a la mayoría.