Huellas bajo el hielo 24 UNA VELA EN LA NIEVE #2
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24 UNA VELA EN LA NIEVE #2

—Podría ser, pero los helicópteros de apoyo que operan desde la costa no disponen de autonomía suficiente para realizar un vuelo directo hasta este punto de una sola tacada sin una ruta de repostaje establecida.

Si no nos encuentran en las coordenadas previstas de extracción, regresarán por seguridad; eso, en el mejor de los escenarios, supone al menos uno o dos días de espera hasta que organicen otra salida desde la base logística.

La radio de corto alcance no sirve aquí y solo la baliza puede enlazar con los satélites.

Si decidimos arrastrar el equipo a pie, tardaremos semanas en ser rescatados, no tenemos comida para tantos días y el clima puede cambiar en cuestión de minutos.

—Tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados. Si el tiempo empeora, este descampado será nuestra tumba; algo se nos tiene que ocurrir.

A Daniel le dolía el pulgar de tanto golpear el botón de arranque, y el motor cada vez emitía un ronroneo más débil y lastimero.

Convencido de que había fundido la batería a base de insistir, se apresuró a buscar la de repuesto para cambiarla.

El motor recibió la inyección extra de energía con leves muestras de vida, pero fueron totalmente insuficientes para arrancar.

Desesperado, recurrió a una última y absurda ocurrencia: Alicia se subió al manillar y él se puso a empujar con lo que le quedaba de aliento.

Lo intentaron durante veinte interminables minutos.

La nueva batería comenzó a desfallecer al mismo ritmo que el jadeante Daniel, y para colmo, las palas terminaron hundiéndose y atascándose en una pequeña grieta oculta bajo la nieve.

Eso agotó por completo la escasa paciencia del joven.

—¡Vámonos! Colocaremos la lona como vela sobre el trineo, es completamente inútil seguir perdiendo el tiempo aquí —zanjó, despidiéndose de la máquina con un par de furiosos puntapiés—. ¡Maldito trasto!

El viento constante, de unos veinte kilómetros por hora, soplaba ahora con una obstinación molesta.

Daniel confiaba en aplicar su destreza juvenil navegando en el Mediterráneo para gobernar el trineo con improvisadas velas, pero la brisa antártica no colaboraba en absoluto.

Al final, ambos tuvieron que bajar y enfundarse en los arneses para hacer de perros de tiro; al menos, de ese modo la lona atrapaba mejor el viento sin el lastre muerto de sus cuerpos sobre la carga.

Al pasar de largo junto a la moto abandonada, Alicia tuvo la fugaz y extraña sensación de estar dejando atrás a un viejo caballo herido en medio de la nada.

Caminar era un suplicio. Aunque fuera una incongruencia, Daniel casi deseó la llegada de una tormenta, sobre todo cuando, horas más tarde, comenzó a sentir en los muslos el verdadero desgaste de la caminata.

Si miraban hacia atrás, todavía alcanzaban a distinguir el punto oscuro que dibujaba la carcasa verde militar de la moto abandonada; una visión desalentadora que daba la falsa y desesperante impresión de no estar avanzando nada.

Daniel se percató de que el viento empezaba a levantar remolinos de nieve en polvo: una señal inequívoca de que las condiciones meteorológicas estaban cambiando por momentos.

La brújula era su única guía; en el fragor de la huida, había olvidado rescatar el GPS de la moto, y su teléfono móvil dormitaba inútil y sin batería en el fondo del bolsillo.

Alicia empujaba el trineo sin disimular su enfado, pero a Daniel poco le importaba en ese instante.

No era momento para sentimentalismos de pareja; la única prioridad absoluta era ganar metros antes de que el desierto los tragara.

El viento de costado comenzó a arrastrar una lejana nube grisácea que avanzaba a ras de suelo.

Cuando te encuentras en el continente antártico y ves acercarse una ventisca, solo dispones de dos opciones reales: buscar un refugio o construir uno con tus propias manos.

La experiencia no dictaba otra cosa, pues en menos de veinte minutos podías verte completamente rodeado, cegado y perdido.

Daniel intentó aprovechar el empuje lateral del viento y, con un par de gritos ahogados por el vendaval, ordenó a la joven que subiera al trineo.

Él se situó en la proa y tomó las riendas.

La lona se hinchó con orgullo frente al aire helado, y en pocos minutos alcanzaron una velocidad de crucero que ambos recibieron jubilosos a grito pelado, ya que no existía otra forma de comunicarse en medio de aquel estruendo.

Sin embargo, la visibilidad disminuía a mayor ritmo que la temperatura.

El miedo afloró de inmediato, agudo como si se asomaran al borde de un abismo: el trineo no resultaba ni de lejos tan manejable como la moto, y las probabilidades de acabar devorados por una grieta oculta aumentaban de forma alarmante.

La neblina y la nieve en suspensión hacían que se sintieran rodeados de peligros invisibles.

Lograron coronar una pequeña cima con relativa comodidad, pero al otro lado el panorama cambió por completo.

La fuerza del viento se volvió endiabladamente fría, transformándose en un huracán en toda regla.

Con gran pesar, decidieron replegarse antes de perder la vela, que se cimbreaba con violencia amenazando con salir volando; continuar ladera abajo equivalía a quedar maniatados y completamente ciegos.

La propia violencia del temporal les impuso la solución.

En medio de aquel desierto helado cualquier montículo servía para guarecerse, pero ninguno ofrecía garantías cuando una tormenta de nieve te acechaba de cerca.

Daniel recogió la lona con un esfuerzo titánico y, con extremo cuidado, ancló la tienda de campaña, que logró erguirse en cuestión de segundos gracias a los vientos cruzados.

Antes de ponerse a cubierto, amarró firmemente el trineo con piquetas sobre el hielo y tensó una cuerda de seguridad que unió a la estructura principal.

Alicia ya se encontraba en el interior, tiritando de frío y muerta de miedo.

Faltaban muchas horas para el anochecer, pero el sol había desaparecido por completo del firmamento, devorado por cortinas de hielo pulverizado y sábanas de una blancura cegadora: el recordatorio implacable de la tremenda autoridad con la que la naturaleza demostraba quién mandaba allí.

Dentro del refugio, lo único sensato era conservar el calor corporal y esperar a que pasara lo peor.

Preparar algo caliente bajo esas condiciones, aparte de un engorro monumental, resultaba sumamente peligroso cuando lo único que interponía una barrera frente a vientos superiores a los cien kilómetros por hora era una frágil capa de poliéster de pocos milímetros de grosor.

Tuvieron que conformarse con ingerir unas cuantas barritas energéticas y compartir el calor corporal, abrazados con cierta desgana en el fondo de los sacos de dormir.

Un rato después, Daniel intentó romper el hielo que los separaba, lanzando sinceras disculpas y mostrándose visiblemente arrepentido por su injusto comportamiento.

Alicia, sin embargo, no permitió que aquel acercamiento cruzara la impasible barrera de su mutismo.

Cada vez que recordaba el arrebato de Daniel, sus coartadas le parecían menos veraces.

Si cuando los hombres se enfadan son incapaces de ver más allá de sus propias narices, a las mujeres les cuesta muy poco tejer un mundo entero de sospechas a partir de la nada; el uso desafortunado de la palabra "jefes" y, sobre todo, su peregrina y absurda excusa sobre la pistola la mantenían en un estado de perpetua alerta.

Todo aquello, sumado al estallido de cólera con la moto, había levantado entre ellos un muro invisible pero tan duro como el acero.

Aunque de momento no temía por su vida —dentro de la tienda se sentía a salvo del exterior—, la presencia de Daniel a su lado se antojaba ahora como una cruda realidad de la que apenas había querido ser consciente hasta entonces.

Era un perfecto desconocido que medía cada movimiento con una disciplina impropia de un simple ayudante de biólogos, a quien había decidido confiar su seguridad y sus más anhelados sueños, cuyo único mérito real —y del que de momento no se arrepentía— había sido entregarle su cuerpo en la intimidad.

Qué estúpida se sentía. Se había dejado engatusar con la facilidad de una colegiala ingenua.

No lamentaba el sexo, pero algo en su interior le advertía que todo lo demás había sido una peligrosa equivocación.

Y por culpa de esa zozobra mental, ni siquiera estaba saboreando como merecía el increíble hallazgo científico que le había costado la vida a Juan Luis.

Por otro lado, y tratando de ser justa, gran parte de lo conseguido era gracias a él; tenía que reconocerle su cuota de mérito, además de a la cabezonería y a la buena suerte, siempre fundamentales en cualquier expedición.

En el fondo, quería convencerse de que todo lo vivido había sucedido por iniciativa propia, porque ella misma lo había buscado.

En cuanto regresaran a la civilización, tomaría las riendas absolutas de su destino y vigilaría de cerca que su descubrimiento sirviera, ante todo, para limpiar la memoria mancillada de su padre.

Lo demás carecía de la menor importancia.