Huellas bajo el hielo 24 UNA VELA EN LA NIEVE
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24 UNA VELA EN LA NIEVE

C hapoteando entre la nieve fangosa, lograron recuperar la moto.

Daniel tenía la intención de prolongar la jornada más allá del anochecer, convencido de ganar aquella contrarreloj contra el clima, aunque los primeros estertores del motor no le transmitieron buenas vibraciones.

Fue un auténtico alivio escuchar cómo finalmente arrancaba.

El cielo grisáceo se llenó poco a poco de luciérnagas fulgurantes sobre el firmamento austral, aunque el ronquido mecánico del motor ahogaba parte de aquella mágica y fría belleza.

Alicia dormitaba con la cabeza pesadamente apoyada en la espalda del conductor. Cuando el propio Daniel se contagió del sopor que los envolvía, decidió parar de inmediato.

—Necesito descansar.

Una frase que sonó a algo más que una simple excusa.

Fueron las únicas palabras que se intercambiaron antes de montar el campamento.

Apenas tres horas después, con las primeras luces de un alba apagada y cenicienta, deberían ponerse en marcha; tenían por delante cerca de quinientos kilómetros de desierto helado.

Alicia despertó dolorida, con la discusión pendiente colgando de las legañas.

Daniel dormía tan profundamente que casi resultaba ofensivo despertarlo, así que optó por preparar té caliente y un desayuno a base de raciones envasadas y una pasta amarillenta que extrajo de un tubo similar al del dentífrico, acompañado de unas barritas energéticas de chocolate.

Lo dispuso todo con paciencia para alargar al máximo el descanso de su compañero.

Daniel regresó a la realidad con un respingo nervioso —la tensión constante de la misión lo tenían siempre al acecho—. Aquella reacción esquiva le dio a la joven la excusa perfecta para buscar de una vez las explicaciones que llevaba tiempo masticando.

—¿Qué estabas soñando? No parecía un plato de buen gusto —dijo Alicia, observando de reojo las sombras que aún persistían en el rostro de su compañero.

—Una tontería. Todo el mundo me perseguía —masculló él, esquivando su mirada con una rapidez calculada.

—¿Quién es "todo el mundo"? ¿Yo también?

Daniel gruñó algo parecido a un sí que se quedó flotando en el aire, a medio camino entre la nada y un reconocimiento a regañadientes de que vigilarla de cerca era, en efecto, un ejercicio de agotamiento mental.

—¿También esos jefes misteriosos de los que hablabas?

Daniel no pudo evitar un amago de atragantamiento antes de articular palabra; a veces, mantener la fachada oficial ante alguien tan perspicaz requería un esfuerzo sobrehumano.

—Oye, Alicia, sé que te debo una explicación y no quiero que te enfades. Puede que no me haya expresado con claridad; cuando dije "jefes", en realidad debería haber dicho patrocinadores o benefactores.

Alicia enarcó las cejas con escepticismo, cruzándose de brazos mientras el viento helado mecía su parka. Daniel terminó de tragar saliva, decidido a coger el toro por los cuernos para desviar cualquier sospecha hacia un plano puramente mercantil.

—Venir hasta aquí solo con la moto era una auténtica locura suicida. Con suerte y un clima perfecto habríamos tardado como mínimo un par de semanas; millones de peligros se evitan con tan solo unas horas de apoyo aéreo o logístico.

—Vale, eso lo entiendo perfectamente.

—Déjame que te lo explique. Para conseguir financiación tuve que contar algunas mentiras.

Conozco a un grupo de cineastas que ruedan un documental arqueológico sobre las primeras expediciones al Polo Sur —ya viste en la base lo bien conservada que sigue la caseta que usó Scott a principios del siglo XX—.

Les prometí que, si nos echaban una mano con la logística, les cederíamos la exclusiva de los derechos.

Los periodistas son como los deportistas: a veces cojean de ética o de espíritu olímpico, pero siempre ansían ser los primeros en dar la exclusiva.

Cuando les conté la verdad de nuestro viaje, se mostraron terriblemente escépticos, así que me inventé una historia que les encajó de inmediato.

Ahora están convencidos de que buscamos los restos de la expedición de tu padre.

Alicia se quedó un momento en silencio, reflexionando. La explicación resultaba tan redonda y conveniente que, al mismo tiempo, sonaba a montaje prefabricado; como tantas veces ocurría, lo más obvio parecía lo menos admisible. Aun así, había otros cabos sueltos que seguían sin encajarle.

—Eso no explica lo de la pistola —espetó, clavándole una mirada incisiva—. Sigo sin comprender para qué demonios necesitamos un arma de fuego en medio de una región completamente deshabitada donde ni siquiera hay animales salvajes, solo tú y yo.

—No, la pistola es mía —contestó bajando la voz, incapaz de despojarse de un tono vergonzoso, como si lo hubieran pillado en falta, aunque en realidad ocultaba el reflejo condicionado de un hombre que jamás se desplaza desarmado—. No me atreví a dejarla en el motel de la base.

—¿Y para qué necesita una pistola el ayudante de unos biólogos? ¿Acaso temes el ataque de los microorganismos del hielo? —preguntó Alicia con una fría mezcla de sarcasmo e incredulidad.

Daniel forzó una sonrisa tensa, capeando el temporal como buenamente podía. Alicia parecía un poco más calmada, aunque seguía sin terminar de encajar todas las piezas del tablero.

—Y a esos cineastas, ¿qué les has prometido exactamente?

—Básicamente que, si encontrábamos algún rastro de tu padre, ellos serían los primeros en poder filmar el documental —respondió él con un suspiro medido, calibrando milimétricamente el tono para sonar convincente.

—¿Eso es todo?

—Francamente, poco más podía ofrecerles.

Nunca imaginé que tu padre y su compañero tuvieran razón; solo pensaba en acompañarte para que no cometieras una auténtica locura tú sola.

De haber sabido que tendríamos éxito, seguramente me habría dejado llevar por la avaricia...

Ahora me arrepiento un poco del acuerdo; ¿te imaginas lo que podríamos ganar con un descubrimiento semejante?

—Supongo que un buen pellizco, pero no te engañes: la historia real nunca vende tanto como la ficción.

—Ya, pero ser los primeros en algo, sea lo que sea, siempre abre puertas.

Por favor, confía en mí; esos americanos saben perfectamente lo que se hacen.

Lograrán sacar a la luz la historia al completo, limpiarán el nombre de tu padre a escala mundial, no solo en España. Es lo que siempre quisiste, ¿no?

—Sí, supongo que sí... En realidad, ya ni estoy segura de lo que esperaba encontrar.

—Alégrate, lo hemos logrado... bueno, estamos a punto. Aunque todavía nos queda lo más difícil: recorrer un largo camino de regreso en tiempo récord. No tenemos un segundo que perder.

Con un enérgico y cálido abrazo dio por terminada la conversación, un gesto medido para sellar la tregua y camuflar la férrea disciplina militar bajo una capa de falsa cercanía.

Alicia se afanaba en recoger el campamento con la persistente sensación de que algo seguía sin encajar en toda aquella coartada; había escuchado exactamente lo que esperaba oír, y eso, en lugar de tranquilizarla, le daba muy mala espina.

Daniel plegó la tienda con una inusual precipitación, sumido en sus oscuros pensamientos y en la urgencia de reanudar la misión.

Rellenó el depósito de la moto y dio media vuelta a la llave dispuesto a arrancar.

El motor, sin embargo, se mostró esquivo y reacio a despertar. Alicia aguardaba de pie, mentalizándose para recuperar las molestias en la espalda del día anterior, pero la máquina continuaba sin responder.

Daniel comenzó a mostrar signos palpables de nerviosismo —un miedo real, pues sabía que quedarse tirados en territorio inexplorado ponía en riesgo la seguridad de la chica y la discreción de la operación—.

Desatornilló la carcasa protectora con la esperanza de dar con la avería, guiado más por la desesperación instintiva que por un conocimiento real de la mecánica de aquel vehículo.

Miró y remiró, toqueteando cables y manguitos con torpeza.

La batería parecía intacta, todos los indicadores del panel se encendían al girar el contacto y la baliza de posición continuaba parpadeando con su habitual luz verde de funcionamiento.

Sin embargo, por más que presionaba el botón de arranque, la moto se obstinaba en guardar silencio.

Aquello dejaba de ser un simple contratiempo para convertirse en una amenaza grave.

¿Qué debían hacer ahora? Alicia comenzó a contagiarse de la tensión que su compañero exhalaba en forma de cortas exhalaciones por la nariz.

Daniel se encontraba completamente perdido, refugiado en un mutismo espeso, como si negarse a poner voz a la derrota pudiera hacerla desaparecer.

De repente, Alicia sintió la inmensidad aplastante del desierto polar que los rodeaba, bañado por una luz solar implacable que multiplicaba la sensación de absoluta soledad.

No se escuchaba ni un solo sonido, salvo los improperios que Daniel mascullaba entre dientes en su idioma natal.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

—Arrancar la maldita moto, ¿a ti qué te parece? —estalló de repente.

Alicia retrocedió un par de pasos, sobresaltada. Nunca había visto a Daniel perder los nervios de aquel modo, reaccionando con el típico orgullo frustrado de pagarlo con quien tiene al lado en los momentos límite.

—Lo siento, pequeña, pero esto es un problema muy gordo. Estamos demasiado alejados de cualquier refugio, estoy asustado y no sé qué salida nos queda.

—Si la baliza sigue emitiendo, lo más prudente será esperar aquí, ¿no crees?