23 EN EL MAR #4
Un nuevo estremecimiento sacudió las entrañas del otrora poderoso iceberg, como si la gran ola lo hubiera despojado de su alma impenetrable.
Estaban en lo cierto: la fractura principal se expandía con fuerza desde la popa, lo que significaba que las dos mitades de la plataforma corrían el riesgo inminente de desgajarse por completo.
Tarvis, jadeante y con el rostro contraído por la tensión, corría en cabeza sin dejar de buscar con la mirada un punto donde arriesgar el salto, consciente de que debía ganarle la carrera a un mar que seguía destrozando los cimientos.
El foso se ensanchaba a sus espaldas, devorado por la oscuridad.
Los tropiezos se sucedieron, pero la mayor angustia era el miedo constante a perder a alguien en el camino.
El final de la masa de hielo se aproximaba a pasos agigantados.
En ningún punto el abismo bajaba de los tres metros, una distancia en apariencia infranqueable para unas piernas agotadas y unos corazones desbocados.
Aquello parecía el final. Ese viejo tópico de que el miedo a una muerte inminente dota a los músculos de una fuerza sobrenatural no hizo acto de presencia entre los seis alenitas.
Tarvis vio con desesperación que el borde de la otra orilla quedaba a menos de cincuenta metros cuando, de repente, un violento temblor sacudió la plataforma: las olas golpearon con tal furia que, durante un fugaz segundo, observaron cómo la grieta se cerraba por completo, como si las dos mitades quisieran darse un último abrazo de despedida tras decenas de miles de años unidas.
Tarvis no se lo pensó dos veces y saltó.
Su acción envalentonó al resto, que con más fe que fuerza atravesaron los escasos metros de separación.
Todos menos uno: Osson, un taciturno joven lastrado siempre por un profundo complejo de inferioridad debido a su baja estatura.
Tarvis y los demás lo jaleaban animándole a no perder un solo instante, pero cuando por fin se decidió lo hizo con tan poca potencia que solo sus manos alcanzaron la orilla opuesta.
La fragilidad del hielo extremo no tardó en evidenciarse, y sus dedos resbalaron sin hallar un punto de apoyo firme.
La rápida intervención del impulsivo Tarvis le salvó la vida: sin dudarlo, se lanzó de bruces al suelo para aferrarlo de las muñecas mientras el joven pataleaba en el vacío.
De inmediato, otros dos compañeros se abalanzaron sobre los tobillos de Tarvis, tirando de él con todas sus fuerzas hasta arrastrar a Osson hacia terreno seguro.
Sentados sobre la nieve, jadeantes y con el cuerpo temblando, contemplaron cómo la brecha volvía a abrirse de golpe; si hubieran llegado un minuto más tarde, no lo habrían contado.
La mañana llegó teñiendo el firmamento con pálidos rayos anaranjados.
La ausencia de viento intensificó el olor a podredumbre y los lamentos que brotaban de la superficie maltrecha.
A la luz del día pudieron comprobar la verdadera magnitud del desastre: en total quedaban cuarenta y siete supervivientes, de los cuales solo ocho tenían menos de diez años.
Apenas una docena había salido completamente ilesa, mientras que tres presentaban heridas tan graves que, pocos días más tarde, tuvieron que ser amortajados y entregados al mar.
Con el alma encogida, contemplaron cómo la otra mitad de la plataforma navegaba a la deriva a unos centenares de metros, alejándose para siempre.
Tras los estragos de la gran ola, cualquier esperanza parecía un lujo inalcanzable.
Nunca llegaron a saberlo, pero la nave había sido arrancada por el tsunami como si se tratara de una cáscara de nuez.
Durante interminables minutos se mantuvo en la cresta de la ola con una estabilidad asombrosa, como si alguien invisible continuara pilotándola.
Como en toda catástrofe de esa magnitud, la ola acabó perdiendo potencia al aproximarse a los continentes.
En esta ocasión, la costa más próxima fue la del sur de África; la fortuna no se mostró generosa y el embate los descabalgó a varias millas de la orilla.
Durante horas se debatirían flotando en un mar hostil hasta que el agua abrió una brecha irreparable en el fuselaje.
Destrozando los cristales de la cabina, lograron salir para enfrentarse a las corrientes.
La mayoría de los adultos alcanzó tierra firme; otros, por desgracia, perecieron en el intento, sobre todo los más pequeños y aquellas madres que sacrificaron sus vidas tratando de salvar a sus hijos.
A los supervivientes los recibió una costa arrasada, con árboles arrancados de cuajo y rocas amontonadas por la marea.
Durante décadas peregrinaron bajo el sol abrasador del continente africano, un éxodo generacional que culminó al norte de Europa, donde las sucesivas generaciones encontraron un clima más afín a su naturaleza original.
Separados de las culturas locales con las que se cruzaron en su largo periplo, para cuando lograron establecerse definitivamente, los recuerdos de sus antepasados se habían desvanecido, mezclándose sin remedio con las creencias de los pueblos que poblaban el norte.
Aquella antiquísima mezcolanza dio origen a nuevas mitologías; como todas las grandes leyendas, las suyas partían de una verdad primigenia, aunque ya nadie fuera capaz de descifrarla.
La nave, por su parte, quedó sepultada en las profundidades del océano, a merced de las corrientes abisales y de los lentos movimientos de la tierra, condenada a siglos de olvido hasta desintegrarse en polvo y enterrar para siempre las pruebas físicas de una cultura extinta que solo continuaría latiendo en el subconsciente de los descendientes de aquel glaciar.