Huellas bajo el hielo 23 EN EL MAR #3
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23 EN EL MAR #3

El vuelo del iceberg pareció perder impulso por un instante.

Tras un segundo de tregua engañosa, regresó el vértigo: ahora sentían que se precipitaban en caída libre hacia las entrañas del mar.

Acto seguido recibieron un impacto descomunal, una fuerza ciega que parecía catapultarlos hacia el cielo.

Jamás habrían imaginado una experiencia semejante.

Llegados a este punto, la mayoría había perdido la noción de la realidad y yacía inconsciente; otros, para su desgracia, con los ojos abiertos de par en par, sufrieron la catástrofe a cámara lenta.

El agua enfurecida, como si por fin se hubiera cansado de jugar con ellos, penetró de manera iracunda por cada rincón, arrancando paredes, techos y cuerpos como si alguien hubiera vaciado un océano entero sobre sus cabezas.

Cada cual luchó por aferrarse a lo que pudo, buscando desesperadamente una burbuja de aire entre el caos.

Fueron apenas unos segundos, pero se estiraron hasta convertirse en una eternidad.

Al tiempo que pasaba la cortina destructora, notaron un vertiginoso descenso y, de golpe, se hizo el silencio, como si hubieran cortado la corriente de una atracción maldita.

Cuando Goser abrió los ojos, una bruma espesa nublaba sus pensamientos y un zumbido agudo le perforaba los oídos.

Miró a su alrededor con absoluta desorientación: lo primero que halló fue un cielo turbio donde cuatro tímidas estrellas parecían mirarlos con fría misericordia.

A pocos metros, emergiendo de un montón de piedras caídas, divisó el cuerpo inerte de Menrac.

La montaña de agua parecía haberle robado la voz al refugio, reduciéndolo a montones desparejados de rocas entre los que asomaban piernas y brazos inmóviles.

El techo había desaparecido por completo, dejando al descubierto un cielo oscuro, emponzoñado con un penetrante olor a sal y muerte.

Los supervivientes comenzaron a reaccionar, abalanzándose sobre los escombros para rescatar vidas que aún boqueaban en busca de un último aliento.

Goser, aturdido y con el alma encogida, comprobó con alivio que Menrac se movía; tenía el cabello y el rostro cubiertos de sangre, pero seguía viva.

Intentó incorporarse, pero al apoyar el peso sobre el brazo izquierdo sintió un latigazo de dolor agudo en el hombro, seguido de una punzada feroz en la pierna derecha.

Bajó la mirada: su túnica estaba pegada a la piel y una mancha roja y viscosa brotaba sin control.

La ropa empapada pesaba como una losa de plomo, y el frío polar comenzó a sacudir su cuerpo maltrecho con violentos escalofríos.

No era momento de pensar en sus propias heridas; Menrac lo necesitaba.

Arrastrándose con torpeza sobre las faldas desgarradas de sus vestiduras, logró llegar hasta ella y, utilizando jirones de tela, improvisó una venda apretada alrededor de la pierna para contener la hemorragia.

Después, incorporándose a duras penas y arrastrando la extremidad maltrecha, se abalanzó para socorrer a la joven.

La brecha en la cabeza de Menrac parecía superficial, pero continuaba desvanecida; sus piernas habían quedado atrapadas bajo una trampa de rocas.

Goser intentó apartarlas, pero sus brazos apenas respondían, agotados por el esfuerzo.

A su alrededor, los gritos de dolor y la histeria colectiva se fundían con sollozos desgarradores.

Un hombre llamaba a gritos a tres miembros de su familia a los que instantes antes protegía con su propio cuerpo, mirando ahora sus manos vacías como si fueran apéndices inservibles.

El horror crecía conforme el desastre dejaba al descubierto más cadáveres: rostros con los que segundos antes compartían el miedo al cataclismo.

De los más de ciento veinte refugiados que se habían parapetado en la cabaña de piedra, apenas lograba contabilizar dos o tres docenas de almas moviéndose entre las ruinas como fantasmas desorientados.

Los gritos desesperados de una madre llamando a su hijo taladraron sus oídos.

Goser se puso a apartar rocas con furia ciega, rascando la tierra y el hielo hasta que por fin las piernas de Menrac quedaron libres.

La joven abrió los ojos al sentir sus caricias, aunque un acceso de tos ahogada interrumpió su intento de hablar y le impidió mover las extremidades.

Goser comenzó a masajearle los brazos y piernas con desesperación, rogando en silencio para que la sangre volviera a circular.

Una chispa de alivio estalló en su interior cuando vio que el esfuerzo surtía efecto; Menrac logró incorporarse ligeramente, respirando con dificultad.

A su alrededor, el panorama era desolador, y eso que aún ignoraban la mayor de las desgracias.

Cerca de allí, una mujer continuaba chillando desconsolada, señalando con frenesí hacia el exterior del glaciar.

Tarvis, con el rostro ensangrentado y los cabellos pegados a la frente, corrió hacia ella sin comprender del todo el motivo de aquel ataque de pánico, y desapareció saltando sobre los montículos de hielo.

Goser, arrastrando su pierna herida, se acercó tambaleándose tras él y los demás hombres.

Al llegar al borde de la plataforma, el corazón pareció detenerse en su pecho.

Ante sus ojos se extendía el inmenso y aterrador vacío: la nave había desaparecido.

El violento tsunami la había arrancado de cuajo, llevándosela junto con todos los alenitas que habían buscado refugio en su interior.

Sabían que el destino se cebaba implacable con su pueblo, pero jamás imaginaron que lo haría con tanta crueldad.

Tarvis corría entre las sombras de la nieve, masticando el horror de los devastadores efectos de aquel visitante inesperado.

El agua había abierto brechas por todas partes, horadando la superficie, que ahora aparecía sembrada de bloques de hielo —algunos de varias toneladas— y de cantidades ingentes de algas entre las que flotaban centenares de peces muertos, formando una tupida alfombra de destrucción.

A más de quinientos metros de distancia hallaron fragmentos de roca que antes formaban parte del refugio, pero ni rastro de la nave.

Lo único que encontraron fueron los cuerpos inertes de dos alenitas abrazados en el fondo de un socavón.

A pocos metros, una nueva brecha se abrió amenazante ante sus ojos.

Saltaron al otro lado y continuaron avanzando con la esperanza de hallar la nave, pero al llegar al extremo comprobaron desolados que había desaparecido por completo, probablemente engullida por aquel mar agitado y rabioso que aún zarandeaba los bajos del iceberg.

Ahora solo les quedaba confiar en que la noticia no destruyera las escasas fuerzas de los supervivientes, en que la fortaleza del blindaje metálico hubiera resistido y en que un viento propicio los arrastrase hasta alguna costa.

La otra posibilidad —la más trágica y probable— ni siquiera querían imaginarla: no podían aceptar que el legado de sus antepasados se hubiera convertido en un gigantesco ataúd de metal repleto de cadáveres en el abismo marino.

Ni los niños ni nadie de los que viajaban a bordo merecían un final semejante.

Cuando el grupo de seis decidió emprender la retirada, descubrió con horror que la grieta que antes habían cruzado con un simple salto se había ensanchado de manera alarmante.

Corrieron paralelos al cráter en busca de un paso seguro; un par de nuevos bamboleos los alertaron de que el tiempo se agotaba, pero la separación superaba ya los seis o siete metros y seguía creciendo.

Era mejor retroceder sobre sus pasos, aunque eso supusiera un rodeo desesperado.

El pánico corría por sus venas mucho más rápido que sus propias piernas.