Huellas bajo el hielo 23 EN EL MAR #2
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23 EN EL MAR #2

—Divisé la plataforma penetrando en el agua en medio de un mar de nubes que la nave atravesaba como si no existieran —prosiguió Menrac con una sonrisa nostálgica—.

Me colé entre ellas y supe que estábamos salvados.

Vi al grupo de Cives y a mi padre; estaban vivos.

Me hubiera gustado bajar de inmediato a abrazarlos, pero los viajeros eran más prioritarios: necesitaban la nave.

Tenía que terminar la misión que por poco le cuesta la vida a mi padre.

Por eso estoy hoy aquí con vosotros. Lo siento por mi padre, pero sé que no está solo; y estoy segura de que, en su fuero interno, él tenía la intención de regresar sin mí a la aldea para protegernos a todos.

No me arrepiento de nada; al contrario, estoy muy contenta de compartir este viaje con vosotros.

Como al final de cada relato, las amargas lágrimas iniciales acababan disipándose entre los entusiastas aplausos de los niños, que soñaban despiertos con vivir una aventura semejante en alta mar.

La vela del principio se convirtieron en cuatro unos días más tarde y en una docena poco tiempo después.

Aparte de comprobar si navegaban en la dirección correcta al cobijo de las estrellas, poco más podían hacer.

Goser se devanaba los sesos durante horas intentando hallar una solución: le habría encantado disponer de un material más resistente para mantener el velamen erguido, pero solo contaban con pegotes de nieve aguanosa y un pequeño montón de piedras.

Tanto uno como otro material exigían reparaciones constantes, lo que les obligó a organizar guardias diurnas dedicadas en exclusiva a retener y estirar de las cuerdas.

Una mañana, Tarvis y Goser descubrieron una diminuta grieta que partía de una esquina en la zona menos ancha de la plataforma.

No dijeron nada para no alarmar a los demás, pero, desde ese momento, cada amanecer comprobaba con horror cómo la fractura ganaba terreno.

Abajo, la superficie del mar se presentaba extrañamente agitada, con unas espumosas olas en forma de hoz que parecían desafiar al viento, el cual en los últimos dos días parecía haberlos olvidado por completo.

Otra noche les sorprendió algo que apenas conocían: la lluvia.

Caía de forma líquida sobre el iceberg como si el cielo estuviera profundamente enfadado con ellos, vertiendo millones de lágrimas de manera simultánea.

Al menos rellenaron sus cantaros. Tras el temporal, el día amaneció con un firmamento limpio y dócil, teñido de un tono ambarino mezclado con un azul intenso que a todos antojó un espectáculo de belleza inigualable.

Aquel brillante sol logró rellenar los huecos de los alicaídos corazones y de aquellos espíritus desconsolados que, cada vez con mayor insistencia, añoraban la aldea y la terrible incertidumbre sobre la suerte de los sesenta alenitas que habían tenido que quedarse atrás.

Esa misma mañana, Conversia —una joven unos años mayor que Menrac— alumbró a una niña.

Sus padres la llamaron Meda, en honor al elemento líquido que los rodeaba; era la primera de su estirpe que nacía fuera de la aldea en los últimos veinte siglos.

A la lógica alegría que siempre suponen los alumbramientos felices, la llegada de la pequeña supuso una inyección extra de esperanza: su raza aún tenía posibilidades de sobrevivir.

A otros, en cambio, les entristeció en silencio no poder consumar los ritos iniciáticos que durante siglos se habían practicado con los ornamentos sagrados legados por sus antepasados.

El iceberg continuaba renqueando pesadamente por el océano.

Las olas, cada vez más envenenadas, azotaban la línea de flotación, desgajando porciones enteras de hielo; el mar demostraba ser un juez implacable que siempre reivindicaba sus dominios, tal y como Cives había vaticinado.

Los días se acortaban drásticamente y las noches alargaban su tormento con el presentimiento de ser la última.

Las temperaturas, paradójicamente cada vez más suaves y casi agradables, amortiguaban la sensación de ultimátum que flotaba en el ambiente.

Todos sabían que, en un par de noches, la luna reaparecería para encender la mecha predicha por el anciano.

Tras esa fecha cabía esperarlo todo, pero del cielo estrellado nada bueno podía salir.

Y, como de improviso, los acontecimientos se precipitaron.

La luna llena comenzó su andadura proyectando suaves destellos tenebrosos, como si aguardara agazapada en la oscuridad.

Dos días después, el sol brillaba en su cúspide, manchando con su luz hasta las rendijas más ocultas, cuando de repente una sombra imponente apareció sobre un costado.

El ambiente pareció detenerse, como si el día avanzara perezoso y atemorizado.

La sombra ganó terreno con rapidez, menoscabando el poder de la luz solar hasta trocar el mediodía en una noche perfecta, dejando a la vista tan solo una aureola brillante, un inmenso agujero negro donde antes reinaba el fuego abrasador.

Los alenitas, atónitos, presenciaron un eclipse total.

Aunque sus nociones sobre la mecánica celeste no deberían haberlos asustado, aquel fenómeno llegó envuelto como el peor de los presagios.

Para la gran mayoría, fueron los ocho minutos más largos de sus vidas; era como ver arder la mecha en la cuenta atrás de su destino.

Al atardecer de aquel mismo día, una nueva estrella surgió brillante hacia el norte, teñida de un llamativo y encendido color rojo, muy alejada del tintineante amarillo pálido al que estaban acostumbrados.

No cabían dudas: era la amenaza aguardada.

Durante treinta minutos continuó creciendo ante sus ojos atónitos; de pronto, los seis mil metros cuadrados de rocas, hielo y gases que viajaban a la deriva por el espacio entraron en contacto con las capas altas de la atmósfera.

Ya no se trataba de una simple masa brillante; era una compacta y rugiente bola de fuego que pasó silbando sobre sus cabezas convertida en una antorcha de proporciones titánicas, dejando a su paso una estela de fragmentos letales.

Los meteoritos producían un sordo estruendo al colisionar con la superficie del mar.

La cabeza visible del cometa continuó su avance dibujando una franja blanca y cegadora de gases chisporroteantes que dividió el cielo en dos mitades, mientras apenas un puñado de estrellas se atrevía a asomarse con timidez.

Algunos meteoritos incandescentes impactaron de lleno contra la plataforma, hundiéndose en el hielo como si estuvieran hechos de ácido.

Más allá de la línea del horizonte sur —allí donde imaginaban que yacía la región que los había visto nacer—, vieron cómo la gran bola de fuego se precipitaba contra el suelo.

Segundos más tarde, el cielo estalló en un abanico de mil colores violentos; el impacto se había consumado.

Una tensa y pesada calma fluyó por fin en cientos de corazones paralizados, como si todo hubiera terminado.

Era una sensación ilusoria, pero algo en el fondo de sus almas les decía que Cives había acertado de pleno en sus fatídicas previsiones.

Goser, incapaz de detener con su abrazo la catarata de lágrimas que corría por las mejillas de su chica, intentaba ahogar su propio llanto. No podía borrar de su mente una imagen hiriente y constante: sus padres ardiendo, con sus cuerpos desmembrados bajo una montaña de escombros humeantes.

De repente, el viento cambió de bando con furia asesina.

La brisa se convirtió en un rugiente huracán; las olas enfurecidas redoblaron sus embestidas, fustigando los contornos del iceberg con un desprecio inusitado, como una hidra de mil cabezas.

La fuerza del vendaval era tal que, poco a poco, los alenitas comenzaron a replegarse en busca de refugio.

El huracán trajo consigo el eco sordo y tardío de la explosión lejana.

Luchando contra los elementos, pastorearon a los niños: un grupo se refugió a la carrera en el interior de la nave, mientras que el resto entró a trompicones en el recinto amurallado.

Por desgracia, las diminutas rendijas y ventanas les permitieron presenciar un espectáculo inconcebible: hacia el cielo del sur, una sábana entera de estrellas estaba desapareciendo, como barrida por una mano invisible que avanzaba con la ventisca.

Segundos más tarde, el cielo se cerró por completo.

Un rumor infernal precedió al rugido del agua, y el terror absoluto se apoderó de ellos al comprender lo que estaban a punto de sufrir.

Una gigantesca muralla líquida se aproximaba a velocidades de vértigo, alzándose con no menos de cien metros de altura.

La monstruosa ola arrastraba cantidades industriales de hielo de todas las formas y tamaños, que asomaban como macabros abalorios en lo alto de un árbol de Navidad.

En cuestión de segundos los alcanzaría; las consecuencias superaban los límites de la imaginación.

O tal vez nadie se atrevía a imaginarlas.

De pronto, sintieron un brusco bamboleo, como si se hubieran subido a una montaña rusa desbocada.

Al principio solo se mecieron con violencia, pero enseguida se produjo una sacudida brutal seguida de una subida vertiginosa, como si despegaran atados a un cohete espacial.

La violenta ingravidez los hizo desplomarse contra el suelo.

Los pocos niños que habían quedado fuera fueron protegidos instintivamente por varios pares de cuerpos y brazos adultos, aunque en su desconcierto parecían menos aterrorizados que sus padres.

Algunos intentaron en vano taponar las rendijas con pegotes de nieve, batallando contra una fuerza ascendente imposible de frenar.

La imponente estructura de hielo ideada por Cives no era más que un juguete frágil en manos de un titán.