Huellas bajo el hielo 23 EN EL MAR
55%

23 EN EL MAR

U na semana de travesía confirmó lo inevitable: la temperatura por fin se tornaba soportable.

Las pesadas ropas comenzaban a sobrar. Fuera de sondear el horizonte marino en busca de referencias, el resto del tiempo no sabían cómo matar las horas.

Pasada la expectación de los primeros días —aderezada por los comentarios sobre la milagrosa aparición de Menrac y las cien versiones distintas que corrían de boca en boca—, solo cabía esperar.

El iceberg se comportaba compacto y seguro.

Todos hubieran disfrutado de un avance más rápido, pero carecían de puntos de referencia; la costa había desaparecido como por arte de magia al final del segundo día, borrada de un plumazo por el manto de la noche.

Solo guiándose por la posición de las estrellas comprobaban que no se habían anclado en medio de la nada.

Las noches se alargaban, los vientos cambiaban de dirección a su antojo y los niños comenzaban a rebelarse, cansados de sentirse prisioneros en una jaula de hielo.

Las mujeres se devanaban los sesos inventando actividades con las que rellenar los huecos libres tras las largas horas de clase.

Los hombres, por el contrario, se perdían en debates interminables, vertiendo conjeturas sobre lo que hallarían al final del trayecto.

Goser, por su parte, cavilaba incesantemente sobre cómo acelerar la marcha de aquel ingobernable coloso flotante; sentía que viajaban a paso de tortuga mientras eran perseguidos por un gigantesco dragón de fauces llameantes, completamente a merced del capricho de las corrientes marinas.

Los niños jugaban en el exterior del refugio mientras Goser y Menrac se entretenían vigilando sus carreras y gritos.

En un momento dado, uno de los pequeños se despojó de su capa; un compañero se acercó y, para hacer la gracia, intentó arrebatársela de las manos.

La prenda quedó atrapada entre los cuatro brazos.

El viento, de repente, la hinchó con furia y arrastró a los niños unos metros hasta dar con ellos en el suelo.

Carcajeándose, se repantigaron en la nieve; divertidos por el descubrimiento, recuperaron la tela y repitieron la operación.

En esta ocasión se dejaron arrastrar a propósito, logrando deslizarse unos metros hasta regresar al suelo muertos de risa.

Goser no advirtió el peligro, pero Menrac sí lo hizo de inmediato.

Con energía conminó a los niños que dejaran aquel juego.

Él, en cambio, seguía dándole vueltas a la cabeza para analizar lo que acababa de presenciar; estaba gestando una idea improvisada: si colocaban grandes telas sujetas con cuerdas o piedras, podrían lograr que el viento les ayudara a ganar velocidad.

Dejó a Menrac al cuidado de los niños y reunió a un grupo de hombres a los que expuso el plan.

Las mujeres entregaron un excedente de ropas —que ya resultaban inútiles tras abandonar el desierto helado— y, durante horas, se afanaron en unirlas pacientemente para formar cuadrados enormes. Sin saberlo, estaban fabricando velas.

El gran inconveniente del invento residía en la caprichosa fuerza del viento.

Las telas resultaban muy pesadas y gruesas; para que permanecieran hinchadas, necesitaban una brisa constante, pero esta viraba de repente tanto en intensidad como en dirección, por lo que rara vez lograban mantenerlas infladas sin el contrapeso de sus propios cuerpos.

Por otro lado, la plataforma era tan exageradamente grande que resultaba imposible apreciar si las velas habían logrado aumentar la velocidad; los miles de metros de hielo flotante se antojaban completamente ingobernables.

Afortunadamente, al menos por el momento la estructura parecía segura: los doce metros de altura visibles sobre la línea de flotación se mantenían intactos.

No lo sabían pero el triple de metros que permanecían hundidos se desgajaba sin descanso.

Menrac, por su parte, se vio rodeada de niños.

Al contrario que los adultos, ellos nunca se cansaban de escuchar la historia de su particular odisea y, ante tanta insistencia, se vio forzada a repetirla una vez más.

Con el paso de los días tenía la impresión de estar contando una leyenda muy antigua, ajena a su propia persona; con una mezcla de rubor y orgullo, pensaba que con los años aquellos pequeños contarían el episodio a sus hijos como uno de los grandes mitos de sus antepasados.

Bueno, supongo que así es como en realidad se escribe la historia.

—Me desperté rodeada de nieve de los pies a la cabeza —comenzó relatando con voz pausada—.

Tenía mucho frío y estaba hambrienta; me dolían los huesos y hasta pensar se había vuelto una tarea dolorosa.

Con gran esfuerzo me senté y logré recuperar la bolsa que colgaba de mi espalda.

Mientras masticaba, noté que el viento soplaba intermitente, con ráfagas infernales que azotaban de derecha a izquierda.

El frío era tan intenso que amorataba mi piel; sentía cómo la sangre cabalgaba perezosa por mis venas, mientras el viento no dejaba de silbar palabras de muerte sobre mi cabeza.

Tenía miedo; apenas podía ver ni recordaba con exactitud dónde estaba.

En un determinado parón, una diminuta tregua que me ofreció el temporal, creí distinguir el pico elevado de una montaña hacia la izquierda.

No podía ser otra que la que nos había servido de refugio la noche anterior.

Dudé si avanzar en pos de la caravana o aprovechar el amparo que la colina me ofrecía; esto último resultaba mucho más sensato y cercano.

Me levanté. El tobillo protestaba con cada paso, y el dolor terminó decidiendo por mí.

Obsesionada con no perder la orientación, crucé las ráfagas de viento sin ver más allá de un par de metros de mi propia cara.

Tropecé varias veces. Sentía que llevaba horas caminando sin moverme del sitio; el pie cada vez dolía con mayor intensidad, las fuerzas me fallaban y ya no estaba segura de haber acertado en la dirección, como si la tormenta se hubiera tragado la montaña.

De repente me topé de bruces con algo sólido: era la nave.

Estaba cubierta por la nieve, pero nada más rozar la proa tuve la sensación de haber ganado la batalla.

Fui rodeándola hasta encontrar la puerta, entré y por fin me sentí a salvo.

Estaba tan agotada que me dejé caer y, sin darme cuenta, perdí el conocimiento.

Hizo una breve pausa, dejando que el silencio del iceberg rodeara a los pequeños antes de continuar con el recuerdo de su aislamiento:

—Cuando desperté, no sabía si había dormido una hora o dos días; la tormenta se había calmado hasta convertirse en una brisa molesta.

Mi pie continuaba palpitando con furia, incapaz de soportar el peso sin un dolor terrible; estaba hinchado y amoratado.

Volví a comer y busqué el modo de vendarlo con más firmeza.

Durante todo el día esperé y esperé, confiando en que, una vez amainado el temporal, regresarían a buscarme.

Al llegar la noche comprendí la amarga verdad: me habían dado por perdida, sabían que era demasiado arriesgado volver por una sola persona.

Lloré mucho, me sentía profundamente sola.

Sabía que si intentaba marcharme a pie no llegaría muy lejos con el tobillo en ese estado; tenía que intentar otra cosa.

A la mañana siguiente busqué en mi interior la concentración necesaria para elevar la nave.

Durante horas y horas no logré otra cosa que frustrarme; de nada me servían los consejos de mi padre.

Llegó la noche y la desesperación me devoraba.

Observé cómo la luz moría a mi alrededor, desplegando una blanca mortaja que amenazaba con sepultarme.

En medio de aquella vigilia, la luna llena apareció brillando en el cielo, como un recordatorio implacable de que pronto me quedaría sin provisiones y de que, incluso caminando, alcanzaría al grupo cuando ya se hubieran marchado.

Menrac suspiró con suavidad, recordando el instante exacto en que todo cambió:

—A la mañana siguiente volví a intentarlo.

Me sentía muy débil, con los ojos ardientes por la falta de sueño; la desesperación ganaba terreno, apoderándose de cada rincón de mi mente.

La nave parecía pegada al suelo desde el origen de los tiempos y no pude evitar romper a llorar.

Pero cuando ya lo daba todo por perdido, comprendí de repente que no era concentración lo que necesitaba, sino confianza absoluta.

Mi padre siempre decía que, si tienes fe, ya llevas la mitad de la batalla ganada.

Un rato más tarde logré por fin recuperar esa certeza y vi cómo la nave se despegaba del suelo.

Me subí y, con la voluntad intacta, observé alborozada cómo la nieve acumulada salía disparada a borbotones.

Me llevó un buen rato aprender a gobernarla a mi antojo.

Estaba agotada, pero la ilusión de volver a veros a todos me infundió las fuerzas necesarias para no desfallecer.

Llegué hasta el mar, pero no encontré ningún rastro del grupo; me había desorientado.

Por pura intuición supuse que me había escorado hacia el oeste, pero eso no mermó mis esperanzas.

Volaba siguiendo la línea de la costa cuando, de pronto, escuché una serie de explosiones sordas; el aire se llenó de repente del olor azufroso de la mezcla de Cives.

Siguiendo el rastro de aquel aroma entre las nubes, estuve a punto de precipitarme al vacío de pura emoción.