22 UN HELICÓPTERO Y UNA MOTO #4
Al día siguiente, Alicia encontró un hueco vacío en el saco en lugar de a Daniel.
Salió de la tienda y el horizonte la recibió con una extraña sensación de soledad.
La calma matinal inundaba el paisaje como una cálida manta de paz, como si el tiempo se hubiera detenido.
Inmediatamente adivinó dónde se encontraba su compañero.
Al llegar a la entrada, tropezó con numerosos fragmentos de hielo esparcidos por todas partes; parecía estar pisoteando los escombros de una estructura derruida.
Esa sensación desapareció al escuchar un repiqueteo metálico: Daniel estaba desvistiendo las rocas de su pijama helado.
Una porción de más de dos metros cuadrados ya lucía despejada, y Alicia tuvo la impresión de encontrarse ante una puerta tapiada en lugar del lateral de una montaña.
Daniel la recibió sin poder ocultar la euforia que lo desbordaba.
—Mira esto, cariño. Es una pared construida por el hombre, ya no hay dudas. Me muero de ganas de saber qué hay al otro lado.
—¿Estás completamente seguro? Lo digo en serio, espero que no me estés tomando el pelo.
—Te aseguro que es real, aunque parezca un sueño. Mis jefes no se lo van a creer, esto es increíble.
—¿A qué te refieres con «tus jefes»?
Daniel comprendió de inmediato que su subconsciente le había jugado una mala pasada. Detuvo el rítmico movimiento del brazo, se acercó, la cogió por los hombros y se abismó en sus ojos color miel, donde parecían habitar todas las incógnitas del mundo.
—Mira, Alicia, hay algunas cosas que debes saber, pero este no es el momento. Ya te lo explicaré.
Alicia continuaba perpleja, obligando a Daniel a matizar:
—Piénsalo un momento. ¿Cómo crees que conseguí la moto, el helicóptero y todo el equipo? En este mundo las cosas no se regalan. No te preocupes, ellos solo saben lo que deben saber.
—Explícate, por favor.
—Tranquilízate, te prometo que lo haré, pero ahora no.
Debemos desenterrar el secreto de tu padre y ya vamos con retraso; supongo que no querrás perder nuestro vuelo.
Te aseguro que no sería agradable, estamos muy lejos de cualquier núcleo habitado.
Confía en mí. Ven, ayúdame; estoy a punto de extraer la primera piedra y después todo será más fácil.
Alicia albergaba todas las dudas, pero comprendió que no tenía margen de maniobra.
Daniel recuperó el piolet, que se agitaba en su mano con una cadencia descompasada, reflejo exacto de su agitación mental.
Ella lo contemplaba confundida, mientras la semilla de la sospecha plantada por Rachel volvía a su mente como una zarza ardiente.
¡No seas tonta! Después de todo, aquello encajaba: a saber, qué clase de historias se vio forzado a inventar para conseguir el magnífico equipo del que disfrutaban.
Era una duda razonable, pero sin su ayuda nada de lo que estaban a punto de descubrir habría sido posible. Decidió ayudarle.
Daniel logró desencajar una piedra que, a todas luces, coronaba una hilera de dos metros de altura.
Tras insistir sin éxito con la punta del piolet y las uñas de los guantes, la roca cedió y se precipitó hacia las entrañas de la montaña: la confirmación definitiva de que al otro lado había un espacio hueco.
Una a una fueron cayendo las piezas, algunas bastante pesadas.
La emoción anulaba cualquier atisbo de fatiga; Daniel sudaba, pero no se detenía.
Por primera vez en muchos días percibieron un olor ajeno a sus propios cuerpos o a la comida: un hedor a espacio cerrado que emergía de la oscuridad de la montaña.
Cuando el boquete creció lo suficiente para permitirles el paso, no pudieron contenerse más: encendieron las linternas y cruzaron el umbral.
Lo que encontraron superaba cualquier imaginación: una amplia sala de techo abovedado que devoraba por completo la luz de los haces, decenas de bancos excavados en la roca a distintas alturas formando semicírculos y, al fondo de una escalinata de piedra pulida, trece tronos de granito con los laterales finamente grabados en media luna.
—Si esto es obra de la naturaleza, yo soy extraterrestre. ¿Te das cuenta de lo que significa?
Alicia no pudo contestar. Tenía los ojos anegados en lágrimas y Daniel la abrazó, visiblemente emocionado.
—Para ti no puedo adivinar qué significa; para mí, que mi padre debería haber estado aquí y no nosotros.
—Tienes razón, perdona. Pero no debes estar triste; esto ayudará a que tu padre sea recordado como un gran hombre, no como un embaucador. Vamos, anímate, voy a buscar la cámara. Es hora de inmortalizar el momento, necesitamos pruebas
Alicia merodeó por el interior, deseando haber compartido aquel instante con su progenitor, imaginando a Juan Luis contemplando lo mismo que ella en ese momento: dibujos de largas formas humanas talladas en los respaldos de los tronos, o aquellos extraños signos que tal vez pertenecieran a algún sistema de escritura desconocido (o tal vez no, pues ella no era una experta y no podía asegurarlo).
No obstante, era consciente de algo: le faltaba una plenitud absoluta.
Cuando uno sueña con momentos semejantes, lo imaginado siempre difiere de la realidad, pero se sentía feliz —o más bien ligera—, como si se hubiera desprendido de una carga pesada que la había acompañado durante toda su vida.
Daniel regresó a la carrera, masticando una euforia incontenible.
El flash de la cámara comenzó a parpadear, capturando desde las gradas clavadas en el suelo hasta los relieves del techo.
Después se reunió con ella y, fundidos en un abrazo, se hicieron un par de instantáneas junto a los tronos.
Daniel la besó con pasión; no tenía otra forma de manifestar la inmensa dicha que lo habitaba.