22 UN HELICÓPTERO Y UNA MOTO #3
Esta circunstancia hacía dudar a Daniel, aunque tampoco tenía ganas de volver a rodear la montaña y enfrentarse a los peligros de los empinados desniveles que acababan de sortear.
Pidió a la joven que lo esperase en lo alto; él se adelantaría para ir apelmazando el camino.
Se despojó del lastre del pequeño trineo y se ató una soga a la cintura, cuyo extremo entregó a Alicia para que la sujetara rodeando unas rocas.
Solo se llevó un piolet por si perdía la estabilidad, un recurso muy útil en esas circunstancias para frenar un descenso comprometido.
Comenzó a bajar de espaldas, pisoteando la nieve, que se hundía hasta las rodillas.
La pendiente no llegaba a los cuarenta metros, pero no había avanzado ni quince cuando ya estaba agotado.
Cuanto más descendía, menos compacta encontraba la nieve; le apetecía sentarse y dejarse deslizar, pero era demasiado peligroso.
Además, su misión consistía en abrir una ruta segura para Alicia y los pulkas.
Cuando llegó al fondo, respiró hondo: lo había conseguido sin necesidad de utilizar el piolet.
Hizo señas a Alicia para que iniciara el descenso.
Alicia empezó a bajar siguiendo escrupulosamente las indicaciones de Daniel: aseguraba cada paso, guardaba silencio y no se desviaba del camino abierto.
Al principio resultaba hasta divertido, pero pronto los pequeños trineos comenzaron a mostrarse rebeldes; continuamente se salían de la trazada y se hundían en la nieve.
Alicia necesitaba afianzar los pies para tirar de ellos sin alterar la frágil manta blanca.
Daniel aguardaba tensando la soga atada a su cintura, dispuesto a socorrerla en caso de necesidad.
Era solo una medida de precaución: si sobrevenía el temido alud, Daniel la buscaría bajo la nieve siguiendo la cuerda como si de un sedal se tratara.
En realidad, un alud es un fenómeno natural que se desencadena cuando el peso de la nieve supera su capacidad de mantenerse compacta; un sonido fuerte, o uno débil amplificado por el eco, rara vez llegan a provocarlo.
Alicia avanzaba oscilando entre el miedo a un traspiés inoportuno y la falta de aire provocada por el esfuerzo físico.
Cada metro ganado se antojaba una victoria.
Faltaban menos de cinco metros para abrazar a Daniel cuando la impaciencia le jugó una mala pasada: soltó la tensión acumulada y lanzó un grito de alivio.
A Daniel no le gustó, pero estaba tan cerca que no le dio importancia.
Cuando notó que, estirando los dedos, rozaría las manos del chico, volvió a exclamar de alegría.
El eco repitió su grito amplificado y, de forma automática, se escuchó un crack cincuenta metros más arriba.
Daniel comprendió al instante lo que ocurriría a continuación.
Agarró a Alicia de los brazos y, tirando de ella y de los trineos, corrieron hacia la izquierda.
En pocos segundos, toneladas de nieve comenzaron a deslizarse ladera abajo, como si alguien hubiera abierto una compuerta.
La masa blanca llegó hasta el pie de la pendiente, desparramándose unos metros más allá hasta el borde de un precipicio de final incierto.
Cuando el silencio volvió a instalarse a su alrededor, Alicia cobró conciencia del peligro que acababan de correr; un peligro estúpido, totalmente evitable, y eso que Daniel la había advertido.
Al contemplar el estropicio, reflexionó un segundo: percances similares debían de haber sorprendido a su padre, pues eran tan numerosos en aquella región que resultaba fácil tropezar con ellos.
La ladera, despojada de su manto níveo, dejaba a la vista una grieta sobre el hielo de proporciones fantásticas.
La montaña parecía otra, como si se hubieran teletransportado a un paraje diferente.
De inmediato, Daniel se interesó por la abertura, manifestándose como un entusiasta de estas formaciones; y aunque reiteró el alto grado de peligrosidad, no pudo resistirse a mostrar la belleza que tales creaciones atesoran en sus entrañas
Como cualquier otra cueva, las de hielo solo exhiben su entrada.
Su interior se asemeja a uno de esos pasatiempos donde hay que descifrar qué camino tomar, avanzando a menudo por estrechos pasadizos por los que apenas cabe un cuerpo humano.
Llevaban media hora en el interior cuando se toparon con un obstáculo de ese tipo.
Alicia estaba disfrutando, admirando las lenguas de hielo y sus caprichosas formas, recuerdos de fríos perpetuos que habría firmado el mismísimo Dalí.
El blanco y el azul manchaban suelos, paredes y techo en una rica gama cromática que dejaba atrás a la paleta de Windows.
Continuar en busca de los tesoros ocultos —amparados por el prisma de una luz ambarina que llegaba desde un punto indeterminado— resultaría más sencillo si aparcaban los pulkas.
Daniel estaba hechizado, sobrecogido, como si percibiera que penetraban en terreno prohibido: cuadros abstractos pincelados por la caprichosa naturaleza que empezaron a formarse decenas de miles de años atrás, rescatados ahora del olvido por los imprudentes gritos de Alicia.
Tras otra media hora de lento avance, reptando y forcejeando, la luz comenzó a escasear.
Lo prudente era regresar; además, a Alicia empezaba a abandonarla el estado de embriaguez extático, y, anunciándose como una carga pesada sobre los hombros, hacía acto de presencia la claustrofobia.
Desandando el camino y reconociendo marcas que habían pasado inadvertidas en la primera inspección, emprendieron la retirada.
En un momento dado, Daniel creyó hallar una ruta inédita con la que intentaba evitar volver a reptar.
De pronto, el hielo dio paso a una pared de piedra: era el final del túnel.
Se había equivocado. A la luz del sol, le costaba un esfuerzo enorme penetrar en aquel recodo, así que Daniel echó mano de la linterna.
¡Asombroso! La pared rocosa se perfilaba bajo el haz de luz mostrando un aspecto extraño, como si la rugosidad natural del granito hubiera sido cincelada, algo ciertamente anormal para ser producto de la mera erosión.
Ayudándose con el piolet, despojó la roca de los tres o cuatro centímetros de hielo que la cubrían —sin dejar de escuchar los reproches y jadeos de la chica— y pasó los dedos acariciando las mínimas protuberancias talladas en la piedra.
Alicia, que comenzaba a sufrir un ataque de ansiedad y exigía grandes bocanadas de aire, lo instó a marchar con desesperación.
—¡Vámonos, Daniel, por favor! Me ahogo —suplicó, con la vista nublada por el pánico.
Fastidiado, Daniel comprendió que no podía forzarla más. Tenían que dar la vuelta, aunque él ya albergaría pocas dudas: aquellas rocas habían sido trabajadas por manos humanas.
El camino de regreso hacia la entrada de la cueva, reptando y desandando pasadizos con la luz de las linternas agonizando, se les hizo eterno.
Cuando por fin emergieron al exterior y el aire gélido pero limpio llenó sus pulmones, Alicia sintió que volvía a la vida.
Culebreando a trompicones, recuperaron los pulkas y emprendieron la marcha de vuelta hacia la tienda.
Ninguno de los dos pronunció palabra en todo el trayecto; el cansancio físico y la magnitud del descubrimiento los mantenía en silencio.
Al llegar al campamento, mientras devoraban una ración rápida de comida caliente y se refugiaban del implacable viento polar, la tensión inicial dio paso a la estrategia.
—No podemos romper esa capa de hielo a base de piolet —comentó Daniel, con la mirada clavada en el vacío—. Nos llevaría días y no tenemos tanto margen antes de que regrese el helicóptero.
—¿Entonces? —preguntó Alicia, frunciendo el ceño, todavía con el pulso acelerado.
Daniel guardó silencio un instante, sopesando sus propias palabras antes de responder:
—Usaremos uno de los cartuchos de explosivos que llevamos en el equipo. Es la única manera de despejar el acceso con rapidez.
Alicia lo miró fijamente, recordando de golpe la inquietante bolsa negra que había descubierto en el trineo días atrás. La idea le produjo un escalofrío que nada tenía que ver con el frío exterior, pero la curiosidad y la inercia de los acontecimientos pudieron más que sus reparos.
Al día siguiente, con las primeras luces de una mañana gélida y estática, Daniel regresó al interior de la grieta.
Mediante una pequeña carga explosiva colocada con meticulosidad, la barrera de hielo se desintegró en mil pedazos con un estruendo sordo que retumbó en las entrañas de la montaña.
El problema ahora era despejar los escombros acumulados; Daniel se lamentaba en voz baja, consciente de que retirar los bloques de hielo supondría un retraso inoportuno para sus prisas.
Casi era de noche de nuevo cuando, por fin, lograron acceder por completo a la pared rocosa.