22 UN HELICÓPTERO Y UNA MOTO #2
Con sigilo, descorrió la cremallera y salió fuera de la tienda.
Fuera, la moto de nieve, atada al voluminoso trineo de casi dos metros, parecía un caballo descansando junto a su carreta; y pensar que su vida dependía en gran parte de aquel cargamento.
Aún le resultaba inconcebible que Daniel hubiera conseguido reunir recursos semejantes: además de los víveres —compuestos en su mayoría por una gran variedad de barritas energéticas y preparados para fabricar bebidas calientes—, disponían de un botiquín avanzado, una radio auxiliar, una segunda tienda y una caja con seis balizas de posición listas para usarse en caso de emergencia.
También llevaban sacos y calzado de repuesto, dos bolsas de ropa auxiliar sobre dos pequeñas pulkas que esperaban no tener que usar —lo mismo que los esquíes o la vela de polietileno, que extendida alcanzaba cuatro metros—, garrafas de gasolina suficientes para dar la vuelta a toda la Antártida y botellas de gas para calentar la comida de varios meses.
Y, de repente, al repasar el material, tropezó con un bulto inesperado: una pequeña bolsa negra que envolvía una pesada caja de plástico del tamaño de un libro.
La abrió y, asustada, la cerró de inmediato.
¿Para qué diablos necesitaban una pistola y varios cargadores?
Era algo completamente absurdo y superfluo en aquellas latitudes, donde ni siquiera encontrarían animales salvajes —pues estos no se alejan de la costa más de lo necesario— y mucho menos a otras personas, el único blanco para el que se habían inventado las armas de fuego.
Un poco más allá descubrió también una caja con pequeños cartuchos de explosivos, aunque aquello, por extraño que parezca, no la aterró tanto como el arma corta.
Lo repasaba todo con la estupefacción de quien contempla el trineo de Papá Noel, y lo que más le encogía el estómago era comprender que dependían exclusivamente de la fiabilidad mecánica de la moto; por eso llevaban la vela, por si esta fallaba y se veían obligados a utilizar el sofisticado trineo como una improvisada tabla de windsurf.
Un tanto preocupada por aquella mezcla de ingenio y desmesura, regresó al interior del refugio junto al "bello durmiente".
Su destino estaba a unos doscientos kilómetros.
Si los mapas no mentían, no se toparían con obstáculos insalvables ni hallarían desniveles significativos.
Y, en efecto, así sucedió: pasaron todo el día con el sonido rítmico del motor acoplándose a sus oídos con la misma monotonía que el paisaje blanco.
El despejado día los recibió con otra maravilla de la naturaleza.
Como el sol nunca llega a superar los veintitrés grados de altura en aquellas latitudes, es frecuente admirar el fenómeno del Sundog, o repetición de soles.
Esto se produce por la acción de cristales de hielo que flotan a cierta altura de la superficie, los cuales actúan como prismas y dan la sensación óptica de estar contemplando dos o tres astros, o uno partido en dos mitades reflejado sobre un gigantesco espejo.
Era un espectáculo fascinante, un regalo desconocido para la maravillada mente de Alicia.
Ese día solo detuvieron la moto para matar el tedio o rellenar el depósito.
Volvieron a sufrir el persistente espejismo de aquella misma montaña lejana que parecía no acercarse nunca.
Daniel se lo explicó a gritos por encima del viento: las distancias son tan grandes y el paisaje tan regular que la vista humana cree ver cosas mucho más alejadas de lo que la realidad permite, queriendo rivalizar con las aves de cetrería.
Para el ojo humano es casi imposible calibrar distancias superiores a los ochenta o cien kilómetros; sin embargo, el sol reflejado lánguidamente sobre el impoluto y brillante suelo de hielo obraba aquel extraño milagro.
La segunda noche resultó un calco de la anterior, a excepción del grado de agotamiento.
El frío consume excesivas cantidades de energía, y la comida preparada —aunque aporta los nutrientes esenciales— no logra satisfacer la necesidad psíquica de sentirse saciado.
Siempre parecía estar hambriento, y la tensión del frío terminaba por estreñir el cuerpo de manera implacable.
Preparar un té con la sola ayuda de una botella de gas y con las manos entorpecidas por tres pares de guantes no era una tarea fácil a cuarenta grados bajo cero, con un viento constante de veinte kilómetros por hora soplando a sus espaldas.
Aun así, lo más difícil era lograrlo sin infringir las estrictas leyes sobre la prohibición de dejar residuos que prevalecían en la denominada última frontera.
Pero valía la pena saborear el ardiente néctar y notar cómo la garganta y el estómago exudaban un fugaz consuelo.
Cuánto hubiera deseado poder darse una ducha caliente.
Los viajes sobre el hielo se planean cubriendo metas diarias de kilómetros.
A ellos les faltaban al menos cincuenta para que el GPS les indicara que debían comenzar a buscar.
El llano desierto de hielo hacía rato que había sucumbido al cansino avance de los esquíes de la moto, dando paso progresivamente a una región montañosa de caminos abruptos y escarpados.
Daniel llevaba casi tres horas manejando la máquina con la única intención de avanzar hacia el sureste, sorteando con dificultad los obstáculos que la orografía les presentaba.
Estaban ya muy cerca de las coordenadas marcadas por Alicia.
Durante toda la mañana, solo ella parecía disfrutar del paseo; Daniel, en cambio, cada vez se comportaba de manera más contrariada y silenciosa.
Hacía horas que esperaba percibir el rumor sordo de la costa.
Según había explicado Alicia, su padre había dejado escrito en el diario que la ubicación numérica se basaba en una grabación captada por una supuesta máquina del tiempo, la cual, por puro azar, había registrado una región montañosa a escasos metros del mar donde, de forma incomprensible, se observaban cuevas excavadas por la mano del hombre.
Esas oquedades misteriosas eran el objetivo que su padre había venido a buscar, y lo mismo pretendían ellos.
Cuando trazaron la ruta sobre el mapa en la seguridad de su habitación, Daniel creyó que había un error de transcripción o que el plano era incorrecto: de aquel punto a la costa más cercana les separaban al menos mil kilómetros.
Alicia supuso que tal vez ese había sido el mismo equívoco que desorientó a su padre en su primera expedición.
Daniel, por su parte, no parecía muy convencido; de todas maneras, se guardó sus reservas.
Como en el fondo pensaba que aquello no era sino una quimera para calmar los fantasmas y el dolor de la joven, decidió continuar sin expresar lo que realmente sentía.
Pasarían unos días investigando una región desprovista de todo interés real y, de este modo, evitaría que Alicia cometiera una locura mayor en el futuro.
Al fin y al cabo, su única prioridad era proteger la integridad de la chica.
Daniel detuvo la moto de golpe. Era inútil seguir forzando la marcha entre aquel laberinto; el GPS parpadeaba indicando que apenas habían arañado cinco kilómetros en la última hora.
—O nos damos la vuelta o continuamos a pie —espetó con sequedad, apagando el motor—. Supongo que estas son tus famosas montañas, aunque sigo pensando que es un error monumental. El mar está a miles de kilómetros de aquí; los mapas no mienten.
Alicia apretó los dientes, haciendo un esfuerzo titánico por no estallar en una discusión.
Sentía la sombra helada de la desilusión clavándosele en el pecho y, lo que era peor, empezaba a admitir que Daniel tenía razón: los satélites y la cartografía moderna no podían equivocarse en algo tan elemental.
Pero estaban tan absurdamente cerca del punto marcado por su padre que renunciar ahora no era una opción.
Tenían que intentarlo, aunque la costa descrita en el diario pareciera un espejismo imposible.
El paisaje que los rodeaba adoptó de repente el aspecto de una lúgubre estampa lunar.
Estaban rodeados por pequeños promontorios de piedras congeladas, donde las rocas oscuras y desnudas afloraban tímidamente en las laderas más verticales, liberadas de la nieve por la acción del viento y la inclinación del terreno.
Todavía era pronto para tirar la toalla; disponían de varios días por delante antes de que el helicóptero regresara a la baliza de posición, y las condiciones meteorológicas seguían siendo óptimas.
¿Por qué no apurar hasta el último segundo?
Daniel habría preferido regresar de inmediato.
No le hacía feliz separarse de la moto, pero carecía de argumentos sólidos para rebatir la ilusión de Alicia.
Cogieron los pulkas y la radio auxiliar, confiando en no tener que utilizar los sacos de dormir; la intención era volver a pasar la noche junto a la moto.
Por si acaso, rellenaron todos los huecos posibles con comida: caminando consumirían el triple de energía que sobre el vehículo.
Cuando se pusieron en marcha, Alicia recuperó la euforia, aunque la alegría le duró poco.
Durante horas caminaron entre laderas y barrancos que solo les mostraban una región inexplorada, olvidada de los libros de rutas por un motivo muy sencillo: carecía de todo interés.
No había indicios de vida por ningún lado, ni tampoco cuevas.
Bajaban una pendiente en forma de lengua con extremadas precauciones debido a la fuerte inclinación del terreno.
Aquella masa de nieve en polvo reunía todos los ingredientes para provocar una avalancha.
La nieve se deposita en capas por efecto de los vientos —ya que las precipitaciones son muy escasas en la Antártida— y, durante los primeros días, no llega a compactarse.
Por lo tanto, era muy fácil que la capa superior se desplazara ladera abajo arrastrando todo a su paso.