Huellas bajo el hielo 22 UN HELICÓPTERO Y UNA MOTO
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22 UN HELICÓPTERO Y UNA MOTO

A licia nunca había volado en helicóptero; aquel armatoste desprendía cierta sensación de inseguridad.

Aterida de frío y con los cascos puestos, estos no amortiguaban ni un ápice su miedo ni el ensordecedor ruido del rotor del Sea King.

Tras los cristales, el paisaje se abría monótono, tan congelado de sorpresas como lo estaba su cuerpo.

Aún no se había repuesto del asombro que aquella noticia le había causado: Daniel había dicho que unos conocidos los transportarían clandestinamente cerca de su destino.

Al principio no le gustó la idea; se suponía que su misión era secreta y que debían pasar desapercibidos.

Daniel la tranquilizó: recorrer más de mil kilómetros de desierto helado no era plato de buen gusto, y la rapidez significaba seguridad frente a las patrullas o imprevistos del continente.

Ella había objetado, pero de nada sirvió.

De todos modos, el helicóptero los dejaría en un punto equidistante —determinado por la exigente autonomía del combustible en aquellas latitudes—, plantarían una baliza de posición para el reencuentro, y la nave regresaría una semana más tarde, o diez días, si el tiempo lo permitía.

Cuando vio la cantidad de equipo que tendrían que amontonar sobre el pesado trineo atado a la moto de nieve, se mareó.

Daniel parecía disponer no solo de contactos insólitos, sino de recursos ilimitados; jamás hubiera soñado con un equipo tan completo y sofisticado.

Su única aportación era su mochila, donde a buen recaudo guardaba el diario de su padre, con detalles que hasta ese instante ni Daniel conocía.

Eso le resultaba aún más curioso: que hubiera logrado semejantes medios en un tiempo récord con la simple mención de un relato misterioso y un dedo señalando un punto sobre un mapa que, a primera vista, correspondía a una región carente de interés.

Racionalmente, no lo entendía, pero prefería egoístamente no pensarlo.

Alicia no podía achacarlo más que a la confianza que otorga estar enamorado.

Lejos quedaban ya las primeras reticencias; ahora sentía que los dos eran uno, pero sin enmarañarse.

No sabía realmente qué era eso del amor, pero intuía que la realidad se asemejaba bastante a aquella complicidad, a la búsqueda de un objetivo común.

No estaba segura de estar enamorada; solo sabía que era feliz a su lado, que disfrutaba de dormir junto a él, de sentirse abrazada y, sobre todo, de que gracias a su increíble capacidad para resolver problemas se encontraba surcando los cielos por encima de un mar de hielo en busca de las huellas de su padre.

Seis horas más tarde, el poderoso helicóptero se despidió de ellos tras vaciar los últimos bidones de reserva y comprobar el equipo.

El lugar no fue elegido por su amplia visibilidad, sino por el estricto cálculo de los depósitos; habían colocado una estaca con una luminosa bandera y una baliza satelital de posición, el único cordón umbilical con el exterior y el punto de cita exacto para el regreso.

A partir de ese momento, sabían que estarían completamente incomunicados del resto del mundo.

Sin la presencia de extraños, Daniel consultó los mapas y, un tanto contrariado, comprobó que la ubicación perseguida estaba todavía bastante más lejos de lo previsto.

La moto de nieve avanzaba a buen paso, sorteando la dureza de un terreno cubierto de sastrugis y crestas de hielo esculpidas por el viento.

Solo el desconocimiento de la región frenaba de tanto en tanto el avance, unido al despejado día, aunque la sensación térmica nunca bajaba de los veinte grados bajo cero.

Esto, sumado a la velocidad —unos cuarenta kilómetros por hora que hacían vacilar el trineo—, multiplicaba el mordisco del frío.

La tensión se acumulaba en las extremidades inferiores tras horas sobre el asiento, un obstáculo que solo podían solventar haciendo paradas estratégicas: unas veces para matar el tedio del paisaje implacable, otras simplemente para desentumecer los músculos.

Solo en un par de ocasiones se vieron obligados a rodear desniveles insalvables.

Al fondo de una eterna llanura divisaban una mole montañosa; tras dos horas de avance ininterrumpido, parecían encontrarse en el mismo lugar, prisioneros de un fenómeno parecido al espejismo.

Por primera vez en mucho tiempo, Alicia agradeció la absoluta protección de su indumentaria técnica, diseñada para bloquear las corrientes de aire.

Las múltiples capas de ropa solo resultaban un suplicio cuando sentía la llamada de la naturaleza; cuánto deseó que algún ingeniero hubiera ideado un traje de evacuación rápida como el de los astronautas.

Daniel anunció que estaba agotado; era el momento de buscar un refugio donde plantar la tienda y pasar la noche.

El paisaje continuaba siendo tan uniforme que cualquier rincón de la llanura helada servía.

Cuando terminaron de asegurar el campamento, calcularon que habían avanzado unos trescientos kilómetros en dirección sureste, adentrándose peligrosamente más allá del alcance de la modesta radio de corto alcance que portaban, diseñada únicamente para comunicarse entre ellos.

Un cielo de negrura absoluta se abrió paso en la noche antártica, componiendo un mosaico de estrellas que extasiaba como un jardín de mil colores.

La temperatura había descendido hasta los cuarenta y cinco grados bajo cero; con aquel frío polar dolía hasta pensar.

Enfundada en el hermético saco de dormir, Alicia comentaba su añoranza por el colchón y las suaves y calientes sábanas de la cama de Daniel.

—Al menos nos tenemos el uno al otro. La verdad es que en estos momentos no echo nada de menos —murmuró él, con la mirada perdida en la inmensidad oscura.

—Gracias por ser tan romántico. ¿Tanto te gusta vivir aquí? —le devolvió la pregunta con una sonrisa traviesa que él solo pudo adivinar en la voz.

—Si te digo la verdad, he de reconocer que me encanta.

Es uno de los pocos sitios en el mundo donde se valora realmente la paz y donde la camaradería es algo más que una palabra.

Llevas poco tiempo, pero seguro que pronto apreciarás lo que te digo, aunque siempre se echan de menos otras cosas, incluso tu país.

—Por supuesto que se añoran cosas. ¿Quieres saber algo curioso?

Los últimos días me he dado cuenta de que añoro detalles que en España casi no apreciaba: sobre todo los olores.

El olor de la tierra mojada tras la lluvia, la fragancia de la hierba en primavera, el penetrante aroma de las higueras al atardecer en el patio de mi madre, con el zumbido de una nube de mosquitos revoloteando alrededor...

Bueno, esto ya lo añoraba cuando me fui a Madrid; fue entonces cuando me di cuenta de que había crecido.

Son aromas que siempre acompañarán mi niñez.

En cambio, estos días recuerdo más el olor rancio de la cafetería frente a mi piso, con la mezcla de sus frituras de calamares o sus pinchos de tortilla, el humo del tabaco que subía hasta mi ventana de los rebeldes que soportaban el frío con tal de poder luchar por un grano de libertad...

¡Ah!, y el aroma del café y los churros por la mañana.

—Es cierto, aquí nada huele a nada, ni siquiera nuestros cuerpos. Pero tenemos algo que ellos jamás podrán encontrar. Mira ese cielo.

—Es una preciosidad, y parece tan cercano que casi lo podrías tocar con la punta de los dedos.

—Siempre me ha intrigado el universo; parece tan lejano y a la vez tan frágil. Poder contemplarlo en esta magnitud te da que pensar.

—¿Y qué te sugiere? —inquirió ella, arropándose un poco más contra su hombro.

—No sé, imagino que eso depende del estado de ánimo.

La mayoría de la gente solo mira al cielo para pedir que le solucione algo que no quiere o no puede arreglar por sí mismo.

A mí casi siempre me dice que nuestros días están contados en este mundo, que somos tan insignificantes a la par que importantes como un grano de arena en la playa.

Por eso, cada vez que contemplo una maravilla diferente, doy gracias al cielo por permitirme continuar aprendiendo.

A veces pienso que en eso consiste la vida: en aguardar un nuevo momento de asombro.

Contigo, te puedo asegurar que he cubierto el cupo para varios lustros.

—Definitivamente, tras esa fachada de hombre resolutivo, eres un romántico patológico. Me encantas, me sorprendes, me confundes, pero me encantas —susurró, fundiendo su sonrisa con el silencio del desierto helado.

Daniel sucumbió al cansancio poco después.

Alicia continuaba extasiada con la visión del cielo estrellado y el corazón rebosante de amor; aunque algunas frases de Daniel le sonaban a trozos de lectura memorizada, daba igual, habían vivido un momento mágico.

Se acurrucó junto a él; le gustaba verle dormir.

Ella necesitaba hacer lo mismo o desperdiciaría las dos horas escasas que faltaban para la llegada del amanecer en una noche de poco más de tres horas.

Pero antes estaba obligada al suplicio de acudir a la llamada de sus necesidades.