Huellas bajo el hielo 21 DESENLACE CON SORPRESA #4
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21 DESENLACE CON SORPRESA #4

El viento continuaba soplando a sus espaldas, un mal presagio para los que quedaban en tierra.

Liseng había presenciado el espectáculo unos metros atrás, envuelto en mantas, aún sin fuerzas para sostenerse ni ánimo para recuperar la voz —como si la primera parte de su castigo fuera un férreo voto de silencio, o como si su espíritu permaneciera aletargado en el fondo de un abismo—.

Las ráfagas llegaban cargadas de ecos trágicos, levantando molestas oleadas de hielo que olían a desgracia.

De repente, desde lo alto de la loma, alguien miró al cielo: entre la blanca maraña de nubes bajas y veloces que anunciaban la tormenta, distinguió un punto negro.

Enseguida apartó la vista, pensando que era imposible que un ave fuera tan gigantesca.

El iceberg estaba a punto de culminar su botadura, un instante muy ansiado por Cives: durante el primer experimento advirtió que, según el peso, el bloque se hundiría de distinta manera, y de los cuarenta metros de acantilado, la línea de flotación quedó suspendida hasta detenerse en unos doce o catorce metros.

Entraba dentro de sus cálculos; aquella resistencia al agua —y por tanto a la descongelación— era vital para la travesía.

Goser, desde la proa, comenzaba a despojarse de los nervios.

Sus padres y amigos hacía rato que se habían desdibujado en el blanco borroso de la costa, como pronto lo haría el resto del litoral, donde la tormenta amenazaba con estallar exhibiendo sus cuernos como un toro embravecido.

Nuevos presagios de tragedia acudían a sus ojos cuando, allá arriba en el cielo, creyó distinguir un punto negro.

No le habría dado importancia de no advertir que no era el único; varios a su alrededor señalaban el firmamento con el brazo extendido.

Cives y el grupo en tierra también habían descubierto la anomalía oscura.

¿Qué demonios estaba ocurriendo? ¿Acaso el destino aún no había terminado de vaciar su arsenal de crudezas?

Un par de minutos más tarde, el cielo entero se tiñó de negro sobre sus cabezas; ninguno podía dar crédito a lo que veían sus ojos.

La panza inferior de la nave emergió de entre la bruma con un aire majestuoso, luciendo el intimidante brillo opaco de su negrura.

La puerta de entrada estaba abierta, y desde el umbral, Menrac les miraba con expresión concentrada y una leve sonrisa.

Sobre la nieve, los alenitas rompieron en gritos de júbilo y Kaliani estalló en un llanto de felicidad inmensa.

Un pesado puñal acababa de saltar de su pecho, liberándola de unas ataduras que creía selladas para siempre en su corazón.

De pronto, recuperó algo que creía perdido para siempre: la capacidad de respirar con absoluta naturalidad.

Eufóricos, aguardaban el momento de ver cómo Menrac, la resucitada, hacía descender la nave y se dejaba abrazar, pero la nave continuó surcando el espacio.

Liseng fue el primero en comprender que ellos no eran su destino; la sola visión pareció devolverle más fuerzas que cuatro días de cuidados intensivos.

Intentó erguirse, dejándose ayudar por un par de hombros que temblaban y lloraban de felicidad.

El presidente rebuscó las pocas fuerzas que almacenaba en su interior para enviar telepáticamente toda la alegría que su corazón desprendía.

Menrac, apostada en el umbral de la nave que se alejaba de la costa, pareció recibir el mensaje; concentró su respuesta en una amplia sonrisa y, agitando la mano, estuvo diciendo adiós.

Nadie sobre el suelo lloró su pérdida; celebraban poder despedirse de alguien que estaba viva.

Sobre la cubierta del iceberg, la expectación iba en aumento.

Poco a poco todos fueron girando sus cuellos, y los responsables que vigilaban los primeros avances junto a Goser olvidaron su tarea y emprendieron la carrera hacia el centro, donde la gente comenzaba a arremolinarse.

La sombra negra se agrandaba hasta mostrarse esplendorosa, y fueron los niños los primeros en atreverse a gritar que era la nave lo que se acercaba.

Goser, al ver cómo aquella mancha lejana se materializaba en la nave, comprendió de inmediato lo sucedido; él mejor que nadie conocía la poderosa mente de Menrac.

Su corazón pareció reactivarse de golpe, como si despertara tras un siglo dormido.

Corrió como nunca antes lo había hecho, habiendo sido capaz de volar mientras la nave seguía acercándose, majestuosa, flotando y acariciando las brumosas ráfagas de nieve.

Al llegar a la altura del refugio de piedras, los dos centenares de alenitas contemplaban la escena extasiados, participando de la belleza de un reencuentro.

Lo importante no era recuperar la protección de la nave; lo importante era recuperar la alegría.

Si los alenitas hubieran conocido el significado de la palabra milagro, como tal lo habrían calificado.

Menrac, con absoluta destreza, comenzó el descenso.

El grupo empezó a disgregarse dejando libre un amplio círculo, y Goser tuvo el privilegio de atravesar la explanada para lanzarse a su encuentro y, sin dejar de correr, fundirse con ella en un abrazo eterno.

Ambos habían recuperado la cadencia de sus corazones.