Huellas bajo el hielo 21 DESENLACE CON SORPRESA #3
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21 DESENLACE CON SORPRESA #3

—Papá, mamá, sé muy bien qué os preocupa, escuché vuestra conversación.

Estoy sufriendo mucho, pero también soy consciente del peligro que nos acecha y del papel que me tocará representar.

Me gustaría estar siempre a vuestro lado, pero no puedo volver a la aldea, no puedo sentir la presencia de un alma que ya no está, y la comunidad no puede permitirse mi egoísmo.

Ya habéis jugado bastante con la muerte estos días, y aquí sois más útiles.

No tenéis que preocuparos por mí, os prometo que si en el futuro existe la posibilidad de regresar lo haré sin dudarlo.

A Menrac hace tiempo que la perdí; me hubiera gustado marcharme con la ilusión de que la dejaba a salvo en la aldea, pero...

Os quiero mucho y honraré vuestro nombre, jamás podré agradecer ni una tercera parte de todo lo que me habéis dado.

Quedaos y cuidad de todos, sobre todo de Liseng, él os necesita más que yo.

Kaliani no pudo reprimir el llanto, como tampoco Cives. Los tres se arrebujaron en un abrazo que parecía eterno; así pasaron la noche, su última noche juntos.

Hacia el mediodía el viento había aumentado su fuerza con respecto al amanecer, más de la deseada.

El sol brillaba con un aire triste sobre el mar de guadañas de espuma, presagio de un océano agitado y caprichoso.

Era el momento. Los dos centenares de viajeros estaban ya junto al refugio con los corazones cargados de lágrimas y el miedo a lo desconocido floreciendo como una segunda piel.

Los niños no entendían los cientos de consejos y advertencias que habían recibido y que les mantenían recluidos en las proximidades del refugio; el puente de acceso había desaparecido bajo el asombro de los pequeños.

En esos momentos se ultimaban los detalles de las últimas cargas; si no surgían contratiempos, escucharían dos explosiones por segundo.

Cives dio la orden de prender la mecha con el alma rota.

El viento distorsionaba la cadencia, pero poco a poco el sonido se fue abriendo paso hasta llegar nítido; para unos era como levantar el ancla, para otros como cortar el cordón umbilical.

Con cada trozo de hielo desgajado, el alma parecía dividirse.

Al final de la secuencia, sincronizada para cinco minutos, una potente explosión final ensombreció el poco ánimo que aún sobrevivía intacto.

Todos aguardaron expectantes; nada parecía moverse, pero los viajeros ya sentían bajo sus pies el vértigo de haber abandonado la tierra firme.

Cives comenzaba a temer que todo hubiera sido un fracaso; luego recordó el experimento anterior, cuando aquella pequeña porción tardó unos segundos en ceder, y comprendió que un mastodonte de tal magnitud necesitaba su propio tiempo.

Entonces, un crujido seco rasgó el aire, seguido de otro inmediato, y de pronto pareció como si mil tracas estallaran a la vez en las entrañas de la tierra.

La colosal tensión que aquella masa helada ejercía sobre sus anclajes se desarmó de golpe, despojándose de sus raíces milenarias.

Sobre la plataforma, durante un segundo interminable, vivieron la violencia de un terremoto; luego la sensación mutó en un vaivén vertiginoso, como si se hubieran subido a la copa de un árbol sacudido por la tempestad.

La cara sur comenzó a inclinarse, basculando inexorablemente hacia el océano, del que apenas la separaban un par de metros.

La pendiente actuó como una rampa gravitatoria y el inmenso bloque comenzó a deslizarse con un estruendo ensordecedor, mientras bloques enteros de hielo se desmigajaban y se precipitaban al abismo marino.

Goser y un reducido grupo de valientes vigilaban la arista que en aquellos momentos hacía las veces de proa; al ver cómo la superficie comenzaba a desmoronarse bajo sus botas, recularon con el corazón en un puño.

En su avance, el peso descomunal hundió la proa, que actuó como una cuña afilada y pronto redujo los dos metros de separación a escasos centímetros.

Los crujidos secos desaparecieron, devorados por el sonido brutal y continuo del hielo friccionando contra el hielo, un rugido metálico y helador.

Cives, conteniendo la respiración, sintió una chispa de esperanza: la plataforma avanzaba de una pieza, y si lograba deslizarse diez metros más, el peligro del molesto montículo central quedaría atrás para siempre.

La proa ganaba terreno al mar con una velocidad infame, devorando el espacio con mayor rapidez que la popa sobre el continente, o al menos esa vertiginosa impresión recibían Goser y su grupo desde la distancia, envueltos en una nube de escarcha y miedo.

Los alenitas agitaban los brazos en señal de despedida.

Cives, rodeando con fuerza a Kaliani, lloraba en seco desde lo alto del promontorio al que habían subido buscando seguridad, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

En la retina de la madre quedaría grabada como última imagen la sonrisa de Goser al recibir de su padre una bolsa con decenas de pergaminos, con la promesa de no olvidar sus raíces y el encargo sagrado de difundir su historia.

Para el padre, en cambio, la estampa definitiva de aquella amarga despedida sería siempre la tristeza perenne que reflejaban los ojos vacíos de Kaliani; solo por evitarlos habrían debido subir a aquella nave de hielo que se desplazaba despacio, como con miedo pero sin detenerse, rompiendo todo a su paso, ganando terreno a las olas y cortando hilos de vidas unidos durante generaciones con la misma facilidad con que una guillotina parte un melón.