21 DESENLACE CON SORPRESA #2
Tampoco para Goser fue una buena noche; solo pudo descansar a intervalos breves, atrapado entre pesadillas y llantos secos.
Kaliani no se separó de su lado ni un segundo, meciéndolo como a un bebé.
A lo largo de las horas logró ofrecerle más calor corporal que consuelo, vencida también por el cansancio y por el peso de una jornada que daba la impresión de haberse estirado hasta lo imposible, como si un solo ciclo de veinticuatro horas fuera incapaz de albergar tantas y tan desoladoras vivencias.
Adaus y su grupo no amanecieron alegres tras la vigilia más desgarradora y larga de sus vidas.
Trataban de que la recaída de Liseng —ocasionada por la pelea contra el viento— amortiguase el golpe de la desaparición de Menrac, pero Adaus, un hombre pragmático, puso voz a lo que todos ya temían: resultaría imposible que la joven hubiera sobrevivido, y salir en su busca, con el enfermo y delirante padre navegando en un mar de fiebres, era un riesgo inadmisible.
Kaliani, por su parte, continuaba mortificándose; habían caminado tanto y con tal esfuerzo que jamás sabría en qué momento exacto ocurrió el desenlace.
Engullida por alguna de las innumerables grietas del paisaje o desorientada por una imprevista ráfaga de la tormenta, Menrac había sido una presa fácil para un territorio tan hostil.
A la mañana siguiente, Liseng continuaba inconsciente bajo un cielo cargado de nubes que apenas dejaba adivinar la posición del sol.
Todos despertaron con un vacío en el semblante, como si les faltara una parte de sí mismos.
Muchos tenían en la punta de la lengua el deseo de salir en su busca, pero nadie se atrevió a proponerlo, y menos cuando fueron convocados por Cives para recordarles el terrible presagio de la luna llena de la noche anterior.
Tenían mucho trabajo y cada vez menos tiempo.
Tarvis se hizo la promesa silenciosa de no apartarse de Goser ni un segundo, como si en el pasado hubiera ocurrido algo distinto.
Tras la arenga de Cives, la comunidad unió sus manos formando una cadena de esperanza y amor; durante dos minutos, el silencio de aquellos corazones rotos rindió homenaje a la bella Menrac, una mártir que viviría por siempre en su memoria.
La tristeza se antojaba ya como una pesada cicatriz sobre los ojos de Goser, que deseaba impaciente ponerse en marcha para anestesiar el dolor que ya sentía enquistado en el alma, fundido con su propia piel.
La jornada resultó frenética. Decenas de hombres se dedicaron, bajo la supervisión de Cives, a colocar las cargas explosivas, previa retirada de la nieve congelada que cubría las rocas torcidas.
Arriba, hombres y mujeres se afanaban en construir un refugio en el centro de la explanada; durante horas acarrearon piedras, mientras los niños contemplaban extasiados la belleza azulada del mar, ajenos al terrible peligro que les aguardaba.
El calor acumulado pareció obrar el milagro de devolverles las fuerzas perdidas.
Por la tarde, Cives fue informado de que el presidente había recuperado la consciencia; le tocaba lidiar con el toro más bravo del día.
Aunque inevitable, el rostro de Liseng mostraba un tono azulado, como si por encima de él hubieran pasado dos lustros.
Al verlos reunidos y a salvo, la vida pareció querer volver a sus mejillas, intentando forzar una torcida sonrisa.
La voz le salía a oleadas, desprovista de su habitual y severo timbre.
Cives tomó asiento a su lado, comiéndose las dudas sobre la idoneidad del momento.
Liseng se interesó por la marcha de los preparativos con un hilo de voz, y el científico dibujó un escueto resumen con palabras desapasionadas, anunciando que en dos días estarían navegando. Liseng lamentó no ser de más ayuda.
—Dime la verdad, ¿cómo te encuentras?
—Cansado, y muy viejo, pero no temáis, no necesito nada.
Estoy contento y muy orgulloso... Me gusta comprobar que la comunidad dispone, no de una, sino de muchas oportunidades, de muchas esperanzas...
—hablaba despacio, arrastrando las palabras y deteniéndose para tomar aire entre silbidos de pulmones rotos, hasta que una inoportuna y sucia tos le impidió continuar.
—No te esfuerces, necesitas descansar.
—Tenías razón, siempre la tienes, viejo zorro. Era una locura transportar la nave, debí hacerte caso.
—No pienses más en eso, todos hemos hecho lo que hemos podido.
—Ya lo sé... pero mira dónde me ha llevado mi testarudez. Ahora soy un problema en lugar de una ayuda; confío en que no haya más enfermos.
—No te preocupes, todos están bien.
—Me alegro... Me gustaría ver a mi hija, ¿dónde está?
Aquello fue como si el suelo se hubiera abierto en dos mitades.
Liseng, aun en su lamentable estado, advirtió el cambio que su ruego había causado en quienes le rodeaban: media docena de rostros al borde de las lágrimas.
Confuso y un tanto asustado, clavó sus ojos en los de Cives, y este no pudo esquivar el golpe.
—Verás, por esa razón estamos aquí. No todos pudieron llegar, la tormenta fue muy fuerte... Menrac se perdió hace tres días, nadie pudo hacer nada por ella. Lo siento.
Liseng pareció recibir la noticia como algo lógico, como si en el fondo ya lo tuviera asumido. Cerró los ojos e intentó respirar con normalidad; la imagen resultaba desgarradora, pues algunos intuían que estaba lanzando una plegaria. Después alzó la voz, que ahora parecía llegar desde otro mundo:
—Hace tiempo que la había dado por perdida...
No, no imaginaba que de esta manera, era tan joven.
Prométeme que ayudarás a Goser, es un gran muchacho.
Ninguno merecía un destino tan cruel; solo yo merezco este castigo, ahora lo entiendo, soy el único responsable.
Por favor, dejadme solo, no merezco vuestro apoyo.
Cives colocó una mano sobre el hombro de Liseng buscando palabras de consuelo, pero solo acertó a mostrar su respeto con un prolongado silencio.
El presidente parecía un espíritu irrecuperable, y el grupo comenzó a disgregarse con el alma destrozada.
Jamás habrían imaginado contemplar una escena semejante: el gran presidente, el elegido, el alenita de convicciones más puras, acabado, sentenciándose a sí mismo y aceptando la mayor de las desgracias como un castigo enviado por el cielo.
Para algunos podría parecer egoísta, pero quienes lo conocían —y lo admiraban y temían a partes iguales— sabían que aquella forma de encajar el golpe confirmaba su grandeza; lo lógico habría sido desear la muerte, pero él quería vivir para sufrir el destino que le tocaba, aceptando merecer el peor de los tormentos.
Cives se alejó con los ojos rotos y la persistente sensación de estar separándose de un cadáver, un eco que no lo abandonaría el resto de la jornada.
Al llegar la noche, la colocación de explosivos estaba terminada, no así el refugio de piedras.
Tras unas horas, las rocas sueltas comenzaron a escasear y cada vez necesitaban alejarse más.
Goser, siempre en silencio, no se había relajado ni un segundo; Adaus sugirió entonces que podían utilizar explosivos pequeños para conseguir material, y los constructores celebraron la idea.
Veinticuatro horas más tarde todo estaba preparado: las provisiones quedaban almacenadas en una pequeña choza, construida junto a otra mucho más grande que serviría de refugio principal.
Las fuertes paredes de piedra contrastaban con la endeblez de un techo formado a base de telas, pero no se podía hacer nada mejor con tan escaso margen de tiempo.
El momento inevitable, el que muchos pensaban que nunca llegaría, por fin lo había hecho, presentándose como un precipicio cargado de urgencias.
Kaliani aún esperaba la respuesta de Cives, y este lo sabía; el problema era que todavía no se había decidido.
Aquella noche, mientras se dirigía a la cueva, sabía que no podía estirar más el plazo: si nadie había cambiado de idea, doscientos diecisiete alenitas zarparían, y veintiséis almas destrozadas les despedirían antes de regresar a la aldea...
o dos menos, dependiendo de su resolución.
Cuando llegó a su rincón encontró a Goser, que se preparaba para pasar la noche, interrogando con la mirada el canturrear nervioso con el que su madre intentaba esconder sus tormentos.
Aquella sería la última junto a sus padres; Cives se quedó contemplándolos en silencio, intentando plasmar en su retina hasta el más mínimo detalle, como si pretendiera llevárselo como único equipaje.
Goser miraba a sus padres desde la atalaya de su mundo interior.
Conocía el sentido de aquellos silencios cruzados con los que el matrimonio se interrogaba; imaginaba que escenas similares se estarían repitiendo a lo largo y ancho de la cueva.
Kaliani pretendía descansar sabiendo de quién tendría que despedirse, y Cives continuaba mudo, con la indecisión tatuada, soñando con dividirse para hacer los dos viajes.
Sabía que ninguna madre quiere desprenderse de parte de su alma, pero ella acataría su decisión, y esa responsabilidad suponía el mayor de los frenos.
Había sido capaz de decidir el destino de toda una comunidad y, en cambio, no se atrevía a encaminar el propio.