Huellas bajo el hielo 21 DESENLACE CON SORPRESA
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21 DESENLACE CON SORPRESA

G oser y los demás caminaban hacia el norte.

El viento molestaba más por la sensación de frío que traía alojada que por su intensidad; sobre el suelo, la desesperación se hacía patente y solo sus propias huellas rompían el impoluto estado de la superficie.

La nieve suelta ralentizaba el avance, a primera hora de la tarde algo cambió: encontraron un puñado de piedras amontonadas que señalaban lo que ellos consideraban el sureste.

Eso significaba que sus compañeros habían pasado por allí y que ellos habían seguido una ruta errónea.

Lejos de enfadarlos, el hallazgo envalentonó sus pasos.

Sin detenerse, continuaron siguiendo la dirección opuesta a la marca encontrada.

Tres horas más tarde se toparon con otra señal similar.

El sol comenzaba su declive y, frustrados, reconocieron su fracaso: era el momento de regresar, pues no podían arriesgarse a que la noche los atrapase indefensos.

Al desandar el camino, los recuerdos de la alegría inicial se diluyeron en un silencio pesado.

Goser imaginaba el triste recibimiento de su padre; treinta y seis horas de retraso era un margen exagerado y algo terrible debía haber ocurrido.

Desde lo alto de la colina divisaron las huellas del foso con la amarga sensación de admirar un monumento a la fatalidad: habían pleiteado contra la naturaleza y esta había vencido.

Goser recordó entonces a su madre, Kaliani, la más bondadosa de las mujeres, cuyo espíritu parecía haberse desvanecido.

¡Pobre Cives! Esto lo acercaría irremediablemente a su fin, aunque el propio Goser se reconfortaba vagamente al saber que Menrac al menos estaba a salvo en la aldea.

En el transcurso de los últimos días había comprobado cómo la supuesta invencibilidad de Cives no era más que un mito; su padre estaba mucho más viejo y débil de lo que suponían, doblegado por los elementos.

Pasara lo que pasara, ya nada sería lo mismo, y nadie podía imaginarse que la huida terminara de aquel modo.

Tenían que guardar la compostura al menos hasta llegar al refugio.

Esa idea de refugio actuaba como un inútil placebo frente a la pérdida, mientras el peso de la desgracia amenazaba con quebrantar las últimas fuerzas del grupo.

Goser se sentía cada vez más abatido, como si una fuerza invisible le impidiera seguir avanzando; su pueblo no merecía tanta mala suerte, y su padre sentiría el inevitable peso de la culpabilidad.

El sol comenzaba a esconderse tras la línea del oeste cuando penetraron en el foso. Glomer, de repente, lanzó un grito:

—¡Mirad, son pasos! Decenas de pasos... ¡Están vivos!

El corazón se les aceleró de tal manera que sus piernas olvidaron el cansancio y corrieron sobre el hielo, despojándose de la carga de tristeza acumulada.

Al entrar en la cueva todo fueron risas y abrazos, una marea de brazos abarcándose unos a otros.

Goser no podía creerlo; fue repartiendo besos con cuantos se topaba, aunque por un instante tuvo la extraña sensación de estar recibiendo menos alegría de la que ofrecía.

No hizo caso y continuó adelante, buscando a su madre.

En un rincón encontró a Liseng inconsciente, tumbado sobre una hamaca y abrigado hasta el cuello, con un par de mujeres velando a su lado.

Se acercó a interesarse por su estado; la alegría parecía esquiva en aquel punto, aunque no era por el presidente por quien tocaban a duelo, pues su vida no corría peligro.

Aun así, Goser percibió algo extraño en el tono de Pavi y, un punto asustado, preguntó por el paradero de su madre.

La mujer se limitó a señalar hacia el interior del refugio.

Siguió abriéndose paso entre la multitud con un mal presentimiento sacudiendo sus pasos.

Giró hacia la derecha para esquivar a unos niños que correteaban y entonces vio la espalda de su padre junto a Adaus, que no mostraron un entusiasmo desbordado al verlo.

Kaliani estaba sentada, con el rostro agotado; sin embargo, este se iluminó de manera radical al descubrir a su hijo.

Se levantó cargada de amor y se colgó de su cuello, llenándole la cara y la frente de besos.

Para Goser, sentir cómo su madre empapaba sus mejillas le supo a miel; fue un abrazo tan intenso que barrió de un plumazo todos sus temores mientras su padre, al fin, se sumaba al reencuentro.

Los besos y las lágrimas ya no sabían a felicidad; un nuevo presentimiento irrumpió con fuerza cuando vio que el rostro de su padre era el espejo de un corazón destrozado.

Tarvis apareció en aquel instante, llorando sin consuelo.

¿Qué podía haber ocurrido para un cambio tan drástico?

Minutos antes saltaba de alegría y ahora se desmoronaba.

Los llantos de su madre y los sollozos que nacían a su alrededor le nublaban el pensamiento, mientras ella se aferraba a su cuello con más fuerza, empapándole el pecho de angustia.

Su padre se apartó, rascándose las barbas; Goser lo interrogó con la mirada, pidiendo una respuesta que el viejo no lograba articular.

Incapaz de soportar la incertidumbre un segundo más, separó con delicadeza el cuerpo de su madre.

Kaliani, con los ojos anegados de dolor, evitaba enfrentar su mirada.

Goser le acarició el rostro; aquellos ojos destrozados por la pena se clavaron como un hierro candente en su corazón.

Jamás la había visto así, y lo peor era no comprender el motivo.

Goser intentó serenarse para tranquilizarla, aunque temía sufrir un colapso si aquella agonía se prolongaba. Entonces, su padre volvió a adelantarse, lo miró a los ojos y acertó a pronunciar una sola palabra, consciente de que equivalía a clavar un puñal en el alma de su hijo:

—Menrac.

Y el mundo entero se vino abajo. Las piernas le fallaron y sintió como si un torbellino surgiera del suelo intentando arrastrarlo a las profundidades; todo a su alrededor desapareció.

En la caída arrastró el cuerpo de su madre.

Cives intentó frenarlo, lo mismo que Tarvis, y al final el matrimonio acabó por el suelo mientras Goser quedaba sostenido en brazos de su amigo, como un Cristo recién bajado de la cruz.

Con la ayuda de otro alenita, Tarvis recogió los despojos de Goser y lo acomodó cerca del lugar donde minutos antes estaban sentados Kaliani y Adaus.

Su madre seguía ofreciéndole un consolador abrazo; Goser no podía creerlo, era imposible.

Incapaz de soportar tanta tensión, rompió a llorar sin consuelo.

Cives, de pie, sentía una impotencia infinita; el destino se volvía cruel cuando menos lo merecías, y su bondadoso hijo no merecía aquella desgracia.

Y aun quedaba dar la noticia a Liseng... Cives lanzó un suspiro desgarrador.

—¿Qué piensas, Cives? —dijo Kaliani sin dejar de acariciar la cabeza de su hijo—. Te conozco, no debes sentirte culpable de nada.

—Pensaba en Liseng; la noticia puede acabar con las pocas fuerzas que le quedan.

Kaliani se sintió más enamorada que nunca de su marido, siempre preocupándose por los demás.

—Será duro, pero el presidente es un hombre fuerte; lo superará, todos tenemos que hacerlo. De todos modos, lo mejor será esperar a que recupere el conocimiento.

—Tienes razón, como siempre. ¿Culpabilidad? Es fácil decirlo, pero —y tú lo sabes mejor que nadie— es imposible no sentir como propia una desgracia así.

—No tienes de qué preocuparte, la comunidad jamás hará reproches; todos saben que te has esforzado por encima de tus posibilidades.

—Supongo, pero no es la comunidad quien me preocupa. ¿Qué pensará mi hijo de su padre?

—Sabes que Goser te quiere, y te admira —ambos hablaban con una franqueza desarmada, como si el muchacho no pudiera escucharlos—. Es joven y fuerte, lo superará. El tiempo será lento a partir de ahora, pero es la mejor medicina para un corazón roto; de eso, por desgracia, sé un poco.

—Lo sé, mi amor. Imagino lo duro que fue para ti en el pasado... A veces he pensado que si las cosas hubieran sido de otro modo, mi vida se habría desmoronado, por eso temo tanto por mi hijo.

—Olvida el pasado; es en Goser en quien debemos pensar, y en su futuro. Creo que ambos deberíamos acompañarlo, no es justo dejarlo solo.

Cives la miró perplejo, con una mezcla de sorpresa inesperada y agradecimiento sincero; sabía que aquellas palabras no nacían solo del amor de madre, sino de una profunda complicidad. Sin contestar, se inclinó y depositó un sonoro y tierno beso sobre la frente de Kaliani.

Goser parecía calmado; su padre acarició los rizos oscuros que descansaban sobre el regazo de su madre.

Pero Goser estaba muy lejos de allí, en otro mundo.

Un lugar donde aún era un niño feliz que reía con Menrac, un refugio que había desaparecido para siempre.

Solo evadiéndose de la realidad conseguiría regresar a él; y en esa fortaleza mental honraría su memoria hasta el final de sus días.

El ambiente festivo comenzaba a extinguirse, dando paso a grupos de cuerpos cansados y rostros aliviados.

Afuera, la noche se había presentado como una invitada de excepción y la brillante luna parecía cantar una nana para los alenitas.

El calor al abrigo de las mantas y la seguridad de un techo hicieron el resto para permitir una noche de merecido descanso...

aunque no para todos. La canción de la luna llegaba con un mensaje tenebroso para Cives: era el principio del último ciclo; la bola de fuego llegaría en pocos días.

Se acurrucó en silencio como queriendo guardar el secreto.