Huellas bajo el hielo 20 LA REVELACIÓN #2
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20 LA REVELACIÓN #2

—Alicia, escucha. No creo que seas una mentirosa, solo una solitaria que se aferra a una gran ilusión. Reconoce que, por mucho que desees creerlo, es imposible que sea verdad. Puede que incluso tu padre terminara convencido de una mentira. Pero piensa por un momento...

—No he hecho otra cosa en todo el último año, te lo aseguro.

—¿Y no se te ha ocurrido que si hubiera algo que encontrar en este continente ya lo habrían descubierto? Aquí no se hace otra cosa que explorar; ¡llevan un siglo escudriñando cada rincón de este maldito lugar!

—Claro que lo he pensado, y no una vez, sino miles. Pero yo tengo algo con lo que ellos no cuentan: unas coordenadas exactas.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál era tu plan? ¿Llegar hasta allí y ponerte a cavar bajo el hielo con una pala? Supongo que sabes que en algunas zonas el espesor alcanza varios kilómetros.

—Precisamente por eso necesito ayuda. Tú sabes manejar explosivos y conoces los trucos para sobrevivir en este medio. ¿De verdad piensas que busco el suicidio? ¿Me has tomado por una viuda negra?

Daniel arqueó las cejas, desconcertado por el cambio de término.

—Sí, hombre, la araña esa que primero se acuesta con su pareja y luego se la come. ¿De verdad crees que soy tan calculadora y despiadada?

—No, claro que no. Perdona, estaba frustrado y no he medido mis palabras —admitió él, bajando el tono—. Solo intento que comprendas que tu plan es una auténtica temeridad. Me importas mucho, y no quiero ser el responsable de una desgracia.

—Pues si tanto te importo, demuéstralo: ayúdame, confía en mí. Estoy convencida de que mi padre tenía razón. Y te aseguro que, si tú no estás dispuesto, tarde o temprano encontraré a alguien que lo haga.

Daniel la miró fijamente, con una mezcla de recelo y desconcierto.

—¿Fue solo por eso por lo que te acostaste conmigo?

—No digas tonterías, ¿cómo puedes pensar algo así? Si me metí en tu cama fue porque quise, te aseguro que mi padre no se cruzó en mis pensamientos mientras hacíamos el amor.

Daniel dudó un instante antes de dar un paso al frente y besarla.

Fue un beso cálido y pausado, como el sello de una tregua frágil.

Cuando sus bocas se separaron, Alicia se mantuvo cerca, sintiendo el aliento de Daniel cálido sobre sus mejillas.

En cuanto recuperó el ritmo de la respiración, lanzó el órdago definitivo:

—¿Significa esto que vas a ayudarme? Es tu última oportunidad.

—Necesito valorar los detalles, ver si es mínimamente viable... Dame tiempo.

—Mi barco está a punto de zarpar, es ahora o nunca: o me quedo y nos arriesgamos juntos, o me marcho y ya volveré mejor preparada. Sabes de sobra que lo haré.

Daniel reflexionó unos segundos, sopesando el abismo que se abría ante ellos, antes de rendirse con una media sonrisa.

—No es tan simple, pero será mejor que vayamos a tu barco; se hace tarde —dijo, mientras Alicia ahogaba un sollozo de alivio—.

Tendremos que recoger tu equipaje y avisar al capitán de que te quedas en tierra.

No creas que es fácil instalarse en la Antártida; hay normativas y trámites burocráticos que sortear.

Alicia se colgó de su cuello y lo abrazó con todas sus fuerzas. No sabría decir en qué momento exacto había cambiado de opinión, pero una euforia repentina le recorrió el cuerpo.

—No te imaginas en qué lío me has metido —murmuró Daniel contra su pelo, estrechándola con fuerza.

Mientras Daniel hablaba con el contramaestre del Princess Royal , responsable de los pasajeros, Alicia recogía sus cosas del camarote.

Estaba feliz por el giro de los acontecimientos, aunque no al cien por cien: las reticencias de Daniel eran comprensibles, pero algo en su actitud le dejaba la mosca detrás de la oreja.

No era solo el miedo lógico a una empresa peligrosa; parecía haber algo más latente, una sombra que ella no lograba descifrar.

Aun así, prefirió desterrar las dudas y disfrutar del momento; ya habría tiempo de preocuparse más adelante.

Algunos miembros de la tripulación se despidieron de ella deseándole sinceramente suerte.

Brenda observaba casi con envidia cómo Daniel bajaba la pasarela cargando la maleta de Alicia, devorando una chocolatina con expresión avinagrada.

¡Qué amargo sabía el dulce cuando se antojaba un sucedáneo de la propia felicidad!

De regreso en la base, Daniel dejó la moto y le pidió que lo esperase en la habitación.

Tenía que tramitar la situación de la joven ante los responsables de la National Science, la agencia estatal que controlaba todos los movimientos en McMurdo; un simple formulismo burocrático, pero indispensable para hacer las cosas por derecho.

Sin embargo, al salir de aquellas oficinas, Daniel no regresó de inmediato.

Se dirigió a la parte trasera de una cantina y por segunda vez en menos de veinticuatro horas pidió usar el teléfono satelital.

Durante veinticinco minutos conversó en un fluido español con alguien al otro lado de la línea.

A juzgar por la rigidez de su rostro al colgar y el gesto serio con el que pagó la llamada, la conversación no había sido precisamente plácida.

Cuando se reencontró con Alicia, pasaron el resto de la tarde trazando planes sobre un mapa.

El punto exacto que marcaban las coordenadas distaba de McMurdo un mínimo de mil kilómetros.

Daniel puso el grito en el cielo al comprobarlo; de nada servía pensar en un par de motos de nieve para un trayecto semejante.

Aun así, lejos de acobardarse, recuperó la seguridad:

—No te preocupes. Tengo buenos contactos y sé cómo mover fichas por aquí. No será fácil, pero confía en mí.

Alicia recuperó de golpe toda la ilusión.

Sentía que estaba a punto de protagonizar algo extraordinario, y lo mejor de todo era que Daniel parecía volcado al cien por cien.

Arrollada por una ola de gratitud y euforia, dio un salto para encaramarse a su regazo, cubriéndole la cara de besos mientras la noche antártica empezaba a envolver el exterior desde el refugio de las sábanas.

—Será mejor que descanses. Mañana tendrás que terminar el curso de supervivencia, es el único requisito para conseguir el permiso oficial y sumarte a la expedición. Ahora tengo que salir un rato, pero no tardo —le dijo él, arreglándose la ropa con rapidez.

Alicia se dejó abrigar por el sopor dulce de la tarde, experimentando una extraña sensación de plenitud, como si estuviera viviendo una luna de miel improvisada en el fin del mundo.

Esa noche durmió profundamente, sin pararse a pensar en que dentro de muy poco echaría de menos el confort de una cama seca, unas mantas limpias y la simple libertad de dormir enfundada en un pijama de franela.

Pero prefirió ahuyentar los malos augurios de un plumazo y se entregó al sueño.