Huellas bajo el hielo 20 LA REVELACIÓN
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20 LA REVELACIÓN

P asaron la mañana recorriendo las instalaciones de la base.

La curiosidad del día anterior había cedido ante una tensión distinta, una complicidad sutil que anticipaba un final inevitable: una despedida formal con promesas vacías que nadie pensaba cumplir.

Alicia, sin embargo, estaba ausente, atrapada en el vértigo de tener que confesarlo todo.

Sabía que verbalizar un secreto que carcome por dentro nunca es sencillo, y que las palabras exactas siempre llegan tarde.

Inexperta en confidencias profundas —acostumbrada a hablar solo con su reflejo—, temía expresarse mal y arruinar la única puerta abierta que le quedaba en aquel viaje.

El miedo actuaba como un freno constante, alimentado por las advertencias de Daniel y las dudas celosas de Rachel, despojando de romanticismo su aventura.

Después de todo, ¿qué buscaba en realidad?

¿Limpiar el nombre de su padre? Las huellas de aquella civilización perdida parecían más una quimera que una prueba real.

Y aun si el descubrimiento le otorgaba fama mundial, ¿era Daniel la persona indicada para compartir ese peso?

¿Arriesgaría él la vida por un sueño ajeno?

El tiempo se agotaba: su barco zarpaba en dos horas. La sola idea de regresar al mar sola, derrotada y atrapada de nuevo en su gris rutina la sacudió por dentro. No había más margen para la duda; era el momento de actuar.

—Vamos a tu habitación, estoy cansada de ver laboratorios —dijo deteniéndose en seco.

Daniel esbozó una sonrisa torcida, intentando aligerar la atmósfera—. ¿Prefieres experimentar con esta cobaya?

—No, bueno... no me tientes. Pero necesito que hablemos a solas y con un poco más de tranquilidad.

Caminaron unos metros en silencio hasta que Daniel volvió a tomar la palabra, visiblemente receloso:

—No estarás otra vez dándole vueltas a aquello. Creía que había quedado claro que es una locura.

Alicia esperó a doblar el pasillo antes de responder, guardando las palabras para cuando estuvieran a salvo de miradas ajenas.

—Por eso mismo. Déjame explicártelo todo cara a cara; necesito que hablemos sin esta ropa térmica que me hace sentir incómoda y fuera de lugar.

—No estoy seguro de que sea buena idea —suspiró él, rascándose la nuca—. Creo que voy a arrepentirme, pero vamos. A veces sois indescifrables.

Al entrar al cuarto encontraron al compañero de habitación con un libro entre las manos y los pies estirados sobre la litera.

Aunque Alicia no dominaba el inglés, bastó un intercambio de miradas cómplices entre los dos hombres para que el americano cerrara el volumen, recogiera su chaqueta y se despidiera con un guiño discreto antes de salir.

Cuando la puerta se cerró, un silencio espeso llenó el espacio. Daniel se acomodó en el borde de la cama, a la expectativa, con una mezcla de cautela y deseo en la mirada. Alicia, en cambio, libraba una batalla interna para encontrar la primera palabra, el inicio de un camino sin retorno.

—¿Te gustaría ser famoso? —preguntó al fin.

Daniel parpadeó, más descolocado que sorprendido—. ¿De qué estás hablando?

—Y tal vez rico. Aunque la riqueza y la fama suelen ir de la mano... —hizo una breve pausa, dejando en el aire un destello de desafío antes de continuar—: Escúchame bien. Voy a contarte una historia. Aceptes o no mi propuesta, necesito que me prometas que guardarás el secreto. Es vital para mí.

Daniel se incorporó, dio un paso hacia ella y volvió a sentarse, nervioso.

—En este preciso instante no puedo comprometerme a algo así, ni siquiera sé si estoy capacitado para cargar con algo parecido. Además, ¿por qué yo? Apenas hemos compartido un par de días. ¿De verdad crees que es suficiente?

—Porque he confiado en ti de la manera más absoluta —replicó ella, sosteniéndole la mirada—. Para mí no has sido cualquiera. Me gustaría pensar que lo nuestro ha significado algo más que un desliz fortuito, más allá de que el amor no quepa en esta ecuación.

Daniel bajó la vista, con expresión apesadumbrada—. Perdona. Tampoco estoy orgulloso de cómo lo manejé. De haber sabido el valor que tenía para ti, habría actuado de otra manera.

—Si yo no lo lamento, tú tampoco deberías hacerlo. Alguien tenía que ser el primero, dejémoslo así.

—Agradezco tu franqueza, pero la verdad es que ahora mismo me siento utilizado —murmuró él, frotándose las manos.

—No digas tonterías y céntrate en lo importante. ¿Puedes guardar el secreto o no?

—Está bien, lo prometo —cedió él con un gesto de resignación—. Pero vete al grano, porque empiezo a asustarme.

—Bien. Ahora cállate un momento y déjame explicarme; entenderé que quieras salir huyendo cuando termine.

Daniel forzó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—¿Recuerdas que te dije que apenas llegué a conocer a mi padre?

Desapareció cuando yo era muy pequeña, y lo hizo aquí, precisamente en el continente blanco.

¿Llegaste a oír hablar de aquel programa de televisión que conmocionó al mundo hace años?

Un supuesto científico enmascarado aseguró en directo haber inventado una máquina capaz de alterar el tiempo. ¿Te suena?

Daniel asintió despacio, frunciendo el ceño, aunque no mostró la estupefacción que Alicia aguardaba. A pesar de ello, continuó el relato con voz firme:

—Pues bien. Aquel presentador era Juan Luis Santander, mi padre.

Y, según parecía, el único ser sobre la tierra que conocía la verdadera identidad de aquel científico.

Cuando el personaje nunca volvió a dar señales de vida, el mundo entero lo tachó de fraude monumental.

Hace unos meses, al cumplir veintiún años, recibí su diario secreto.

En sus páginas descubrí la verdad: en un arrebato de pánico, él mismo había destruido las pruebas definitivas.

Años después, consumido por el remordimiento, quiso limpiar su nombre y el de su amigo viajando hasta aquí en busca de los vestigios de una civilización olvidada.

Un error de cálculo arruinó el primer intento; el segundo le costó la vida a él y a los dos operarios que lo acompañaban.

Alicia tomó una profunda bocanada de aire, sintiendo que el peso de los años por fin se desprendía de sus hombros, antes de lanzar la pregunta definitiva:

—He venido para rescatar su memoria y demostrar que no era un embaucador. Si encontramos esas ruinas, no solo lavaremos su nombre, sino que legaremos al mundo un descubrimiento histórico. Sé a qué nos enfrentamos, pero ya que estamos aquí... ¿quieres ayudarme a hacerlo realidad?

Daniel se levantó y empezó a caminar en círculos por la habitación.

Con cada giro silencioso, la tensión crecía en el pecho de Alicia.

Comprendía que tuviera dudas, lo que no alcanzaba a entender era por qué callaba, como si estuviera sopesando asuntos que a ella se le escapaban.

Cuando la incertidumbre amenazó con desbordarla, rompió el silencio con brusquedad:

—¿Es que no vas a decir nada?

—¿Y qué esperas que te diga?

—No lo sé. Que estoy loca, que vas a ayudarme, o que no cuente contigo... ¡Lo que sea, por el amor de Dios, pero di algo!

Daniel frenó en seco y la miró fijamente. Al ver la expresión de asombro en su rostro, Alicia se dio cuenta de que estaba gritando.

—Tranquilízate, por favor —le pidió él con voz pausada—.

Comprendo que esto es vital para ti, que sientes que se lo debes a tu padre, pero reconoce que es una locura.

Cuando era pequeño, recuerdo haber oído comentarios sobre aquella emisión; hace un par de años, con un amigo, curioseamos en internet.

Todo el mundo lo dio por zanjado como un fraude.

Hay quien incluso sostiene que fue un experimento sociológico, algo parecido a La guerra de los mundos . ¿entiendes lo que quiero decir?

Alicia asintió despacio, sintiendo que la rigidez de su rostro se relajaba un poco.

—¿Y ahora pretendes que arriesguemos la vida por una fantasía basada en un show televisivo?

—¿Crees de verdad que es mentira? Explícame entonces por qué mi padre escribió un diario y se aseguró de que solo llegara a mis manos.

—Por favor, Alicia, no seas ingenua. Si redactó un diario, ¿no se te ha ocurrido que tal vez lo hizo precisamente para eso? Para alimentar la farsa o justificar de cara a los suyos un viaje al fin del mundo.

—No me estás escuchando —replicó ella con firmeza—. Te acabo de decir que lo guardó durante años en el interior de un compartimento secreto al que solo yo, al cumplir la mayoría de edad, tendría acceso. ¿De verdad crees que un padre carga a su única hija con una mentira deliberada?

—Explícate mejor. ¿Cómo llegó exactamente a tus manos?

Alicia le resumió los detalles de aquella visita a la caja de seguridad, omitiendo nombres y localizaciones exactas, como si la desconfianza hubiera vuelto a instalarse entre ellos de golpe.

—No es por poner en duda tu palabra, pero suena a argumento de novela de aventuras.

—¿Qué intentas decir? ¿Que de tal palo, tal astilla? —saltó ella, con los ojos brillando de rabia—. ¡Lo que me faltaba por oír! Será mejor que olvidemos el tema.

Agarró su parka roja del respaldo de la silla, dispuesta a salir huyendo de rabia. Daniel reaccionó de inmediato y le cortó el paso.

—Venga, no te enfades, no pretendía llamarte mentirosa ni faltarle al respeto a tu padre.

Solo intento procesarlo: me cuesta creer que una chica como tú, inteligente y con la cabeza bien amueblada, haya cruzado el planeta para embarcarse en algo tan arriesgado guiada solo por la memoria paterna.

Y encima pretendes que nos sumemos a un suicidio colectivo al estilo Romeo y Julieta.

—Adiós, Daniel. Ya he escuchado bastante —dijo ella con la mano en el pomo de la puerta, la voz temblorosa por la frustración—. Olvida todo lo que te he contado. Confío en que al menos sepas cumplir tu promesa de guardar el secreto.

Daniel se acercó con suavidad e intentó que Alicia lo mirase a los ojos; la decepción en el rostro de ella era evidente.