Huellas bajo el hielo 19 ENTRE NIEVES #5
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19 ENTRE NIEVES #5

La caravana abrazó a sus rescatadores con mayor ilusión que fuerzas.

No sería sencillo, pero de repente se sintieron a salvo.

Adaus escuchó aterrado las noticias sobre Liseng; era muy peligroso, pero si les habían encontrado a ellos, ¿por qué no a los otros?

Una docena se presentó voluntaria, con Adaus en cabeza.

Seguir su rastro no sería tan difícil como luchar contra la tormenta; cuanto más demorasen la decisión, peor.

La caravana aventajaba al enfermo solo unas horas —al menos eso suponían—, pero en pocas horas llegaría la temible oscuridad. No había tiempo que perder.

El grueso del grupo continuó su avance hacia el sur, espoleados por la aparente cercanía del destino final y la seguridad de hallar marcas indelebles al viento, marcas que tres de sus rescatadores se encargarían de buscar.

Cives y Goser gozaban de la protección del foso para seguir colocando las cargas.

El viento se colaba en el interior de la zanja y soplaba huracanado, como si el túnel excavado fuera la tobera de un reactor; resultaba un trabajo metódico que, pasadas tres horas, se tornó rutinario.

Era fácil desconcentrarse; sobre sus cabezas el viento soplaba molesto, depositando toneladas de nieve sobre el hielo excavado.

Los miles de metros de mechas extendidas pronto desaparecerían de la vista; era inútil continuar trabajando, así que decidieron refugiarse y esperar acontecimientos.

La espera se hizo tensa las dos primeras horas, insoportable las dos siguientes, y desesperante una después, cuando tras la tormenta se divisaban los contornos de la noche.

Con la oscuridad, el viento parecía haber encontrado la libertad que frenaba su avance; ahora mostraba toda su crudeza y poder.

La sensación de desamparo que se vivía en el interior resultaba aterradora cuando los pensamientos se trasladaban a la caravana, que imaginaban indefensa y lejana, con lo peor de todo: la impotencia de no poder luchar contra los elementos.

Solo cabía confiar que la comitiva hubiera encontrado un refugio, aunque la esperanza no es sinónimo de fe.

Era ya noche cerrada. Goser y los suyos intentaban cerrar los ojos; dormir era acelerar el paso de la tempestad, que ahora parecía vivir a su alrededor desde el principio de los tiempos.

Cives se arrebujaba entre las mantas, escudriñando la aullante oscuridad exterior, implorando el favor del cielo.

Un sentimiento de culpabilidad no le dejaba cerrar los ojos; hacía rato que desistió de matar la espera con los cálculos mentales.

Aquel viento del interior hubiera sido un gran aliado para empujar al gigantesco iceberg hacia el mar, ¡lástima que también pudiera ser mortal para la carga!

Confiaba en que la luz de la mañana se llevara la tormenta y trajese buenas noticias.

Y llegó el nuevo día. La tormenta persistía, aunque con la intensidad de un hermano menor. Cives abrió los ojos con la sensación de no haber dormido más allá de un pestañeo; el resto no parecían despiertos, para todos había sido una larga noche. Mejor les dejaba descansar.

Salió del refugio y se encaminó a inspeccionar las cargas colocadas el día anterior.

Cuando llegó, observó preocupado cómo una tupida capa de nieve ocultaba los cordones; si no la quitaban, se volvería hielo, anulando el poder de las mechas.

El viento parecía haber cambiado de color; soplaba gélido pero limpio, tal vez ya no quedaba más nieve suelta con la que atacar.

Pensó que el trabajo serviría de placebo contra la preocupación y regresó a la cueva.

Al entrar los encontró reunidos; parecían estar preparándose. Goser se acercó a su padre.

—Vamos a buscarlos, no podemos seguir más tiempo preocupados. Horas se quedará contigo —dijo Goser.

—Es una locura, no puedo permitirlo —respondió Cives.

—Está decidido, papá; no te preocupes, rastrearemos por los alrededores, solo el tiempo suficiente para regresar antes de la caída del sol.

—No puedes hacerle esto a tu viejo padre.

Ya estoy bastante preocupado con dos grupos vagando por ahí, ¿pretendes que ahora sean tres?

Olvidadlo. He repasado las cargas, parecen estar bien, pero hemos de retirar la nieve de encima de las mechas antes de que se congelen y logren que nuestro plan fracase.

—Tranquilízate, Cives, te lo ruego; de nada servirán las cargas si no tenemos a nadie a quien salvar —terció Glomer con vehemencia, un amigo de Tarvis.

—Piensa en mamá —intervino Goser con una cara de súplica que partió el alma de su padre.

—No pienso en otra cosa, hijo, no pienso en otra cosa.

—Pues entonces déjame ir en su busca.

Cives reflexionó unos instantes.

—Sé que es una locura, pero adelante. Entiendo vuestro ímpetu, solo espero no tener que lamentarlo.

Veinte minutos más tarde, Cives sintió un vacío inmenso a su alrededor.

De repente el refugio parecía una cárcel de cristal; la agradecida compañía de Horas no era suficiente.

El resto de su vida había desaparecido tras la montaña y el miedo no ofrecía otro consuelo que la desesperación.

Ni el trabajo pendiente servía de acicate; Glomer llevaba razón, sin alenitas que salvar de nada valían sus esfuerzos.

Horas se acercó con timidez, como temeroso de importunarle, y extendió los brazos ofreciendo un poco de comida. Cives agradeció el detalle, aunque era incapaz de tomar un bocado: un nudo gigantesco taponaba todo su ser.