Huellas bajo el hielo 19 ENTRE NIEVES #4
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19 ENTRE NIEVES #4

Kaliani tomó la decisión: cargarían al enfermo y se arriesgarían.

Los dos jóvenes se alegraron; por fin tenían algo que hacer.

Con cuidado colocaron a Liseng en la hamaca mientras las mujeres recogían sus pertenencias y desmontaban la tienda, sin abrir la boca, cada una inmersa en sus preocupaciones: Kaliani en la peligrosa travesía que se avecinaba, y Menrac cabizbaja y triste por tener que abandonar la nave en medio de la nada.

Era la culpable del estado de su padre, un esfuerzo descomunal que ahora se revelaba gratuito.

¡Qué cruel destino, luchar y casi entregar la vida por un fracaso!

Emprendieron la marcha con el viento atizando con fuerza sobre sus espaldas.

La superficie de la nave, ya parcialmente escondida por un manto de nieve, parecía dirigirse a la joven con la triste mirada de una mascota abandonada.

Pronto desaparecería de la vista, engullida por el desierto de hielo; seguro que su padre, una vez restablecido, intentaría recuperarla.

Y el viento seguía azotando su columna vertebral, dificultando cada paso, borrando cada vez más rápido el rastro dejado por la caravana horas antes.

¿Habrían llegado ya? ¿Cómo estarían los niños en medio de aquella furia blanca?

Si al menos su padre estuviera bien, ahora viajarían confortables en el interior de la nave.

Caminaba tan agobiada y triste que, abstraída por el cansancio, resbaló.

El pie izquierdo se dobló bajo el peso de las ropas con un crujido seco, seguido de un pinchazo de fuego que le recorrió toda la pierna.

La pilló tan desprevenida que cayó de bruces contra la nieve.

Una ráfaga helada la atravesó como un millar de agujas, robándole el aliento.

Intentó incorporarse con rabia, pero la tormenta se cebó con ella, empujándola de nuevo hacia el suelo. De pronto, el pánico la congeló por dentro: al levantar la vista, la espalda de Kaliani y el grupo habían desaparecido.

Gritó. Lo hizo con todas sus fuerzas, pero el bramido del viento devoró su voz antes de que saliera de sus labios. Sobre la superficie blanca ya no quedaba ni rastro de huellas; la ventisca lo había borrado todo en segundos. Estaba desorientada. Estaba sola.

El recuerdo de Goser cruzó fugazmente por su mente, un espejismo absurdo en medio de aquel infierno blanco.

¿De verdad importaba todo aquello ahora?

Si moría allí congelada, enterrada por la nieve, el amor y las dudas juveniles dejarían de tener sentido.

La vacuidad del futuro se redujo de golpe al metro cuadrado de hielo que la rodeaba.

Con el corazón galopando desbocado, apretó los dientes para contener el grito de dolor de su tobillo herido y sacó fuerzas de donde creía no tener.

No podía rendirse. Quince minutos antes aquello parecía un paraíso de esperanza, y ahora se había convertido en una trampa mortal; pero si iba a luchar por su vida, tendría que hacerlo a ciegas contra el blanco absoluto.

Pensó en su padre y en Goser. Un paso adelante, corto e indeciso; el tobillo le dolía horrores, caminar resultaría un suplicio.

Volvió a caer. No merecía la pena moverse; si al menos cesara la tormenta tendría una posibilidad, pero el viento cegador era su enemigo más despiadado.

¿Para qué gastar fuerzas? Estaba claudicando, vencida.

Sobre el suelo, el viento arreciaba con virulencia.

Con las manos excavó un hoyo y se cubrió, decidida a esperar la muerte.

Su mente volvió a volar en busca de su padre; al menos no estaba solo, Kaliani y los chicos cuidarían bien de él.

Como tampoco lo estaba Goser; ahora ya no le sería tan dura la marcha, era joven, volvería a enamorarse, esperaba que fuera feliz, se lo merecía.

Las lágrimas se volvían hielo sobre sus mejillas, el corazón latía despacio.

Seguir pensando resultaba doloroso, respirar era como tragar pan seco.

De repente había dejado de sentir frío, el tobillo ya no dolía, todo su cuerpo era una punzada de dolor.

Un dulce sueño se estaba apoderando de ella.

La razón y la conciencia, aparentemente intactas, le estaban mostrando un camino lógico para salir de aquella su situación.

La tormenta silbaba sobre su cabeza, y esta vez no era una pesadilla, era real.

Notaba cómo perdía el control de su mente, y allí acabó todo.

No sentía frío, ni dolor, ya ni siquiera escuchaba el viento.

Decidió no resistirse más; lo mejor es dejarse ir.

El equipo de Adaus corrió alborozado cuando divisó la abigarrada cabeza de la caravana que luchaba contra el viento, arremolinando a los indefensos niños.

Avanzaban formando una pared, temiendo que el viento les robara algún pequeño cuerpo.

La visibilidad en ocasiones no alcanzaba los diez metros.

Adaus y los suyos llevaban cinco horas caminando entre las dunas de nieve con la incertidumbre de no saber a ciencia cierta cuánta distancia habían recorrido; una hora después de partir les había sorprendido la tormenta, como si alguien hubiera tapado el cielo con una manta de nubes y en el interior del continente hubieran puesto en marcha un gigantesco ventilador para convencer al minúsculo quinteto de que diera marcha atrás.

Por esta razón habían optado por ir dejando marcas que les señalaran el camino de vuelta: cuando la tormenta les concedía una tregua y divisaban rocas sueltas, las colocaban en forma de punta de flecha.