19 ENTRE NIEVES #3
Kaliani regresó acompañada de dos alenitas jóvenes y fuertes.
La caravana avanzaba hacia el sur, descabezada a la vista por una pronunciada pendiente; en pocos minutos ocurriría lo mismo con la cola.
Kaliani auscultó al enfermo: la temperatura no había subido, podía ser buena señal, pero nunca se está del todo seguro, —dijo en tono de escusa a la joven—.
Liseng había cambiado las tiritonas por un profundo sueño que en ocasiones parecía agitado; por el momento no podían hacer otra cosa que esperar.
Menrac la escuchó secándose los ojos mientras observaba al par de jóvenes que construían una hamaca para transportar al presidente.
Kaliani pidió paciencia; consideraba que de momento era muy peligroso mover al enfermo.
Menrac se levantó de manera resuelta, la escuchaba caminando hacia atrás: tenía que intentar algo, anunció.
Cruzó los doscientos metros que la separaban de la nave, decidida a levantarla del suelo y salvar a su padre.
Cuando la tuvo delante, hurgó en su interior en busca de la concentración; tardó un rato, pues la amalgama de sentimientos que surcaban su mente no le concedían el respiro suficiente.
Se obligó a recordar los consejos que su padre le había dado para buscar la concentración.
Los pocos segundos que logró centrar su energía mental en los contornos de la nave no lograron hacer que esta siquiera se moviera.
Vencida, se dejó caer de rodillas; la nieve recibía oleadas de frustración que imparables caían en cascada en forma de lágrimas.
Sentía estar recibiendo un castigo merecido.
El foso estaba casi terminado. En tres días habían logrado una faraónica empresa: tres mil seiscientos metros en el lado oeste y cuatro mil doscientos entre los tres tramos de las aristas del este.
La cara norte se había perforado dejando un pasillo central de ocho metros de anchura para que sirviera de puente.
La dureza de algunos tramos hacía desconfiar a Cives de la eficacia de los potentes explosivos preparados para la ocasión; como la caravana aún no había llegado, decidieron hacer un experimento.
Sobre la esquina sureste que daba al mar cavaron un nuevo túnel —lo que significaba desechar treinta metros de plataforma, un mal menor—.
El científico hizo los cálculos y se colocaron los explosivos; el grupo lo tomó como un simulacro práctico donde todos aprendían algo.
Las cargas se colocaron a lo largo del perímetro con un intervalo de un metro, esperando que la onda expansiva atravesara la base como si fuera un cuchillo cortando mantequilla.
Cuando Goser prendió la mecha con la ayuda de los apreciados sílex, corrió para resguardarse.
En pocos segundos se escucharon una serie de zambombazos que sonaron como una metralleta a cámara lenta; la última carga estaba colocada en el centro de la cara norte, de mayor potencia, para que su intensidad señalara que el peligro había pasado, aunque en realidad estaba diseñada para actuar como un hacha, cortando las amarras del iceberg.
El silencio que nació tras la deflagración final podía cortarse con un sable.
De pronto un crack corrompió la quietud, rompiendo la monotonía cromática de los expectantes rostros.
Cives, ya fuera del parapeto, se estaba impacientando; otro fuerte crack precedió a una serie de sonidos huecos, como una fila de maderos de hielo que se estuvieran tronchando en cadena.
El rectángulo, del tamaño aproximado de una pista de tenis, se balanceó de izquierda a derecha; acto seguido, como si de la botadura de un barco se tratara, se deslizó hacia el mar con suavidad.
Los alenitas gritaron jubilosos: aunque con suspense, el experimento había sido un éxito.
Felicitaron a Cives coreando su nombre; el científico era el único que no mostraba euforia.
Inquieto por naturaleza, nunca estaba satisfecho al cien por cien, y su mente ya volaba haciendo cálculos para el siguiente paso: robarle a la tierra un pedazo de hielo treinta veces mayor que el que navegaba delante de sus ojos.
Mecido por las corrientes que morían en la costa, a la deriva, el iceberg se escoraba hacia la derecha.
En tierra, los alenitas continuaban la celebración, pisoteando con pasos de baile el suelo que minutos antes estaba pegado al indefenso iceberg.
La superficie mostraba los estragos producidos por el explosivo, unos surcos alargados que se perdían en las paredes laterales con túneles de varios metros de profundidad que Cives estudiaba, valorando la valiosísima información.
El pequeño iceberg continuaba en su viaje errático; los jóvenes se despedían con burlas del minúsculo bloque.
Si la corriente no cambiaba de dirección, en pocos minutos chocaría con las rocas que formaban el acantilado de la cara oeste.
Adivinar la trayectoria congeló saltos y cánticos: unidos los brazos sobre los hombros, sin perder de vista al iceberg, la alegría había desaparecido.
Ahora pretendían advertir al pedazo de hielo que desviara su derrota, soplando unos, con los brazos otros.
El bloque de hielo parecía una marioneta en manos de las corrientes marinas, pues pensaban que el suave viento de la costa no influía lo suficiente, solo el agua.
Cuando estaba a punto de chocar, la corriente pareció cambiar de rumbo, haciéndolo virar hacia el sur, hacia mar abierto.
Aun había esperanzas para el pequeño, pero la maniobra no fue suficiente; era tarde.
Una parte del iceberg chocó; durante un segundo la nave de hielo parecía indecisa en cuanto a qué rumbo tomar.
El viento tardó unos segundos en traer el sonido de la realidad, pero este se hizo perceptible: estaba a punto de partirse en dos.
La embestida además produjo daños en la parte superior del acantilado, que se defendió del ataque lanzando pedazos de hielo y rocas que cayeron a plomo sobre la cubierta del iceberg.
El pánico era evidente; se imaginaban las consecuencias si allí hubieran viajado los alenitas.
Si antes había un indefenso pedazo de hielo, ahora eran dos peleles a la deriva que poco a poco bifurcaban sus destinos, como dos hermanos separados por una guerra.
Aquello terminó por evaporar los restos de alegría que quedaban; por si acaso no lo sabían, aquello era un desafío del mar, una muestra de su poder.
Cives intentó tranquilizarlos: la fortaleza de su iceberg sería cien veces superior, no tenían que preocuparse.
Su nave de hielo lograría vencer el escollo de las corrientes costeras y su gente estaría segura en el centro, a centenares de metros de posibles choques o ataques del acantilado.
Goser rubricó la charla con una sonrisa que pretendía mostrar la confianza depositada en su padre, solo fachada; en su interior no las tenía todas consigo, pues él estaría encima del iceberg.
Adaus aprovechó el momento para lanzar al aire una cuestión que en realidad corroía las entrañas de todo el grupo, incluido Cives, aunque este jamás se atrevería a ponerle voz: la caravana se retrasaba, estaba prevista su llegada para veinticuatro horas antes y aún faltaba bastante para el ocaso.
El pobre Horas propuso, con mucho atrevimiento por su parte, que, ya que allí estaba casi todo el trabajo terminado, ¿por qué no se organizaba una expedición que saliera en su busca?
Adaus lo aceptó como si fuera una idea novedosa y original y de inmediato se presentó voluntario.
Cives dudó, pero sin apenas vehemencia, y enseguida dio su aprobación al proyecto.
Una hora más tarde, cinco voluntarios a las órdenes de Adaus subieron la lengua de nieve y desaparecieron tras la montaña por donde esperaban regresar con los dos centenares de compañeros y familiares.
La fiebre había desaparecido de Liseng, aunque en su interior persistían los rescoldos de unas vivencias que recordaba reales.
Había visto cómo era atacado por monstruos infernales que escupían fuego y desgarraban miembros; había sobrevolado millones de litros de aguas enfurecidas, olas de espuma rojas como la sangre; sintió cómo se sumergía y cómo luchaba por atrapar el aire que se le escapaba.
Creyó haber muerto y estar en el paraíso prometido, embargado por la paz —no podía ser otro lugar—.
Abrió los ojos y se encontró en un océano de nieve y, a escasos centímetros, las dos mujeres más importantes de su vida que se ocupaban de él. No podía elegir mejor compañía; si aquello no era el paraíso, era lo más cercano a la salvación.
Cerró los ojos y los espectros regresaron, vomitando nieve y frío.
Menrac palpó la frente de su padre; la temperatura parecía normal y dormía profundamente. Kaliani estaba de acuerdo: la fiebre había remitido. Era el momento de desmontar el campamento, administrarle una nueva ración de medicinas y partir.
Anter y Zuskas, los dos jóvenes que las protegían aguardaban impacientes y preocupados.
A pesar de sentirse útiles, no les agradó la idea de separarse del resto; una larga y ociosa espera te hace sentir impotente y no encuentras más que desventajas.
El aire llegaba ululando con intermitente intensidad y, aunque en un principio parecería imposible, cada vez sentían más frío.
Aquel lugar, a los pies de una montaña, se veía ahora despojado de toda seguridad.
Sin la compañía de doscientos seres, no se antojaba el mejor lugar para afrontar una tormenta —ningún lugar lo es para cinco seres aislados que se sentían indefensos—.