19 ENTRE NIEVES #2
Los veintidós se reunieron en torno al científico en cuanto lo vieron aparecer, dispuestos a ponerse bajo sus órdenes y comenzar con los preparativos.
Grosso modo sabían que la idea era cavar un foso alrededor del perímetro para colocar las cargas explosivas, y que si el plan de Cives funcionaba, aquel gigantesco bloque de hielo, alojado entre dos montañas, se convertiría en un enorme iceberg donde los alenitas abandonarían la tierra que les vio nacer en busca de los territorios que, según contaban las leyendas de sus antepasados, se ocultaban tras la línea del horizonte salado.
La mente del científico había calculado que con un cuadrado de cinco o seis mil metros de lado sería suficiente para surcar el mar con el mínimo de garantías antes de que este se deshiciera por la elevada temperatura del agua.
Cuando vio el mapa, creyó poder fabricar un témpano de hielo el doble de lo necesario, pero aquella pequeña cima —que no se elevaba del suelo más de un par de decenas de metros— estaría pegada al suelo de manera piramidal.
Eso, además de un serio problema logístico, presagiaba que resultaría imposible despegar el bloque entero de una pieza.
El grupo entendió al instante los temores de Cives.
Acto seguido se encaminaron hasta la base del estorbo en forma de montaña, que tenía un perímetro de unos cincuenta metros.
El científico eligió el costado más alejado de la futura arista oeste y, apoyándose con pequeños explosivos, comenzaron a cavar.
A los pocos metros aparecieron las rocas; continuaron excavando y, tal y como esperaban, la montaña seguía hacia abajo y hacia el este.
El orificio practicado alcanzaba treinta metros de largo y otros tantos de profundidad; no había necesidad de continuar, al menos, sin pretenderlo, disponían de un helado refugio contra las tormentas.
El hielo parecía firme encima de sus cabezas.
Cives se apartó, necesitaba tranquilidad para replantear los cálculos: podían conseguir un iceberg la mitad de ancho, pero disponían del doble de explosivos; en cierto modo era un alivio.
Sus cálculos no podían fallar, o eso creía.
Al llegar la noche reunió al grupo y expuso su plan, que como cabía esperar aceptaron sin fisuras.
Formó dos equipos y programó las actividades para el siguiente día: con la ayuda del explosivo cavarían un profundo foso alrededor del valle, donde al final colocarían las cargas especiales que habían fabricado para la ocasión.
El equipo número uno comenzó el trabajo en la esquina noroeste y el otro en la opuesta, partiendo de la base de que el acantilado frente al mar que debía convertirse en la proa sería la arista sur.
Un mar que desde que habían llegado ninguno dejó de vigilar, como si esta recogiera sus temores, como si les intimidara el peligro que escondía bajo las brumosas olas que chocaban acariciando la costa escarpada de más de cuarenta metros de altura.
Al final del día, el grupo del oeste había excavado un foso de siete metros de ancho, diez de profundidad y setecientos cincuenta de largo; el del este, de treinta de profundidad y solo quinientos de largo.
La anchura variaba conforme a la dureza del hielo, que se empeñaba en presentar bolsas de aire; bolsas que tras la detonación se convirtieron en cuevas, útiles para dejar el hielo sobrante, pero peligrosas para la resistencia del bloque.
Así lo indicó Cives, quien alabó el trabajo realizado, pero anunció que, si querían tener la obra terminada dentro del plazo establecido, al siguiente día deberían triplicar la cantidad de metros.
Eso apagó un tanto los ánimos: antes de aquel comentario se sentían cansados, pero satisfechos tras una larguísima jornada de duro y peligroso trabajo.
A la mañana siguiente decidieron colocar cargas más potentes.
Al llegar la noche estaban de acuerdo en que el día había resultado bastante provechoso: el equipo oeste tenía tres mil metros excavados y casi dos mil quinientos al otro lado.
El equipo número dos solventó el escollo de la montaña con una gran dosis de ingenio a la hora de ubicar los explosivos.
A última hora, Cives había decidido ensanchar al máximo las posibilidades de los viajeros; una vez el foso atravesó la montaña, dobló a la izquierda, de este modo el resultado no sería un bloque compacto y cuadrado, sino una figura trapezoidal de seis lados.
Liseng se sentía agotado. Ni se había quejado ni pensaba hacerlo, y eso que notaba cómo le dolían partes del cuerpo que ni siquiera recordaba que existían.
Que la moral no bajara era una de sus prioridades; si desde la salida agradecía la bonanza del tiempo que los había acompañado, esa mañana hubiera deseado que el viento soplara con fuerza para tener una excusa ajena y poder recuperar fuerzas.
Siempre se había distinguido por soportar con ejemplaridad las bajas temperaturas, por eso se preocupó cuando notó cómo tiritaba de frío; la cabeza parecía a punto de estallar.
La comitiva se preparaba levantando el campamento.
Menrac había transmitido a los líderes que encabezaban la marcha su preocupación por la precaria salud de su padre y, siguiendo su consejo, el grupo decidió aliviar la presión sobre el presidente obligando a los niños a caminar.
Pero no era el peso lo que consumía las fuerzas de Liseng, era la responsabilidad de la vida de los pequeños alenitas, el futuro de su raza.
Menrac se sentía terriblemente turbada; su padre no mostraba signos de haber descansado.
Cuando acarició sus mejillas sintió un calambrazo de pánico: estaba ardiendo.
Corrió en busca de ayuda; la primera que encontró fue a Kaliani, la mejor curandera de la aldea.
Pasó de largo —la historia aconsejaba buscar otra candidata—, pero continuó dudando, sabía que ella era la mejor y una de las pocas que aún no formaba parte de la caravana que ya descendía la meseta helada.
—Mi padre tiene fiebre, creo que está muy enfermo.
Kaliani no mostró ningún reparo e inmediatamente se puso en marcha.
Solo ella sabía la lucha interna y los mil reparos que su corazón sentía; llevaba decenas de años sin dirigirle la palabra.
Cives lo había perdonado —no podía aprobar sus actos, pero con el tiempo llegó a entenderlos, sobre todo si se ven con la óptica de la juventud, una insensata juventud enamorada—.
La bondad de Kaliani quería ayudarlo, pero su alma se resistía.
Antes de terminar de agacharse reconoció que Liseng estaba realmente grave.
Con determinación, pidió a Menrac que fuera a buscar sus cosas al tiempo que desenrollaba un pañuelo de su cuello y lo empapaba con la nieve.
El presidente apenas si demostró sentir alivio sobre frente y cuello; permanecía inmóvil, con los ojos cerrados.
Kaliani no sabía si por pudor o porque no tenía suficientes fuerzas para levantar los párpados; de todas maneras, agradecía no tener que enfrentarse a aquellos ojos penetrantes que tanto daño le habían causado, lo que facilitaba su trabajo.
Menrac regresó con un hatillo entre las manos que entregó con la preocupación escapándose entre el resuello perdido por el sprint.
Kaliani extrajo unas telas y las desenvolvió junto a sus pies; de un pequeño frasco de piedra cogió con la punta de los dedos una pequeña cantidad de un polvo blanco que dejó en la palma de su otra mano, dejando el frasco en el suelo y tapándolo.
A continuación, se levantó, buscó un poco de nieve limpia de encima de las telas que formaban el techo del refugio y lo mezcló con los polvos, amasándolo con los dedos antes de introducirlos en la boca del enfermo, que aparentemente ajeno a cuanto ocurría a su alrededor se dejó hacer.
Menrac alargó el brazo ofreciendo una vasija con agua.
La curandera se aclaró la garganta con un generoso trago; hacía rato que lo necesitaba, pues allí estaban atascadas decenas de reproches almacenados durante media vida.
Después dio de beber al presidente sujetándole la mandíbula, sin poder evitar que el líquido se derramara entre sus dedos y bajase por el cuello.
Con una experta mirada comprobó que la comisura de los labios parecía limpia, sin restos de la medicina.
Acto seguido, con el semblante más relajado, volvió a empapar el pañuelo en la nieve y lo dejó refrescando la frente del presidente.
Suspirando, se giró y se dirigió a Menrac:
—Ahora solo falta esperar. Nos quedaremos con él; si la medicina funciona, en unas horas la fiebre bajará. Es aún muy fuerte, todo saldrá bien, ya lo verás. Voy a informar al grupo.
Menrac se tumbó junto a su padre, dispuesta a regalarle el calor de su cuerpo.
Liseng temblaba; bajo sus párpados parecía librarse una dura batalla, una intensa y fantástica actividad.
Su voz era inaudible, pero de tanto en tanto lanzaba un gemido al que seguía una sonrisa que se desvanecía con la llegada de un nuevo escalofrío que le hacía castañetear los dientes.
Menrac lo abrazaba con fuerza; tenía miedo, mucho miedo.
No había previsto que los acontecimientos se produjeran de esta manera.
Instantáneamente pensó en Goser: si su padre desapareciera, no tendría razones para quedarse allí, y por un segundo se alegró de no estar en la aldea.
Instantáneamente se arrepintió; no podía desear que su padre muriera.
No solo contaba ella; los días precedentes le habían mostrado que no era un individuo, era parte de algo, de una comunidad que se deshacía, acechada por un terrible peligro y obligada a embarcarse en una odisea.
Era en el resto en los que tocaba pensar, no en su maltrecho corazón, pero la juventud es siempre egoísta y el amor no entiende de democracias.