Huellas bajo el hielo 19 ENTRE NIEVES
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19 ENTRE NIEVES

E l cielo estaba cubierto, las nubes veteadas de gris y blanco volaban por encima de sus cabezas dibujando sombras de mentira que reptaban a sus pies.

Cuando Cives abrió los ojos, su primer pensamiento fue para el grupo que aproximadamente a esa hora imaginaba estaría abandonando la aldea; visualizó una hilera de caras tristes y asustadas con las espaldas cargadas y a las mujeres mayores al cuidado de los niños, para evitar por medio de la disciplina que se desperdigaran.

Embargado por un sombrío sentimiento, rogó al cielo que guiara sus pasos hasta que los dolores de sus extremidades lo devolvieron a la realidad.

Y la realidad no distaba mucho de la visión de Cives.

Un numeroso grupo de hombres jóvenes encabezaban la marcha, formando parejas para repartir la carga alojada en el interior de hamacas sujetas sobre los hombros; habían reforzado las angarillas con cuerdas rodeando los fardos para facilitar el sorteo del accidentado camino.

Entre los adultos el silencio era sobrecogedor; con los primeros pasos, se presentó la nostalgia, anegando ojos y rompiendo corazones.

Se despedían de rincones que atesoraban un pasado feliz.

Los ancianos que habían decidido que no tenían fuerzas suficientes para afrontar el viaje ayudaban como podían, solo podían hacerlo ocultando las lágrimas de un alma rota en mil pedazos.

Para los niños, en cambio, era imposible dejarse vencer por el desaliento; sentían la emoción ante un día de excursión.

Solo sus gritos y risas ponían una nota de calor en el gélido aire que se respiraba.

Liseng supervisaba los preparativos sin poder ocultar la cara de entierro que lo acompañaba; sentir la tristeza de aquellas miradas y la forzada sonrisa de su hija mientras colocaba las ropas de abrigo sobre los diminutos cuerpos infantiles consumía las pocas energías positivas que pretendía irradiar.

Esa jornada el clima no era el más idóneo.

Sobre sus cabezas volaban veloces nubes atigradas; a ras de suelo, en cambio, el viento no era más que una ligera brisa.

Algunos de los que se quedaban propusieron la idea de aplazar la salida para el siguiente amanecer, alegando el peligro de que la brisa se convirtiera en huracán.

El presidente no les hizo caso; resultaría inhumano repetir el sufrimiento que la aldea estaba sintiendo.

Dio la orden de partir y más de doscientos seres se pusieron en marcha.

Las ancianas entonaron tímidamente una canción infantil para que las voces de los niños levantaran la moral del grupo.

Durante bastante rato resultó efectivo, justo hasta que el cansancio comenzó a apoderarse de los pequeños, que necesitaban el doble de pasos que los mayores.

Hacía ya bastantes kilómetros que las maravillas del paisaje habían dejado de sorprenderles, y ni las historias engañaban a sus piernas para continuar caminando sin protestar.

El presidente les seguía en la distancia, un ojo puesto en el cielo y el otro en la vereda de pasos que dejaba el grupo entre la nieve.

Cuando había llegado al llano elevado donde había dejado la nave, se desanimó bastante: los vientos de la noche habían pintado la superficie metálica de un blanco premonitorio, acumulando tal cantidad de nieve a su alrededor que esta parecía haberse hundido un metro.

Su primera intención fue despojarla del sobrepeso; ayudándose de las manos, lanzó paletadas a su espalda, soltando la rabia acumulada y propinando patadas a la indefensa nieve, descargándose de toda la tristeza recogida minutos antes. De haber estado solo, hubiera llorado.

A los pocos minutos comprendió que era inútil; aquel trabajo le llevaría horas.

Caminando hacia atrás se separó y, en pocos segundos, logró concentrarse.

La nave se elevó con alegría; vio cómo la nieve se desparramaba de los costados, devolviendo la solidez perdida a la estructura.

El hueco del suelo quedó intacto, como si alguien hubiera construido una piscina con paredes de nieve.

La caravana avanzaba ligera; las dos mujeres que caminaban a su espalda al poco rato perdieron de vista la cola del grupo, afortunadamente no su rastro.

El poder de concentración de Liseng era tal que durante horas soportó el camino como si en realidad viajara en el interior de la nave; no sentía ningún cansancio, y eso le dio una idea.

La caravana de alenitas se detuvo a descansar antes de lo previsto.

Los más pequeños llevaban horas encaramados en los brazos de madres y abuelas, algunos padres obligados a compartir sus fuerzas entre la carga y sus vástagos.

La nave volaba majestuosa a cierta distancia; verla flotar era señal de que todo marchaba según lo previsto.

Los niños no querían cantar, ni tampoco caminar, solo parar y protestar, hasta que inventaron una carrera contra la nave que se acercaba a sus espaldas, lo que los mantuvo entretenidos durante algunos kilómetros.

La primera noche llegó sin sobresaltos reseñables; el viento había cesado como apoyando la huida.

El grueso del grupo llevaba dos horas descansando cuando vieron llegar a Liseng con los brazos extendidos y la nave flotando a pocos metros de su cabeza.

Un par de alenitas le salieron al encuentro para indicarle el lugar reservado para que la nave pasara la noche, el refugio de los niños, aunque ya casi todos dormían arrebujados entre mantas y con sus madres como colchón.

La voz del presidente parecía serena, casi alegre; en cambio, sobre su rostro estaba esculpido el esfuerzo que aquel cuerpo llevaba soportando todo el día.

Hasta que no se dejó caer no advirtió cuán fatigado estaba.

Se dejó atender por Menrac, que solicita ofreció agua y comida; la primera la disfrutó con avidez, en cambio se obligó a llenar el estómago con apenas cuatro bocados.

Pronto el silencio se extendió por el campamento, instalado al cobijo de una duna de hielo en polvo.

El sueño se apoderó de aquellos cuerpos fatigados; a la mayoría apenas le asaltaron remordimientos por lo dejado atrás, sumando al largo día de caminata el hecho de que apenas habían cerrado los ojos la noche anterior.

El segundo día se cubrió una tercera parte más de camino.

Liseng había puesto en práctica su idea: los más pequeños viajaban en el interior de la nave.

Liseng se dejó apoyar por su hija y, efectivo o no, la confianza del presidente aumentó, con lo que logró avanzar con mayor rapidez.

A la soltura y tranquilidad que supuso el confinamiento de los niños —entretenidos por dos asustadas profesoras— se unió la permisividad de la región que atravesaban, plana y limpia bajo un cielo brillante y despejado.

La caravana no se detenía por miedo a perder el poco calor que conservaban sus cuerpos, a la mayoría le costaba seguir los consejos de Cives y comer el doble de lo habitual.

Al llegar al final de la llanura helada se detuvieron.

Los niños armaron un gran alboroto cuando por fin pudieron salir y deshacerse de las energías almacenadas, momento que aprovecharon para corretear cerca de sus padres, que cansados escuchaban el relato de las emociones vividas sobrevolando los cielos.

La noche les sorprendió con poco sueño y muchas ganas de jugar.

La tercera jornada supuso un calco de la anterior, solo que no pudieron mantener el mismo ritmo: el terreno se había vuelto abrupto y resbaladizo.

Si Liseng la segunda noche parecía agotado, al dejar la nave posada junto al tercer campamento no le quedaban fuerzas ni para beber; buscó un lugar confortable y se acurrucó para dormir.

Menrac estaba preocupada; por el rostro de su padre parecía haber transcurrido una década entera, no tres días.

Bajo la arrugada piel se adivinaban los contornos de los huesos y sus ojos languidecían en tonos grises, casi funestos; lejos quedaba la vigorosa e hipnótica mirada que lo caracterizaba.

Para colmo, había rechazado la comida. La tensión del día junto a su padre y el cuerpo regado de agujetas no bastaban para dormir; si su padre no mejoraba, al día siguiente se vería obligada a sustituirle.

Angustiada por la certeza de no estar preparada, Menrac no podía cerrar los ojos.

Había escuchado las previsiones: aun faltaban al menos dos jornadas completas para alcanzar su destino, aunque la misma voz había suavizado el comentario afirmando que, como mal menor, el resto del camino era un continuo descenso...

Demasiado cerca cuando no quieres llegar.

Cives se levantó como un resorte, recuperando de pronto la preocupación con la que se había dormido.

El grueso del grupo merodeaba curioseando por los alrededores.

Desde su posición elevada contempló el valle que venían buscando: un osado rayo de sol se colaba entre las brumosas nubes, dejando un haz de luz que marcaba el centro exacto de la hondonada.

A solo doscientos metros de donde estaba, recuperó el motivo de sus preocupaciones: una molesta cima emergía en medio de aquel glaciar perfecto.

Conocía su existencia, pero en el plano dibujado por la expedición de Adaus las distancias eran erróneas; estaba dos veces más cerca de lo que suponía.

Lo que la noche anterior fue una molesta sospecha, ahora se convertía en un temible contratiempo, en un serio problema.