18 UNA NOCHE DE HOTEL
L a ducha había sentado bien a Daniel. Cuando regresó, Alicia tardó unos segundos en reconocer el cambio. Se había afeitado y el cansancio de la cara había desaparecido casi por completo. Tenía los ojos más despiertos y una sonrisa que parecía reservarse para ella.
—Mucho mejor —dijo él—. Ahora sí parezco una persona.
Alicia sonrió, pero no respondió.
Daniel volvió a ocupar la silla frente al ordenador y retomó su explicación sobre la estación, la noche antártica y aquel extraño mundo que, pese a llevar millones de años allí, parecía haberse construido para desconcertar a cualquiera que llegara por primera vez.
Alicia escuchaba a medias.
Las palabras de Rachel seguían dando vueltas en su cabeza.
No es quien aparenta.
Había intentado quitárselas de encima. No tenía sentido. Rachel apenas conocía a Daniel. ¿Qué podía saber de él?
—¿Te estoy aburriendo?
Alicia levantó la vista.
—No.
—Eso ha sonado exactamente como un sí.
—Estoy cansada.
Daniel la observó durante unos segundos. Dejó la silla frente al ordenador y se sentó junto a Alicia.
—¿Te encuentras bien?
—Solo estoy un poco cansada, ha sido un día largo.
—Es cierto. Si te apetece, apago la luz y nos dormimos.
—No sé, parece la hora de la siesta —el reloj marcaba casi la medianoche y, tras la ventana, se colaba una fuerte luz de media tarde.
—Bajaré las persianas. Dime la verdad, ¿no te ocurre nada? No estoy seguro de qué es, pero… pareces distinta a la chica que dejé aquí antes de ir al baño. Solo por curiosidad, ¿de qué has hablado con Rachel?
—De nada en particular. Me ha preguntado de dónde era, si era tu novia, cosas de chicas.
—Es increíble, hasta en el fin del mundo se cuelan las cotillas —dijo Daniel con un tono ligeramente sarcástico.
—Oye, no te metas con el sexo femenino. Los hombres sois igual de curiosos.
—Curiosos, no cotillas. Es parecido, pero no igual.
Daniel zanjó el tema con una sonrisa ligera, sin intención de enfrascarse en discusiones absurdas. Alicia, por su parte, tampoco tenía ganas de alargar el debate; su mente estaba en otra parte.
—Si te apetece dormir, por mí vale —dijo Daniel observándola con fijeza—, pero la verdad es que me gustaría saber qué te ocurre. He pasado un día estupendo a tu lado, ¿he hecho algo que te haya molestado?
—No, solo que…
Alicia dudó un segundo antes de decidirse a cruzar la línea.
—Perdona, Daniel, pensarás que estoy loca, pero... ¿de qué conoces a Rachel?
Sorprendido, Daniel se apartó un poco.
—De nada, es solo una vecina. Los primeros días salimos a tomar unas cervezas y dar un paseo, nada más. ¿Por qué lo dices? ¿Qué te ha dicho realmente?
La voz de Daniel había perdido la dulzura anterior para adoptar un matiz cauteloso que Alicia tradujo inmediatamente como una postura a la defensiva.
—No es solo lo que ha dicho, intento averiguar por qué lo ha dicho —respondió ella, clavando los ojos en los suyos—. Ha venido a advertirme de ti.
—¿Sobre mí? ¿Qué te ha dicho? ¿Que soy Jack el Destripador o algo así?
—Ha dicho que no eras quien aparentabas, que llevas aquí poco tiempo y que cuando llegaste no dejabas de hacer preguntas.
Daniel reflexionó unos segundos. Esbozó una sonrisa calculada, intentando suavizar la situación y disimular cualquier rastro de tensión.
—Alicia, creo que tu presencia ha desatado los celos de alguien. Es normal que un recién llegado se interese por el lugar al que llega, ¿no? Cuando vine nos hicimos amigos, nada más. Al encontrarte en mi cuarto, imagino que se ha sentido desplazada; en realidad, deberías sentirte halagada.
Daniel alargó un brazo y acarició la mejilla de Alicia con dos dedos, apartando con el pulgar el pelo que le caía sobre la cara.
Aún quedaban restos del agua de la ducha, pero la piel desbordaba calor.
Extendió la mano hasta la nuca, masajeando con firmeza.
Fue acercándose al tiempo que presionaba ligeramente para atraerla.
Alicia palpitaba con fuerza; el eco de la advertencia de Rachel zumbaba en su cabeza, pero la cercanía de Daniel, su olor y el calor de su cuerpo anularon cualquier resistencia racional.
Al diablo con las sospechas, pensó. Si él estaba jugando con ella, sabía devolverle la jugada.
Con los ojos cerrados y el cuerpo envuelto en un ardor incontrolable, recibió los labios de Daniel.
Fue un beso intenso, apasionado, largo, donde el mundo exterior desapareció por completo.
Sentía la respiración y la lengua de Daniel recorriendo su boca, mientras las manos fuertes y expertas de él recorrían su espalda por encima del pijama.
Sin saber muy bien cómo, se descubrieron aferrados el uno al otro, con los cuerpos pegados en una electricidad febril que dejó atrás cualquier duda.
A los pocos minutos de terminar, con las respiraciones aún aceleradas, Daniel se había quedado profundamente dormido.
Alicia se quedó un momento en silencio, contemplándolo en la penumbra.
Aquello había sido puro instinto físico, una descarga de adrenalina compartida.
¿Por qué no profundizar en ello? Con unas pocas caricias deliberadas bajo las mantas, Daniel se despertó de inmediato y satisfizo sus deseos volviendo a colmarla de placer de un modo diferente, igualmente intenso.
Al terminar, apenas hablaron; solo se miraron en la oscuridad hasta dejarse vencer por el cansancio.
Fuera del cuarto comenzó a adivinarse el bullicio de la nueva jornada: puertas que se cerraban, pesadas botas recorriendo los pasillos y saludos a gritos.
Alicia despertó sintiendo el vacío del lado de Daniel, que ya estaba sentado frente al ordenador.
Tras enfundarse el pijama arrugado, emergió de las sábanas para encontrarse con la mirada segura del joven.
—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó él.
—¿No tienes que trabajar?
—Me he tomado la mañana libre. Es tu último día en la Antártida; el hielo lleva aquí millones de años, creo que puede esperar unas horas.
—Me parece una buena excusa. Tengo hambre, vamos a desayunar y luego a dar una vuelta. Si te parece, me gustaría ver dónde trabajas.
—Está un poco lejos, podemos ir en moto, pero te aseguro que allí no hay mucho que ver.
—Bueno, tenemos tiempo, ¿no?
—El barco zarpará al mediodía y el campamento de mis biólogos está a dos horas de ida y otras tantas de vuelta.
—Vale, pero es posible que no suba a ese barco —soltó de repente, a modo de provocación.
Daniel la miró con genuina sorpresa, abriendo los ojos de par en par.
—Oye, Alicia, no me malinterpretes. Me ha gustado mucho conocerte y lo hemos pasado genial, pero este no es un lugar para una chica como tú.
—Voy a darme una ducha, tengo hambre y luego hablamos.
Daniel guardó silencio, desconcertado. Alicia se levantó y salió de la habitación sin mirar atrás.
Mientras el agua caliente resbalaba por su piel, intentó ordenar sus pensamientos.
Descartó la idea de que Daniel tuviera malas intenciones; su reacción anterior solo parecía la de alguien preocupado por los peligros del entorno.
Pero la advertencia de Rachel seguía ahí, martilleándole la cabeza.
¿Y si Daniel investigaba cosas por su cuenta?
¿Y si sus propios objetivos y los de él estaban más cerca de lo que creía?
Cuando regresó al cuarto, Daniel ya estaba vestido. Alicia comenzó a ponerse con desgana todas las capas de ropa térmica, sufriendo la tortura habitual de la big red parka, las botas pesadas y el pasamontaña.
Afuera, el clima no era tan ideal como el día anterior.
El cielo estaba surcado de nubes grises y el viento levantaba ventiscas de nieve ligera.
Llegaron al bufé del restaurante, que a esas horas mostraba un aspecto casi desierto.
Con una bandeja llena de dulces y dos tazas de café aguado, Daniel intentó retomar la conversación para disculparse por su tono anterior, pero Alicia ya estaba a otra cosa.
Tenía claro su siguiente movimiento. No iba a revelar el verdadero motivo de su viaje, ni el nombre de su padre desaparecido.
Pero jugaría sus cartas: vendería una verdad a medias, lo justo para ponerlo de su lado, aprovecharse de su experiencia en el terreno, acceder a sus contactos...
y, de paso, seguir disfrutando del juego.