Huellas bajo el hielo 17 LA PARTIDA #2
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17 LA PARTIDA #2

Si a eso añadíamos que la altura conlleva una reducción de oxígeno, era fácil sufrir hipoxia: sientes una fatiga extrema, tus movimientos se ralentizan, la vista se nubla, de repente sientes una falsa sensación de euforia y autocontrol.

Si no eres consciente de ello, puedes sufrir o provocar un accidente.

La falta extrema de oxígeno en la sangre se manifiesta con la decoloración de la piel, que se vuelve azul comenzando por uñas y labios.

Afortunadamente, Cives ya estaba descansando y la cueva era agradable.

El enorme esfuerzo que había supuesto la primera jornada se doblaba para el longevo cuerpo en baja forma del científico, que inmediatamente se sumió en un profundo sueño.

Cuando cerró los ojos, tenía la sensación de poder dormir tres días seguidos, algo que siempre había considerado una pérdida de tiempo, ya que acostumbraba a descansar solo lo necesario —en su caso, dos horas menos de la media—.

La noche transcurrió rápida en el interior; descansaban merecidamente.

Adaus y Goser fueron los primeros en despertar; el joven despejó una parte de la entrada para renovar el aire viciado.

El viento soplaba con fuerza en el exterior.

Uno tras otro fue levantando las cabezas, a algunos les llevó unos minutos ubicarse, desentumeciendo los músculos por medio de estiramientos de brazos, cintura y espaldas.

Horas estaba casi tan cansado como la noche anterior; el dolor le punzaba desde las plantas de los pies hasta el cabello.

Cives dormía a su lado plácidamente. Horas remoloneó entre sus mantas para ver cómo su mentor despertaba.

Por un momento, un mal presentimiento voló por su cabeza: el viejo científico no se movía.

¡Pobre!, estaba tan cansado que sería el último en levantarse, eso lo haría sentirse herido en su orgullo.

Horas esperaría y le evitaría la humillación; de todas maneras, ya estaba acostumbrado a las burlas desde pequeño.

De repente, se lo quedó mirando con cariño.

La pequeña porción de rostro visible entre los rizos canosos y la arrugada túnica mostraba una extraña decoloración, un tono oscuro, amoratado, algo poco habitual en su raza de piel pálida.

El miedo lo agarrotó de golpe. Si Cives había perecido, todo estaba perdido; para él en particular era algo más grave que el fin del mundo que se avecinaba. Su corazón latía a mil por hora.

Por un momento sopesó la posibilidad de estar soñando. Movió un pie hasta hacerlo chocar con el tobillo contrario. ¿Dolía? Sí. Maldita sea, no estaba soñando.

Percibió voces quedas a pocos metros, y Cives continuaba inmóvil.

Aguzó la vista para ver mejor el rostro del científico, buscando la ilusión de ver cómo respiraba, pero el pecho no se movía bajo las ropas.

Horas estaba empezando a sentir un cosquilleo nervioso, como un hormigueo que recorría toda su piel.

Nada en el rostro de Cives parecía tener vida.

Aún en su mermada mente, la idea de que debía actuar era algo lógico, aun así, le llevó un par de minutos decirle a su cuerpo que se pusiera en movimiento.

Estaba aterrorizado. ¿Qué pasaría ahora?

Cives no era solo importante para él —que lo era y mucho—, era un pilar insustituible de la comunidad, y más aún en aquella huida.

Se odió por no haber prestado más atención a lo largo de todas las horas que habían pasado juntos, en especial al mapa que había estado colgado en el laboratorio las semanas previas.

Se odió por no ser más inteligente, al menos como los demás, como Goser.

Bueno, estaba Goser; él sentiría una pena mayor que la suya.

Horas ya la estaba sufriendo, igual que estaba experimentando lástima por Goser, con lo bueno que siempre era con él, mejor que un hermano.

Y Cives continuaba inmóvil. Pobre Cives, ¿qué sería ahora de ellos?

Bueno, ya estaba bien de lamentarse, tenía que levantarse y afrontar la realidad.

¿Y cuál era la realidad? No se atrevía ni a pensarlo.

¿Cómo sería capaz de decirlo en voz alta a los demás?

Cives muerto y todo en sus manos... Menos mal que estaba Goser.

Pero no, ¡horror!, si Goser estuviese en el centro con los viajeros, tendría que ser él quien se quedara y accionara los explosivos.

Aquello lo cambiaba todo. Fingiría que no le importaba, tendría que sacrificarse, no podía hacer otra cosa, se lo debía al difunto.

Venga, atrévete, levántate y sé un héroe, tienes que dar la alarma.

Con parsimonia, como si su cuerpo pesara cien toneladas, empezó a levantarse. Cuando por fin estuvo de pie, no supo qué hacer. Piensa, Horas, piensa.

Junto a la entrada, Goser hablaba con Tarvis; Adaus y un par de alenitas escuchaban a su lado.

El tiempo parecía haber empeorado, la visibilidad era insuficiente para proseguir la marcha con garantías de éxito, eso le pareció entender; tendrían que esperar a que el tiempo mejorase.

Bueno, no hay mal que por bien no venga, podrían seguir descansando.

Ahora sí que no sabía qué hacer: si no decía nada y se hacía el despistado, sería otro quien encontrara el cadáver, evitaría pasar a la historia como el descubridor de la muerte de un gran hombre.

Dio un paso, era incapaz de mirar a Cives, resultaba demasiado doloroso.

Los oídos le pitaban y le dolía la cabeza, estaba un poco mareado, como si fuera a desmayarse.

No estaba acostumbrado a pensar en algo concreto durante tanto tiempo, y la duda de si abrir o no la boca le martilleaba en la frente.

No, tenía que ser valiente. Dio otro paso, esta vez algo más corto, cogió aire y abrió la boca para dar la noticia.

—¿Qué haces ahí como un pasmarote?

¿De dónde había venido aquella voz?

—Horas, ¿te encuentras bien?

Miró a su derecha. La túnica de Cives había resbalado despejándole la cabeza; esta salía del cuerpo como la de un pato atrapado en un montón de ropa, pero estaba vivo, hablando y consciente.

Goser escuchó la voz de su padre y se acercó.

La cara del anciano era todo un poema; por cortesía e intentando no parecer condescendiente, se interesó por su estado de salud, sin atender a las excusas que Cives componía por no haber sido el primero en levantarse.

Goser ni lo escuchaba; le aconsejó que continuara descansando, pues la montaña estaba rodeada por una tormenta.

Cuando regresaba junto a Tarvis, repitió la recomendación a Horas, que permanecía de pie como un poste, con una sonrisa bobalicona más exagerada de lo normal.

Nadie lo supo nunca, pero pocas veces a lo largo de su vida sentiría tanto miedo como esa mañana; nunca pensó que daría gracias al cielo por ser tan lento.

Gracias a ello evitó una falsa alarma de consecuencias imprevisibles.

Aunque mermado mentalmente, entendía que su presencia entre los viajeros era francamente poco aconsejable, por no decir prescindible; lo prudente sería no causar problemas.

Tres largas horas más tarde, el viento cesó de improviso. Cives, bastante recuperado, aunque sentía que le dolían hasta las ropas, acordó con Adaus que era el momento de reanudar la marcha.

Cuando terminaron de bajar la montaña, comenzaron el ascenso de otra.

Esta no resultó ni la mitad de peligrosa que la anterior, y la promesa formulada por Adaus de que una vez sorteada tendrían el premio del descanso animó al grupo.

La mentalidad de Cives era bien distinta; como si la experiencia del día anterior le hubiera enseñado lo que otros necesitaban aprender en años, le costaba un mundo avanzar y tirar de su cuerpo, pero solo se escuchaban sus palabras de ánimo en medio de aquel silencio sobrecogedor de nieve y rocas.

Comenzaba a oscurecer cuando divisaron el valle helado que venían buscando.

Desde la cima, a todos les pareció un lugar ideal, aunque todos sin excepción sintieron que estaban muy lejos de su casa.

En aquella zona, el grupo de Adaus no había encontrado cuevas ni ningún otro refugio, así que desplegaron una serie de telas, comenzaron a apilar los explosivos y levantaron paredes con la nieve.

Extendieron las lonas hasta formar un triángulo con el suelo y la pared de nieve, logrando algo parecido a un techo.

Era un refugio precario, pero suficiente para esperar la llegada de la luz del sol.

El cansancio les ayudó a sentir una confortabilidad de la que el improvisado refugio carecía por completo.

Cives tardó un rato en poder dormir; había observado el valle entre las primeras sombras del ocaso, y algo sin especificar le había llamado la atención.

Solo había mirado durante unos segundos, pero fueron suficientes para dejarlo intranquilo.

Los años y el cansancio pudieron con él; se durmió con un mal sabor de boca colgado en sus pensamientos.

Esperaba con ansias haberse equivocado, pero para eso debía aguardar la luz del sol.