Huellas bajo el hielo 17 LA PARTIDA
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17 LA PARTIDA

A daus, Tarvis y Cives comandaban la fila de veintidós alenitas.

Goser y Horas les seguían ocupando los puestos de retaguardia.

Partieron muy de mañana, cargando sus espaldas con fardos de explosivos, las mechas y los enseres necesarios para el viaje.

El resto de la comunidad, a las órdenes de Liseng, partiría dos días más tarde siguiendo otra ruta más larga, presumiblemente muy fría, pero sobre el papel más segura.

Estimaban que, si todo salía como estaba planeado, tenían cuatro días de intensa y gélida caminata antes de reunirse con la avanzadilla que acababa de salir.

Goser era sin duda el alenita más triste del planeta.

Aunque ningún rostro dibujaba sonrisas, el joven no solo estaba a punto de dejar atrás una parte de su pasado: se marchaba sin ni siquiera disponer de la oportunidad de despedirse de Menrac, lo que lo entristecía aún más que la propia marcha en sí.

Con cada paso que Goser hollaba en la nieve, su corazón se deshacía un poco más.

El esfuerzo y la dificultad del avance lo ayudaron a repartir la concentración; ya no recordaba cómplices rincones ni revivía instantes felices, solo la imagen de Menrac dejándolo herido de muerte aguijoneaba su alma.

Que su último recuerdo —el que se perpetuaría en su memoria— fuera el de una Menrac enfadada y adusta, borraba de un plumazo miles de sonrisas, cientos de caricias y centenares de momentos felices que habían compartido desde la niñez.

Se repetía que de nada servía lamentarse, pero era inútil; es muy sencillo decirlo si estás dominado por el amor imposible.

La mañana había amanecido despejada, aunque eso no era sinónimo de buena suerte.

De sobra sabían que aquello podía cambiar en cualquier instante.

Hacia la mitad de la tarde, Adaus ordenó un alto en el camino bajo el pretexto de necesitar un descanso; en realidad, era Cives quien le preocupaba.

Sus huesos soportaban una mayor cantidad de años y evidentemente no estaba en la mejor forma física; los años dedicados a la observación y el estudio de las estrellas no eran la mejor preparación.

—Hemos de escalar esta montaña antes de que la oscuridad nos envuelva —Adaus imprimía a su voz más competencia de la que interiormente sentía—.

Arriba las temperaturas son extremadamente frías, sin el sol insoportables.

A este lado no hallaremos ningún refugio; en cambio, en la ladera contraria existen cuevas relativamente cerca de la cima que nos servirán de abrigo durante la noche.

—Entonces ya hemos descansado bastante. Adelante, chicos, aprovechemos la fortuna del buen tiempo —dijo Cives aparentando una entereza que a pocos convenció; el cansancio le hacía arrastrar las palabras.

Liseng y Cives estaban de acuerdo: la nave sería un excelente refugio para la expedición.

Sin embargo, transportarla suspendida en el aire con la fuerza mental del poderoso presidente durante al menos cuatro días se antojaba una idea ridícula, casi imposible.

De todas maneras, Liseng quería intentarlo; desprenderse de uno de los pocos vestigios reales de sus antepasados le desgarraba el alma.

Pero cuando imaginaba las caritas de los niños ateridas de frío en medio de una tormenta, o el estremecimiento que le provocaba pensar en la expedición a merced de los inciertos peligros de su viaje a través del mar sin otra protección que sus ropas, eran razones de sobra, cuando menos, para intentarlo.

Esa misma mañana así se lo había dicho a Cives al despedirse.

El científico reiteró su opinión de irracionalidad, pero agradeció el gesto de altruismo que estaba a punto de llevar a cabo.

Mientras la comunidad al completo almacenaba el material en la sala de reuniones, Liseng fue hasta la gruta de la nave con cuatro ayudantes.

Colocaron cargas explosivas en las paredes que sujetaban la entrada.

Mientras los operarios hacían su trabajo, Liseng volvió a probar si sus poderes continuaban intactos. Tal y como venía repitiendo de manera aleatoria, buscó la concentración y, como suponía, todo fue como la seda; era la confianza la que obraba el milagro.

La detonación se escuchó por toda la aldea.

Incluso el grupo de Cives se estremeció cuando apenas habían dejado de ver la región unos minutos antes.

Los petreles que tomaban el sol sobre la playa huyeron como si fuera el fin del mundo.

Las mujeres en el interior de la gran cueva no dejaron sus faenas; el ruido las espoleó.

El estruendo de rocas chocando contra el suelo como una fuerte lluvia y la nube de polvo, que tras elevarse cruzó la aldea de norte a sur, sacudió a todos como si fuera el pistoletazo de salida.

Liseng se concentró al máximo. En pocos segundos, la nave surcó los veinte metros de cueva y emergió al exterior, flotando en el aire de forma majestuosa.

Los cuatro ayudantes aplaudieron con ganas; todos eran padres y aquello era como ver a sus hijos a salvo.

Liseng caminaba con los brazos levantados hacia el frente, formando un ángulo de ciento veinte grados.

Aunque toda la fuerza residía en la mente, mover los brazos a uno u otro lado lo ayudaba.

La nave parecía haberse despojado de parte de su peso, como si fuera un juguete entre sus manos.

Su negra piel metálica destacaba sobre el níveo fondo de montañas heladas, flotando como por arte de magia; en realidad, resultaba amenazador.

Para entonces ya había perdido todo el misticismo que para la comunidad tenía; ahora era un salvoconducto contra el frío.

El presidente continuó caminando; no sentía cansancio, una buena señal.

El agotamiento era lo que más temía, sobre todo que este llegara de improviso, perdiera el control y con ello la nave sufriera un accidente irreparable.

Para evitar este extremo, tenía la intención de no elevarla más de lo necesario.

Cuando preparaba este proyecto, intentó que otras mentes lo ayudaran; una sucesión de hombres y mujeres siguieron sus consejos y derrocharon interés, pero los resultados fueron poco aceptables.

Solo su hija —que no quiso intentarlo— y Goser parecían poseer la suficiente fuerza mental para progresar, no obstante, ninguno con la necesaria para sustituirle.

Al final, Cives consideró que Goser resultaba más útil a su lado.

Menrac le había dicho a su padre que prefería no acompañar al grupo, aduciendo que necesitaba formar parte del retén que permanecería en la aldea ocupándose de ancianos y enfermos.

Pero no engañaba a nadie: en realidad era incapaz de afrontar la despedida.

En el último momento, su padre, apelando a la vocación de docente de su hija, la había convencido: su ayuda sería muy provechosa con los niños en medio de la nieve.

Menrac no encontró ni fuerzas ni argumentos suficientes para negarse; de todos modos, ella sabía que no podía seguir comportándose de manera tan egoísta, tal y como su padre había apuntado.

Al separarse, Liseng había esbozado una cínica sonrisa que quedó sobrevolando en la mente de la joven como una frase a medio terminar.

Liseng condujo la nave hasta superar la montaña que protegía la aldea por el oeste.

Si caminando a paso normal se empleaba media hora, el presidente había necesitado el doble, pero cuando la dejó descansando sobre una pequeña llanura de aterciopelada nieve, se sintió satisfecho: el esfuerzo había sido mínimo.

Cives y los demás se equivocaban; todo es posible, basta proponérselo.

—pensó para si satisfecho—. Casi alegre, regresó a la aldea.

Cuando la cima estaba cercana, Cives comprendió que había sido un acierto seguir los consejos de Adaus y buscar una ruta alternativa para mujeres y niños.

El avance de las últimas horas se había ralentizado debido a un terreno paulatinamente abrupto y peligroso, como si cada copo de nieve fuera sospechoso de esconder mil trampas.

La temperatura había descendido considerablemente y el viento azotaba sus cuerpos con rachas desiguales que en ocasiones hacían imposible mantener la verticalidad.

A pesar de ello, lograron cruzar la cumbre en el tiempo estimado, como huyendo de las sombras de la noche.

Fue un viaje silencioso, no solo porque era difícil hacerse entender entre el viento, sino porque economizaban esfuerzos; la montaña te enseña que nunca puedes estar seguro de qué te vas a encontrar al siguiente paso.

Cruzar la cumbre trajo consigo beneficios inesperados: la ladera se convirtió en un aliado contra el viento, descendían por una vereda tres veces más amplia y firme, lo que los animó a seguir avanzando.

Cuando el agotamiento era más que patente, Adaus anunció que había llegado la hora de buscar un refugio donde pasar la noche.

Nadie protestó; los fardos que soportaban sus espaldas hacía horas que pesaban el doble que por la mañana.

Quince minutos más abajo, descubrieron una angosta cueva lo suficientemente amplia para todos.

Al abrigo de las rocas, la carga fue amontonada taponando la entrada para prevenir el frío.

Cives se dejó caer en un rincón; insuflar aire a sus pulmones parecía resultarle doloroso.

No recordaba haberse sentido tan cansado en toda su vida.

El frío no solo te agota físicamente —en esto eran iguales los alenitas que los humanos—; al principio sientes frío, un rato después dejas de hacerlo y el frío se convierte en dolor.

Duele cada paso, cada pestañeo, cada inspiración.

El cuerpo consume calorías al doble del ritmo normal.

La alimentación y la constitución de los alenitas les permitía soportar mejor el frío, con muchas menos grasas, pero no los convertía en superhombres, tampoco el tiempo pasaba en balde por sus cuerpos.