16 CURSO DE SUPERVIVENCIA #5
Al entrar al baño encontró a dos chicas morenas frente a los espejos: una, enfundada hasta el cuello en un albornoz, se cepillaba los dientes; la otra, cubierta únicamente con una toalla anudada a la altura del pecho, aplicaba un chorro de aire cálido sobre su cabello largo y brillante con la ayuda de un secador de tamaño mini.
Tras un ligero saludo, cruzó la sala hasta dejar sobre una banqueta de madera las toallas y el pijama prestado.
Con más vergüenza de la que esperaba, como si se sintiera una intrusa, comenzó a despojarse del resto de la ropa, admirando de reojo la piel morena y tersa de las dos chicas.
No era necesario verlas desnudas para adivinar los cuerpos atléticos que se escondían bajo el albornoz y la toalla; se sintió insignificante y vulgar con su piel de leche y su metro sesenta y cinco.
Daba igual: tenía un chico estupendo esperándola a pocos metros.
El agua salía caliente y reparadora; cuerpo y mente perdieron poco a poco la rigidez y gran parte del agotamiento.
No era como volver a casa, pero era infinitamente mejor que su carísima ducha privada en el barco.
Dejó de disfrutar cuando escuchó que la puerta se cerraba: volvió a inundarla la desagradable sensación de estar abusando o robando el agua caliente a otra persona.
Al salir, arropada con la toalla solo por pudor —ya que no sentía frío—, la chica del secador había desaparecido.
La otra se aplicaba una mascarilla en la cara, mirando con disimulo a través del espejo a Alicia, que hacía otro tanto mientras se secaba la melena.
A los pocos segundos, la morena recogió sus enseres dentro de un neceser y se marchó, dejando una seria y penetrante mirada sobre el cuerpo de Alicia, que se quedó un tanto desconcertada.
Cuando terminó de vestirse, echó de menos su propio neceser, sobre todo el cepillo de dientes y el peine.
Salió al pasillo y regresó al cuarto. Daniel la esperaba hojeando una revista americana que, al verla entrar, dejó sobre la mesa.
Aún vestía la misma ropa y no se había duchado, aunque parecía un poco más relajado.
—Estaba esperándote. Se me ha olvidado una cosa, tengo que salir un momento.
Por favor, perdóname, no serán más que unos minutos.
Ponte cómoda; si quieres puedes usar este ordenador, no es mío, pero pierde cuidado, ya te he dicho que aquí lo compartimos todo, o casi todo —dijo a modo de despedida mientras se marchaba guiñándole un ojo.
La soledad duró apenas unos minutos. Una chica apareció en la entrada y Alicia reconoció enseguida los rizos oscuros y la tez morena: era la del albornoz.
—Hola —saludó Alicia, con una mezcla de curiosidad y cautela.
—¡Eres española! —exclamó la chica. Su marcado acento hispano hizo que la frase sonara casi como una acusación.
—Sí. Me llamo Alicia. ¿Y tú?
La morena avanzó un par de pasos, despacio, sin apartar los ojos de ella.
—¿Eres la novia de Daniel? ¿Has venido desde España para reunirte con él?
—No, yo... la verdad...
La chica desvió la mirada durante un instante al escuchar pasos en el pasillo. Fue suficiente. Alicia aprovechó para incorporarse y plantarse frente a ella.
—¿Qué ocurre? ¿Qué quieres?
El tono de la mujer cambió de inmediato.
—Nada. Solo me preguntaba si eras su novia.
—Pues no. Nos conocimos ayer. Es de mi país y me está enseñando esto. ¿Te molesta?
—No. ¿Por qué iba a molestarme? —Una sonrisa irónica asomó en sus labios—. Así que os conocisteis ayer... Interesante.
—¿Qué tiene de interesante? —Alicia frunció el ceño—. Y, además, ¿qué derecho tienes a interrogarme?
La mulata levantó las manos en señal de rendición.
—Vale, perdona. Solo te tomaba el pelo.
Durante unos segundos pareció arrepentida. Bajó la mirada y su voz perdió la seguridad de antes.
—Soy Rachel. Y no quiero que te lo tomes a mal, pero creo que deberías tener cuidado con Daniel.
Alicia se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Llegó hace pocas semanas. Desde el primer día empezó a hacer preguntas sobre todo el mundo, como si estuviera intentando averiguar qué ocurre aquí. Nadie sabe muy bien qué hace realmente.
—¿Y tú sí?
—No. Precisamente ese es el problema. —Rachel volvió a mirarla—. Tengo la impresión de que no es quien parece ser.
Alicia cruzó los brazos.
—Gracias por el consejo, pero creo que ya soy mayorcita para decidir con quién me relaciono.
—Vale, tú misma —respondió Rachel, encogiéndose de hombros—. Solo quería prevenirte.
—¡Hola, Rachel! —La voz de Daniel llegó desde el pasillo—. Veo que ya os conocéis.
Entró con la cara enrojecida, la respiración entrecortada y restos de nieve en los bajos del pantalón.
Rachel recuperó de inmediato su sonrisa habitual.
—¿Cómo te va, españolito? Solo estaba dando la bienvenida a Alicia. Ya me marchaba.
Se acercó a la puerta y, antes de salir, miró a Alicia por encima del hombro.
—Recuérdalo: si necesitas algo, estamos en la habitación de al lado.
Después se volvió hacia Daniel y le dedicó una sonrisa cargada de complicidad. Salió al pasillo y cerró la puerta tras de sí.
Daniel permaneció unos segundos quieto, desconcertado.
—¿Dónde estabas? —preguntó Alicia.
—Espero que Rachel no te haya molestado. Tiene fama de arisca.
Se quitó el abrigo mientras hablaba.
—He ido hasta el puesto de radio. No habíamos avisado de que pasarías la noche fuera y no quería que dedicaran la madrugada a buscarte.
—Pensaba que, si no regresaba en la zodiac, darían por hecho que dormiría en el iglú.
—Por si acaso, preferí dejarlo claro.
Daniel dejó el abrigo a un lado y se encaminó hacia la puerta.
—Voy a darme una ducha. Vuelvo enseguida.
Antes de salir, se detuvo. Le acarició la mejilla con la punta de dos dedos.
Alicia sintió un escalofrío que no supo interpretar.