16 CURSO DE SUPERVIVENCIA #4
Durante el resto de la tarde, Daniel se comportó como un anfitrión impecable, llevándola de visita por las diferentes instalaciones de la base.
La única escala reseñable para alguien poco interesada en la meteorología o el cambio climático fue un amplio cobertizo habilitado como invernadero.
Allí, un joven escocés de aspecto hippy cultivaba con mimo hortalizas y verduras —aunque por su estética bien podría parecer que cultivaba otra clase de plantas más lúdicas—.
El verde que conseguían bajo aquella luz artificial invernal resultaba un tanto apagado y el tamaño de los frutos no siempre era el más vistoso, pero, como explicó el propio cuidador y tradujo Daniel casi simultáneamente: "Sus frutos son los más ecológicos que uno puede soñar; piensa que sus nutrientes llevan almacenados decenas de miles de años".
El cansancio acumulado de la jornada comenzó a hacer mella en la pareja. La luz perpetua del sol polar desafiaba el reloj biológico de unos cuerpos que ya reclamaban el descanso, confundidos por un cielo que seguía brillando como si fuera mediodía.
Tras una visita rápida a uno de los bares de la base —donde los habitantes remataban la jornada entre nubes de humo de tabaco, pipas malolientes y cervezas templadas, y donde incluso se improvisaban actuaciones musicales—, tomaron un café aguado con leche en polvo y un par de sándwiches que ni por asomo aportaban las calorías necesarias para combatir el frío.
Después caminaron hasta el motel donde Daniel se alojaba de manera provisional.
Fue durante ese trayecto cuando Alicia quiso despejar por fin algunas dudas: ¿Qué hacía exactamente un mallorquín en la Antártida?
Daniel le explicó que trabajaba como ayudante de una pareja de biólogos becados por la Universidad de Ohio.
Su cometido principal era hacer las veces de porteador y facilitador logístico.
Manejaba un taladro de hielo pesado al que se le iban acoplando extensiones metálicas hasta alcanzar los cuatro o cinco metros de profundidad; la broca, de unos veinte centímetros de ancho, iba accionada por un motor de gasolina situado en la parte superior.
Era un trabajo duro y engorroso, pero no existía nada más efectivo para perforar la capa helada.
Cuando alcanzaban el límite del taladro —normalmente a los tres metros, si habían afinado bien con el sonar previa—, introducían una ristra de pequeños explosivos en el agujero.
Tras la detonación, lograban abrir un pozo de entre metro y metro y medio de diámetro por el cual los biólogos se sumergían para desentrañar los secretos del agua atrapada en los lagos subglaciales.
Si la inmersión arrojaba resultados prometedores y la extensión de agua era lo suficientemente amplia como para justificar la investigación de especies vivas, el siguiente paso consistía en levantar una pequeña caseta calefactada alrededor del punto de acceso.
Mientras los científicos se sumergían en las entrañas heladas, él montaba guardia en la superficie al cuidado de los equipos, les ayudaba a enfundarse en los engorrosos trajes de buceo y vigilaba el radar para comprobar que todo marchaba en orden.
Pero su misión más crítica era llevar la cuenta exacta del tiempo de aire disponible para que los buzos pudieran regresar a la superficie.
El agua bajo el hielo era densa, silenciosa y oscilaba entre los dos y tres grados bajo cero; un entorno fascinante y hostil al que Daniel, muy a su pesar, ya se había acostumbrado.
—¿Y tú no has buceado nunca?
—No, hija, no por estos parajes. A mí el agua, calentita y en la ducha.
Además, ¿para qué? Allí abajo solo hay bichos extraños; eso sí, pequeños.
Lo que más gusta a los científicos es tomar muestras del lecho fangoso.
Después los estudian durante días con los microscopios y disfrutan como niños. En cierta medida es admirable.
—¿El qué?
—Comprobar cómo la vida se abre camino en todos lados y de las formas más increíbles.
—Eso sí parece gustarte.
—¿Qué, los bichos o los microscopios?
—Las dos cosas.
—Me gusta la investigación, pero solo porque soy curioso por naturaleza.
—Aún no me has dicho a qué te dedicabas en España.
—Realmente a nada. Comencé a estudiar, me aburrí...
Siempre me ha gustado viajar, y como no sabía qué hacer ni tenía dinero, me alisté en el ejército pensando que era la mejor manera de conocer mundo.
Durante tres años me apunté a todas las misiones en el extranjero —supuestamente de paz—, pero mi unidad nunca fue la elegida y yo no tenía suficientes méritos para ser trasladado.
Tres años haciendo vida de funcionario con un sueldo de risa.
Al terminar me fui a Estados Unidos; digan lo que digan, sigue siendo la tierra de las oportunidades.
A los pocos meses de dar tumbos llegué a Chile, surgió esta oportunidad y la aproveché. Como ves, nada especial.
Habían llegado a la habitación, situada en un segundo piso de escaleras y paredes metálicas que recordaban a las de un barco, pero sin el bamboleo constante del mar.
El dormitorio era uno de tantos: un par de literas, dos armarios metálicos, una mesa pegada a la pared y dos sillas.
Afortunadamente, la cama de Daniel estaba al fondo del pasillo, muy cerca del baño de chicas, que era comunitario —uno por planta para cada sexo—.
Sobre las paredes, los inquilinos colgaban fotos o desplegaban pósteres que recordaban o anunciaban de dónde provenían: banderines de universidades, estandartes o mapas de estados.
Nada relativo a Mallorca o España presidía la estancia; como él había dicho y parecía cierto, estaba de paso, o era eso o en realidad no tenía nada que añorar.
Antes de llegar, mientras cruzaban el pasillo, se había fijado en que la mayoría de las puertas estaban abiertas: Alicia vio a chicas sentadas en las camas leyendo revistas o cortándose las uñas de los pies; otras chateaban o ponían al día sus blogs en internet.
Alicia tuvo la sensación de encontrarse en la residencia de un colegio mayor.
La calefacción resultó reconfortante después de pasar todo el día soportando temperaturas bajo cero.
—Si te apetece darte una ducha, puedo prestarte toallas y algo de ropa. No tengo nada de tu talla, pero al menos estarás cómoda —dijo Daniel. Alicia asintió con una sonrisa cargada de complicidad.
—¿Dónde voy a dormir?
—Comparto habitación con otro chico, pero aún queda una litera libre. Además, presiento que esta noche no dormirá aquí: su amiga regresaba hoy desde un campamento cercano al monte Erebús, el volcán que te he mostrado esta tarde.
Ambos fueron incapaces de ocultar la complicidad de su sonrisa.
Alicia se despojó del abrigo; por primera vez en todo el día le estorbaba sobre el cuerpo con una sensación que no era solo de torpeza.
Se sentó en el borde de una cama mientras Daniel rebuscaba en el interior del armario.
Primero sacó dos gruesas toallas; después emprendió lo que parecía una misión imposible: buscar una camiseta o un pantalón que no fuera demasiado grande.
Al final, anunció que pediría algo prestado a alguna de las chicas de las habitaciones contiguas.
Alicia desgastó la espera relajando los músculos de la parte superior del cuerpo, masajeándose el cuello con las manos —libres por fin de los tres pares de guantes—.
Nunca se había fijado, pero tenía unas manos extremadamente blancas.
Se acercó al espejo y, como si no se reconociera, comprobó que toda su piel era pálida a excepción de las mejillas y la nariz, las únicas partes de su cuerpo que habían recibido el sol y el aire del Polo Sur.
Daniel regresó a los pocos minutos cargado con un grueso pijama de franela verde con topos de flores y unicornios amarillos.
Justo cuando ella pensaba que apenas le preocupaba su aspecto, en el fondo su cuerpo y su mente estaban expectantes ante una noche que esperaba mágica, soñada.
¿Sería capaz de estrenarse en un sitio como aquel?
Por una parte, resultaba desalentador pensar que había necesitado viajar al otro lado del planeta para alcanzar una experiencia que el resto parecían haber transitado mucho antes; pero por otro lado, no encontraba una historia más romántica en el horizonte de su solitaria vida. Era ahora o nunca.
—Disfruta del baño, estaré esperando.
Se lo había dicho tan suavemente y desde tan cerca que a punto estuvo de seguir el impulso que ardía en su pecho y saltar sobre su boca para comérsela a besos.
Y lo habría hecho si, en lugar de percibir el mágico perfume del amor que uno siempre imagina en esos momentos especiales, sus narices no se hubieran visto inundadas por los efluvios de un cuerpo sudado bajo las siete capas de ropa que había llevado puestas todo el día.